Revista Latitud , El Heraldo julio 15 de 2012

El veredicto de la memoria. En marzo de 1994, Gustavo Bell Lemus, quien además de historiador era, en ese entonces, el gobernador del Departamento del Atlántico, cerró la portezuela de su carro para enfilar hacia el antiguo edificio de La Aduana. Mientras miraba por la ventanilla la hilera de establecimientos que iban quedando atrás, manifestó en voz alta su deseo de que las instalaciones de aquella construcción, aparte de servir a la nueva biblioteca pública de la ciudad, ejerciera otro tipo de funciones culturales.

El antiguo edificio de La Aduana es una construcción  republicana de dos pisos. Fue diseñado por el arquitecto jamaiquino, de ascendencia franco-inglesa, Leslie Arbouin, e inaugurado en 1921 para servir como depósito de las mercancías que entraban y salían de Barranquilla a través de Puerto Colombia. De manera que en su mejor época sus patios respiraban una  vida propia, con estibadores que corrían de un lado a otro llevando los pesados fardos hasta los vagones del ferrocarril.

Pero nada queda de su antiguo esplendor, piensa Bell Lemus al franquear el umbral desguarnecido. Un grupo de indigentes soñolientos se remueven en los rincones ante la presencia de los intrusos, emana de todo el lugar un intenso olor a berrenchín y a excremento fresco, y Gustavo Bell es sobrecogido por la certidumbre de que una parte  fundamental de la historia de la ciudad se la está llevando el carajo.

Sube al segundo piso por la única escalera, se aparta del grupo que lo precede, y otea a través de uno de los balcones desnudos que miran hacia la Vía Cuarenta un carro destartalado entre una densa franja de maleza. Entonces el historiador desplaza al político y no se puede resistir a la tentación de cerrar los ojos para sentir, nítidamente,  el hervidero de voces que la poblaban en el pasado, el sonido del ferrocarril, el olor a café en los sacos repletos. Y entiende que la restauración del edificio debe ser inmediata, que no debe dilatarse un momento más.

Una consulta pendiente con la almohada. Cuando Dulcina Sarabia estaba en el bachillerato, prefería ayudar a la bibliotecaria a recoger los libros de la mesa en vez de charlar con sus amigas, por el patio del colegio, a la hora del recreo. En mayo de 1994 tenía 41 años y trabajaba desde hacía cinco como  coordinadora de la biblioteca de Comfamiliar. Era conocida por su dinamismo y su amplia trayectoria en el manejo de bibliotecas, pero últimamente se le veía distraída, cabizbaja.

Le habían diagnosticado lupus, una enfermedad del sistema inmunológico que, en algunos casos, podía ser mortal. Esa fue la razón por la cual se quedó callada, en vez de manifestar su alegría cuando Cielo Támara, directora de la recién conformada Corporación Luis Eduardo Nieto Arteta, la llamó por teléfono para informarle que acababa de ser designada como la flamante subdirectora de la biblioteca de La Aduana.

—La verdad, Cielo –dijo al fin– es que no sé qué responderte. —No entiendo lo que me estás queriendo decir. A Dulcina se le hizo un nudo en la garganta. Suspiró: —Tengo lupus –dijo. —¿Cuándo te enteraste? —Hace algunos días. Una pausa. —Bueno, ¿y cuál es el problema? —preguntó Cielo con el mismo tono entusiasta del comienzo—. Tú eres una mujer echada pa’ delante, y vas a contar con todo nuestro apoyo para lo que necesites. —Déjame pensarlo.

Cultura sin aduanas. La entrega del antiguo edificio de La Aduana tuvo lugar el 15 de julio de 1994, pero como el segundo piso, destinado a la biblioteca, estaba inconcluso, se restringió la entrada al público. Lo que no se quería restringir, dice Dulcina, era la curiosidad de los lectores con el nuevo sistema de estantería abierta que pensaba implementarse. De allí que el lema de la Corporación fuera “Cultura sin aduanas”.

Dulcina entró en posesión de su nuevo cargo en agosto de ese mismo año, pero no sería sino hasta septiembre cuando llegarían las primeras cajas de libros. Entonces subiría al segundo piso oloroso a pintura fresca para inventariar, clasificar y capacitar a los auxiliares en el manejo que debía dárseles a los ejemplares y al público. El 18 de noviembre, por fin, se abrieron las puertas de la Biblioteca Piloto del Caribe.

Había un potente aire acondicionado y cuatro  secciones independientes atravesadas por un largo pasillo. Era imposible sentirse oprimido bajo el techo ornamentado con hermosas figuras, que se levantaba a treinta metros de sus cabezas. Los balcones con puertas de hojas dobles dominaban ahora una plaza de adoquines con  corales, almendros, claveles y uno que otro palo de mango. “Me sorprendió el hecho de que al llegar la noche, cayera en cuenta de que no me habían dolido las articulaciones”, dice Dulcina. “Es que con tanto trabajo por delante, no me podía dar el lujo de pensar en la enfermedad”.

