Miguel Iriarte

Gratísima resultó la velada guitarrística que nos ofreció el concertista bogotano David Cárdenas Echeverri el pasado viernes 25 de mayo en el auditorio Mario Santo Domingo de la Aduana, en el marco de la programación cultural de la Biblioteca Piloto del Caribe.

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Tocó un repertorio sin concesiones ni facilismos que al final del programa resultó levemente modificado con relación al anunciado inicialmente: el Concierto Elegìaco de Leo Brouwer originalmente escrito para guitarra y orquesta y programado para ser ejecutado en una versión de piano y guitarra, fue cambiado por el emblemático Decamerón Negro, también de Brouwer, además de otras dos obras del compositor cubano: Un día de noviembre y el celebérrimo Drume Negrita de Eliseo Grenet del que Brouwer hace una sofisticada reinvención, quedando así aumentado el repertorio del concierto en dos piezas más para disfrute de todos los presentes.

El concertista, que cuenta ya con importantes reconocimientos como uno de los guitarristas más destacados de su generación, fogueado ya en competencias nacionales e internacionales de valor, brindó una interpretación siempre es ascenso en su concierto: pulcra, esmerada e inspirada que se inició con Joaquín Rodrígo, En los trigales, obra que pertenece a su trilogía titulada Por los campos de España; pasó luego a dos preludios del maestro uruguayo Abel Carlevaro, dos de los Cinco Preludios Americanos que el compositor dedicara a su amigo Andrés Segovia; para luego entrar a la interpretación de dos preludios también, el 1 y el 3 de Heitor Villalobos, el primero dedicado al pueblo del Brasil y el tercero a Bach, dos piezas lentas y trabajosas en las que vimos a Cárdenas particularmente entregado y eficaz.

La anterior es lo que podemos considerar una primera parte del concierto compuesta por músicas y autores de la misma época y conectados por preocupaciones más o menos similares en los tres: el paisaje español y el paisaje americano, acentuada por conexiones históricas y personales, como en el caso de la gran relación musical y amistosa entre Carlevaro y Villalobos que tanto provecho trajo a ambos músicos.
La cuarta pieza del concierto sería la maravillosa inspiración de Piazzolla Verano Porteño en la que Cárdenas hizo de nuevo una interpretación bien lograda y de gran carácter. En el programa de Cárdenas la pieza de Piazzolla funciona como un ademán de transición o de bisagra para pasar de esa primera arriba anotada a una segunda parte del concierto constituida sólo por las tres piezas de Brouwer; es decir, una segunda parte que comporta otra propuesta estilística, otra filosofía sonora claramente distinguible y diferente a la de la primera parte.

Las dos primeras piezas de Brouwer son un par de pequeñas joyas en las que la aparente facilidad es solo el resultado de una belleza engañosa que en su deleite afecta la capacidad de percepción y que nuestro concertista supo interpretar con gran técnica y temperamento, para luego dejarnos en el magnífico embrujo de esa pieza final que no sólo ponía nuestro concierto en su punto más alto, sino que le proponía a Cárdenas un serio desafío que él supo asumir y sacar en limpio cabalmente. El Decamerón Negro, se sabe, es una de las piezas consideradas entre las 50 mejores de todo el repertorio guitarrístico universal y en la interpretación de Cárdenas es notorio que se entrega fiel a su propia consigna respecto de la música de este genial compositor, intérprete y director cubano: “Yo a Leo Brouwer siempre me lo tomo muy en serio”.Esa era entonces la pieza que debía cerrar este concierto luego de que todo fue decantándose poco a poco, nota a nota, hasta llegar nuevamente, como encoré, a esa exquisita experiencia que representa escuchar siempre Un día de noviembre. Así fue el concierto.

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