Consecuencias poéticas de los días santos

por Ernesto Gómez-Mendoza

Al lado de versos de detenida fábrica barroca hay poemas de una espontaneidad despreocupada. Al lado de las cavilaciones anda una exquisita comedia que reconforta. El autor de “Semana santa de mi boca” es holgado en los tonos y registros, renuncia a echar raíces en el gran plan poético  y en cambio corre riesgos, muchos.

El riesgo puede ser una pista para leer  “Semana santa de mi boca“, con esa sensación de zozobra con que alguna vez hemos asistido a las pruebas de los acróbatas en el circo, que se superan las una a las otras. Miguel Iriarte propone un viaje incierto, lanza un reto al lector para que sacuda cualquier beatería o costumbre anquilosada y se deje salpicar y untar de un poema que se parodia a sí mismo, que se descentra, que le hace quite a la centralidad y se goza en lo periférico y apenas nombrado. No hay centros en este libro, y eso es exigente, porque hay la manía del centro,  de encontrarlo dibujado en los libros. Para eso hay numerosos clásicos  y serlo no está en los sueños del poeta Iriarte, que, por el contrario declara: “Debo acusarme aquí de mi ignorancia/ de no saber qué hacer con mis adentros (p. 41).

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