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Un experimento arriesgado

La casa grande es una novela basada en un hecho histórico: la huelga de los peones bananeros de la Costa Atlántico colombiana en 1928, que fue resuelta a bala por el ejército. Su autor, Álvaro Cepeda Samudio, que entonces no tenía más de cuatro años, vivía en un caserón de madera con seis ventanas y un balcón con tiestos de flores polvorientas frente a la estación de ferrocarril  donde se consumó la masacre. Sin embargo, en este libro no hay un solo muerto, y el único soldado que recuerda haber ensartado a un hombre con una bayoneta en la oscuridad no tiene el uniforme empapado de sangre “sino de mierda”.

Esta manera de escribir la historia, por arbitraria que pueda parecer a los historiadores, es una esplendida lección de transmutación poética. Sin escamotear la realidad ni mistificar la gravedad política y humana del drama social, Cepeda Samudio lo ha sometido a una especie de purificación alquímica y solamente nos ha entregado su esencia mítica, lo que quedó para siempre más allá de lo moral y la justicia y la memoria efímera de los hombres. Los diálogos magistrales, la riqueza viril y directa del lenguaje, la compasión legitima frente al destino de los personajes, la estructura fragmentada y un poco dispersa  que tanto se parece a la de los recuerdos, todo en este libro es un ejemplo magnifico de cómo un escritor puede sortear honradamente la inmensa cantidad de basura retórica y demagógica que se interpone entre la indignación y la nostalgia.

Por esto, la casa grande, además de ser una novela hermosa, es un experimento arriesgado, y una invitación a meditar sobre los recursos imprevistos, arbitrarios y espantosos de la creación poética. Y es, por lo mismo, un  nuevo y formidable aporte al hecho literario más importante del mundo actual: La novela latinoamericana.

 Gabriel Garcia Márquez,1967 .

De la serie Alvaro Cepeda, Tita, Barranquilla y la literatura

Creo que conozco bien a Cepeda, no a través de la laboriosa indagación de testimonios y fuentes estilo Gilard o Fiorillo, sino a través de Tita, su viuda. Creo que su espíritu husmeaba durante mis temporadas en aquella casa de hermoso estilo republicano de la calle 58. Mis dedos pasaban las páginas de sus libros maravillosos en la biblioteca, sobre las huellas de los dedos del hombre.

Ernesto Gómez-Mendoza

  1. I.            

La langosta azul

Alguien observó que Alvaro Cepeda Samudio –mucho más que un escritor – era un dadaísta con periódico; maneras de camaján; otros se estremecían dizque porque la suya era una voz estentórea de cargador de muelle.

Marta Traba, una argentina que escribía sensualmente sobre los cóndores de Alejandro Obregón, se llevó una mala primera impresión del escritor-camaján-dadaísta con periódico, cuando se asomó a La Cueva porque le sugirieron que era el sitio en donde se reunían los intelectuales barranquilleros. Los personajes que vio en aquella tienda de barrio, que mutaba a bistrot intelectual, no le parecieron ni dadá ni nada, sino un puñado de eternos adolescentes del Caribe que acomodaban en cada frase una expresión obscena. Y se devolvió a Bogotá y a sus intelectuales más acordes al estereotipo o simplemente clásicos intelectuales bogotanos con preocupaciones gramaticales.

Eso era pasando de los años cincuenta a los sesenta, y en El Heraldo no decían nada de Alvaro, ni de su novela La casa grande ni de su apetito voraz por los libros de William Faulkner, e incluso por los de Sartre y Camus. Increíble, no decían nada, y lo veían todos los días. Debe ser porque en El Heraldo tenían a Juanbecito, el hijo del editor fundador de ese periódico, Juan B. Fernández Ortega, y lo tenían recién devuelto de La Sorbona con un título de filósofo: todo muy a propósito para ser el intelectual que se merecía la ciudad.

Álvaro no había podido ir ni siquiera a la Universidad del Atlántico, pero en el arte del periodismo, que como puede juzgarse por la columna de Gabo en El Heraldo, compartía muchas cosas con el neorrealismo, el escándalo surrealista y el paraguas y la máquina de escribir de Marcel Duchamp, Álvaro Cepeda Samudio era el mejor bateador, como si al quedar huérfano lo hubiera adoptado una máquina rotativa. Es increíble: no encontraremos nada de esto en El Heraldo de aquellos años en que en los Andes colombianos estaba abierta la temporada de caza de bandoleros convertidos en abrasivas leyendas infernales, con nombres como Chispas, Charro Negro y Sangrenegra.