Galería de rostros y rastros. Raúl Gutiérrez es delgado, y su rostro huesudo parece el de Van Gogh en su autorretrato. De noche lo dejan dormir en una casa de refugios, pero de día tiene que arreglárselas para ver qué hace con su tiempo. Por eso fue una fortuna encontrarse con la biblioteca de la Aduana. Full aire, silencio, todos los periódicos que quieras, y nadie que te diga que debes ponerte contra la pared y mostrarle tu identificación y las uñas de tus dedos.

Willy, el mimo reguetonero, tampoco ha encontrado un mejor lugar para pasar el día mientras llega la hora de ponerse un letrero en el pecho, frente a la fachada del Portal del Prado, que apoltronado en la hemeroteca. Nunca dice nada y una que otra vez coge un periódico y sonríe a quien se queda mirándolo. Al acosador tuvieron que expulsarlo cuando le sacó la lengua por encima de su libro a un par de adolescentes, sin sospechar que el padre estaba cerca de allí.

Los cazadores de eventos son amantes del café y del vino ocasional repartido en los lanzamientos de libros y lecturas de poemas. ¿Exposiciones de pintura o conferencias en el Archivo Histórico? Ahí están. ¿Tardes de cine club o tertulias literarias? Volteas y te sonríen con un pulgar amistoso. Los niños de Barrio Abajo y de Barlovento, por su parte, son usuarios fieles de la sala de Internet, y se reconocen por sus pantalones cortos y chancletas.

A veces todos bajan a desentumecer las piernas, van al baño por la pérgola de flores que corre paralela a algunas dependencias administrativas, se sientan en las bancas que están en la galería de arcadas y se dejan ganar por la brisa y la conversación.

—¿Si dejara de existir la biblioteca, me pregunta usted, qué sería de mí? –dice Raúl Gutiérrez rascándose la mejilla–. Para serle sincero, no sabría para dónde coger.

Una gran verdad. —Ese es uno de los rasgos más sobresalientes de la biblioteca  —me dice Walter Bohórquez, encargado de la coordinación de procesos técnicos–, a la cual me gusta llamar la más democrática de las instituciones. De esa manera uno termina por volverse amigo de todo tipo de usuarios.

—¿Recuerdas, Walter, a alguno que sea digno de mencionarse?

Walter se queda pensando un momento, moviéndose a un lado y hacia el otro en su silla giratoria, y al final se afianza sobre los brazos de la misma, cruza las manos sobre su escritorio y dice:

—Por supuesto. Una vez conocí a un señor de apellido Leoncio, oriundo del interior del país, que venía todos los días a la biblioteca. Llegaba desde temprano y se iba cuando cerrábamos. En diciembre, cuando íbamos a salir de vacaciones, me preguntó qué hacíamos nosotros en Navidad. Yo le dije:

“—Bueno, Leoncio. Pasamos tiempo con nuestra familia –luego pregunté a mi vez– ¿Y tú, Leoncio?, ¿también pasas la Navidad con tu familia?

Él me contestó entonces:

“—No, Walter. Yo no tengo familia: mi familia son ustedes.

“No recordaría la anécdota si no fuera porque en enero, poco después de abrir nuevamente la biblioteca, llegué a enterarme de que Leoncio había muerto. Pero es así: con el tiempo la biblioteca termina por convertirse en una especie de casa en la que todo el mundo se conoce, y por cuyos pasillos desfilan, a lo largo de los años, los mismos personajes de siempre.

Los hombres invisibles. Todos los usuarios se acostumbran a verlos, con el paso del tiempo, formales, casi transparentes,  por entre los recovecos de la biblioteca, pero pocos se preguntan qué hacen cuando no están usando los sempiternos pantalones clásicos y las camisas manga corta. Son Jairo Gómez, Carlos Barraza, José Orozco y Enrique Escorcia.

Todos ellos coinciden en afirmar que pocas labores son tan satisfactorias como la suya, no solo por el servicio que se les presta a los usuarios,  sino también por la calidad humana de las personas con quienes se relacionan. De paso, manifiestan su preocupación de que los entes gubernamentales no tomen la suficiente consciencia del papel que cumplen las bibliotecas, y que se privilegien otros campos a la hora de invertir.

—Fíjate allí —me dice Walter señalándome en la pantalla del computador el programa de gobierno presentado por la Alcaldía—: Lee con detenimiento y te fijarás que por ningún lado aparece la palabra biblioteca. ¿No te parece preocupante?

Lo es, pienso en solitario bajo el pórtico que precede a la entrada de la biblioteca, si se añade a ese hecho el de la amenaza de la cultura digital. ¿Cuánto tiempo ha de pasar antes de que la maleza reviente los adoquines e instaure nuevamente su reino de iguanas y hojas muertas? Probablemente el suficiente, respondo dentro de mí, como para no tener que atestiguarlo en vida.

Por Alfredo Baldovino Barrios

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