Ramón Illán Bacca: En busca del chisme perdido

Hugo Chaparro Valderrama
Laboratorios Frankenstein ©
“El mito es un chisme que envejece”. Escrito con el humor implacable que tienen los aforismos del polaco Stanislaw Lec, a su estilo milimétrico, de un poder kilométrico, se deben otras astucias: “El hombre, persona non-grata”; “Todos somos iguales ante la ley, pero no ante los encargados de aplicarla”; “Para hacerse oír, a veces hay que cerrar la boca”. Lichtenberg o Mark Twain tuvieron la misma gracia para comprender el mundo y observarlo sin confianza: según Twain, un hombre es un ser humano, no puede ser peor; Lichtenberg aseguró que el peor descubrimiento hecho jamás en el mundo lo hizo el americano que descubrió a Colón.

La historia puede ser también otro chisme que envejece. Un legado que regresa según la imaginación de los cronistas que escriben alrededor del pasado. Acerca de la memoria de lo que alguna vez fue un hecho y se reinventa en un texto. El material que define las ficciones que se basan en el Caribe secreto sobre el que suele escribir, revelando sus misterios, Ramón Illán Bacca –no en vano, una breve selección de sus textos periodísticos se titula de manera ambigua Crónicas casi históricas (1990).

Un “cotilleo samario con el telón de fondo de la Segunda Guerra Mundial” es el tema de su novela con nazis, Deborha Kruel (1990), que empieza –después de la breve introducción en la que otro cronista de la estirpe de Ramón se pregunta si Hitler escapó en avión de Alemania-, con un par de líneas que reducen lo épico a lo cotidiano: “No era una fecha histórica. Era tan sólo un día soleado. El marco apropiado para historias ligeras, agradables, con finales felices”. Maracas en la ópera (1996) se interesa sobre la historia invisible que rescata la ficción: “No hay testimonio de ninguno de los integrantes de la Escuadra Oceánica Italiana sobre sus impresiones al llegar frente a Cartagena de Indias bajo el mando del Contralmirante Candiani”. Aprovechando el nombre de una comparsa que sabe pintar la fiesta que apenas termina cuando empieza otra vez, cómo no, el Carnaval de Barranquilla, Ramón lo utilizó para el título de otra novela, Disfrázate como quieras (2002), una ficción que transcurre como trama policíaca justo en medio del jolgorio. La última de las entregas según la historia soñada en fascículos literarios por Ramón Illán Bacca para ofrecer su visión de un Caribe anecdótico es La mujer barbuda (2011). De nuevo insiste en dudar de la historia oficial que oculta la historia secreta: “El hundimiento de un circo, propiedad de una muchacha barbuda, era una historia que se contaba en voz baja pero nadie la escribía. El hecho se había convertido en un asunto espinoso y el paso de los años entreveró la prohibición y el olvido”.

Los baúles que Gilliam Altamira encuentra “en una pieza abandonada en el traspatio de la Quinta Margot”, le sirven a la muchacha para escribir, después de dudar cinco años, su tesis de grado en Historia. Desafortunadamente, como sucede sin pausa a los antihéroes de Bacca, resignados al destino que les ha tocado en suerte, la tesis fue desestimada por el jurado académico, pues no se basaba “en pruebas debidamente comprobadas”.

La historia, se ha dicho, puede ser otra forma de la literatura. La literatura también puede ser considerada como una versión de lo histórico: asistimos a las guerras napoleónicas en Guerra y paz de Tolstói; cruzamos del siglo XIX al XX guiados por Proust; el Sur de Estados Unidos tiene en William Faulkner a un cronista vigoroso de sus dilemas morales. Illán Bacca cruza el umbral de la historia a la ficción y aprovecha la picaresca local para burlarse con ella del absurdo que ha poblado la historia de un país inverosímil y exótico.