Para completar el aquelarre surgieron los Nadaístas y el catolicismo se declaró en alerta roja. Siendo pues un periodista-neorrealista-dadaísta, con periódico, resultaba muy coherente que Cepeda se dejará seducir por la sirena del cine y que en los años sesenta hiciera La langosta azul, digna de proyectarse en tándem con El perro andaluz.
En la película un espía gringo brega por desaparecer el último vestigio de una contaminación radioactiva en las playas de ¿Salgar? ¿La Playa? ¿Sabanilla?; una langosta que por la radiación ha perdido su color característico. Es una langosta azul, y un niño juega con ella en las calles arenosas del caserío de pescadores. En esas calles, que son caminos entre las hileras enfrentadas de casas de bahereque y techos pajizos, Quique Scopell, el cameraman de Cepeda, es profundamente neorrealista. Pero no más que su director, ojo. ¿Cuál era el sello del primer neorrealismo italiano? Respuesta: el empleo de actores naturales. El niño de doce años que juega con la langosta radioactiva es el primer actor natural del cine colombiano (bajo este aspecto la película es pionera del cine que harán 25 años después Pacho Bottía y Victor Gaviria). Ese niño se roba la película, pero porque Cepeda con sus encuadres y ángulos registra la historia que relatan su rostro que armoniza los conflictivos genes del mestizaje, la gramática de su gestualidad infantil y su carismática estampa de Huckleberry de raído atavío.

Cuando los grandes pintores Cecilia Porras y Enrique Grau, actores neorrealistas también, reforzados por espontáneos reclutados en la locación y en el vecindario de Cepeda en Barranquilla, escenifican un ritual shamánico para exorcisar el demonio que tiñe los crustáceos de azul, y de paso al espía norteamericano, la película se viste de surrealismo para llegar a un clímax cuando el niño la ata a la cola de su cometa para un hermoso ascenso por esa playa del fin del mundo.

Hacer una película así, en aquellos años en que Latinoamérica era un estudio especializado en insoportables melodramas sobre pobres que hablaban con acento madrileño… Si fue o no un genio, La langosta azul es un prueba de lo primero: evitó todos los tics del cineasta tercermundista y logró algo que firmarían con gusto Flaherty o Murnau.

 II.

Quique Scopell, el culpable

“Pero lo que creo es que entre hablar y escribir hay una gran diferencia”, en entrevista de José Cervantes Angulo a Scopell.

La Barranquilla que Alvaro Cepeda nunca se cansó de vivir – nos damos cuenta, con susto – no es esta Barranquilla de ahora. Era diferente especialmente por el tipo clásico del barranquillero, un producto sincrético genial del cual quedan ya pocos especímenes. El origen barranquillero de Alvaro Cepeda Samudio quedó esclarecido por Alfonso Fuenmayor poco antes de marcharse al otro mundo a reanudar la parranda, en “La Cueva” o “El Happy” de un cielo especial, que hay para estos hombres que logran cruzar el Mar Rojo de la vida sin hacerle daño a nadie, con tantas oportunidades que hay.

Ya que Barranquilla, por esa manera especial que tenía de ser entonces, figura entre los culpables de que Cepeda no haya escrito más, ensayemos evocar esa atmósfera ecléctica en que asomaba la década del sesenta y la década del cincuenta iniciaba su camino hacia los archivos históricos. 1960 tiene que ser el año de mayor producción cinematográfica de mi papá, Ernesto Gomez Hans, por la edad que mostramos en unas escenas subidos a una canoa y creyendo que la actuación cnematográfica consiste en desternillarse, o desternillarse, de la risa. En ese año el natural desarrollo de los rasgos propios de su sexo ha llegado a la plenitud en Estefana Borromei, convirtiéndola en un diosa del cine neorrealista en el Colegio Alemán.

En ese año, o en el anterior, mi madre ha tenido un éxito arrollador con un ceñido disfraz de arlequín, de rombos negros y lilas, y por resaltar su opulenta figura le debemos a Arlequín el nacimiento, nueve meses después, de mi hermano Arnold Gómez. Por entonces, todavía no nos cansabamos de viajar en las escaleras mecánicas del Almacen Sears, ese almacén por departamentos al mejor estilo norteamericano, que convertía el crucero de la calle 53 con la carrera 46 (Avenida Olaya Herrera) en un pedazo de película de Doris Day. Ingresar a esa tienda era lo más parecido a penetrar en un museo que teníamos en la ciudad, llevado a una nota sublime por el aire acondicionado que contenía todo el almacén.