“Gilliam lanzó un grito de emoción cuando encontró la correspondencia de su tío abuelo político, un exgobernador, con Rafael Reyes, en la que este último le daba una regla de oro: «En política no se debe tener en cuenta los servicios prestados, sino los que puedan prestarse». También encontró el folleto en el que monseñor Revueltas (un personaje con mucho poder durante la hegemonía conservadora) se vanagloriaba de haber protegido al autor intelectual del atentado contra Reyes. Allí se explicaba la antipatía del cura contra el general porque éste dijo en Barranquilla –después de la guerra de los Mil Días-, ante una multitud que lo vitoreaba: «Volverán la paz y los carnavales». Frase frívola que, como decía el folleto, casi le cuesta la vida”.

Aunque se note y atraiga las miradas de los otros, una mujer barbuda no es del todo excepcional en el circo de Colombia. Nos ayuda a comprender quiénes pueden ser los monstruos: el poder, la religión, las represiones morales, el rencor, la presunción que define el ego del arribismo. Aunque la novela tenga como su telón de fondo la primera década del siglo XX, tras la pérdida de Panamá, los prejuicios y el malestar permanecen.

Un inglés –Spencer Cow, cazador de orquídeas-; una chipriota –llegada de Londres a Santa Marta para trabajar como institutriz de la mujer barbuda, Perpetuo Socorro, y de su hermana, María Perfecta-; Heliodoro de Armas –un poeta mediocre con aire de artista maldito-, y una galería de personajes secundarios –que sirven a Illán Bacca para sus juegos históricos cuando sabemos, por ejemplo, que “un hombre apuesto de color olivo”, llamado Candelario Segundo, es familiar del poeta Candelario Obeso-, se alternan en la pista del circo donde los hechos sociales que definen al país tienen igual importancia que los hechos que definen las crónicas casi histéricas de individuos sometidos por el rumor y los chismes contados en la novela.

La épica no es el género de las ficciones de Bacca. Sus cuentos y sus novelas no intentan llegar al sueño de la novela total. Desde mediados de los años 70, cuando publicara su primer libro de cuentos, Marihuana para Göering (1976), ha fragmentado esa novela total en sus libros –aparte de los señalados, Tres para una mesa (1991); Señora Tentación (1994); El espía inglés (2001)-, teniendo como escenario el mapa físico y ético del Caribe interminable.

La mujer barbuda prolonga el tono del chisme hecho literatura y cumple con el propósito de narrar la historia íntima que viven sus personajes, en un fragmento del tiempo, agolpándose ante ellos las convenciones morales que cifran su aventura. El escritor como artista que reta la hipocresía tiene en el aire sombrío que se respira en el libro un testigo excepcional. Estructurada con una introducción y tres capítulos, la historia se narra variando el punto de vista sobre los hechos que hicieron hundirse al circo comprado por la mujer barbuda; que la chipriota muriera ahogada en la corriente de un arroyo vertiginoso como los que aturden a Barranquilla; que el crimen como expresión enfermiza de la neurosis social se manifieste y explique las razones del misterio.

El estilo se hace forma y define la manera como narra Illán Bacca. Sus historias de intimidad clandestina se sostienen por la ligereza de las líneas que transcurren entre el humor y el horror, entre el miedo y lo festivo –o “entre lo barroco y lo chévere”, como escribió Germán Vargas acerca de sus ficciones, periodísticas y literarias-. Con un decorado operático que honra los esperpentos, como si hubiera aprendido la lección de Valle-Inclán acerca de lo grotesco en lenguaje coloquial, son novelas de aire bufo en las que puede escucharse el español frente al mar según el ritmo Caribe.

Sin que nadie quede a salvo: presidentes, obispos, artistas, científicos, proxenetas, héroes cívicos con pies de barro, mujeres que se extasiaron con una lujuria inversa al sexo según su época. La mujer barbuda tiene el aire de una crónica social, enfermiza y desquiciada, sencilla y desparpajada, escrita en tono mordaz, donde todos los que están al interior de sus páginas aparecen desvestidos frente al ojo del lector. Illán Bacca podría repetir a Lec: “¡Libertad! ¡Igualdad! ¡Fraternidad! ¿Cómo se conjugan?”.

Ramón Illán Bacca, La mujer barbuda (Bogotá: Planeta, 2011), 177 págs.

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