El gerente de ese almacén era amigo de Alvaro Cepeda, y su nombre era Bernardo Restrepo Maya, y padecía esporádicamente el virus de la época, el virus del periodismo, construir pompas de jabón con palabras, frases y párrafos.

Qué tiempos aquellos, todavía los barranquilleros entraban a la barbería a ser afeitados por un camaján capaz de contar una novela mientras trabajaba. Era así: el barbero, hablando todo el tiempo, empapaba la toalla blanquísima en agua humeante y la enrollaba en el rostro lleno de púas. Mientras la toalla ablandaba la superficie y los pelos, abría la navaja, la afilaba en una cinta de cuero que colgaba de la silla. La silla era todo un fetiche, de porcelana blanca y tapizada de fino de cuero, giratoria, podía asumir varios grados de inclinación, y para la afeitada se colocaba prácticamente horizontal. Comenzaba el afeitado propiamente dicho y la música del corte nítido de los cañones por la filuda navaja. Una vez retirado el brote del folículo piloso, el barbero aplicaba un bálsamo, y tras ser absorbido por la piel, hacía un masaje a base de golpecitos.

Creo que Enrique, “Quique”, Scopell ha debido tomar fotografías de estas barberías y de los clientes acostados sobre las sillas cubiertos por sábanas, atendidos por los sutiles camajanes barberos. Con el rostro pintado de espuma de afeitar y una mano en la mano de la escultural manicurista. Este fotógrafo versátil que se pegó a una cámara, como un náufrago se aferra a cualquier cosa que flote, conoció a Cepeda desde las épocas del semanario Crónica. Un trabajo para la revista –de la cual eran socios, además- en que hicieron equipo los dos tenía como tema las tradicionales fiestas de san Roque, durante las cuales era posible no solo admirar a la mujer barbuda y forzuda y la mítica rueda de la Cumbiamba, sino el tropel de pagadores de promesas y la lectura del futuro en la carpa de los gitanos.

No llevaban ambos mucho tiempo usando pantalones largos y los lazos que se hacen en la juventud suelen ser duraderos porque se suele compartir algo muy importante: la iniciación sexual. ¿Fue esta iniciación en el Barrio Chino? ¿Fue en las calles de las notarías? Si Heriberto Fiorillo no lo sabe, no lo sabremos jamás. Lo importante es que esta amistad del cuentista-periodista-aspirante a camaján, con un fotógrafo que seguramente salió ya camaján del seno materno es una amistad arquetípica, tanto como la de Eneas y Palinuro, o la de Flaubert y Turguénev, Marx y Engels, Lorca y Salvador Dalí, Borges y Bioy Casares.

El barrio chino de Barranquilla quedaba a unas pocas cuadras de la Iglesia de San Roque.
Cuando la revista Crónica cumplió su ciclo, corto porque era demasiado buena y no traía la novela de Corín Tellado, la próxima aventura de Alvaro y Quique fue el bar más intrépido que ha navegado la procelosa noche barranquillera: La Cueva.

“Póngase serio”, decían los barranquilleros maduros a los desubicados o ligeramente incumplidos. Este epigrama, Álvaro lo metamorfoseó al de “Póngase Águila”, para mercadear la cerveza Águila o para que los tomadores de cerveza tuvieran otra chacota que hacer en su húmedo corrillo maloliente a lúpulo. Luego este modo hizo referencia al que debía estar alerta. “Uy pónte aguila o te quitan la novia”, le decía la tía al sobrino en aquella época de Cortijo y su combo y de La Violencia de Alejandro Obregón. La dudas sobre la literatura lo atormentaban, y pensaba que las historias que se atropellaban en su cabeza tendían a una expresión cinematográfica. Luego se acordaba que tenía obligaciones, muchas deudas, y el cheque mensual se lo daba la Cervecería de su amigo Julio Mario Santodomingo (quien había sido colaborador de Crónica,cómo no). Y de esos agobiantes monólogos lo sacaba la máquina de burlas y sátiras adobadas con todo el mal vocabulario de esta parte del mundo, de su amigo Quique Scopell, quien además conocía más muchachas que ninguno porque era fotógrafo (todas las barranquilleras querían ser fotografiadas en Pradomar, junto al mar, como starlets de Hollywood). Quique Scopell era suficiente para cebar al más santo en la bohemia. Luego se sumó Juancho Jinete, el administrador de Diario del Caribe. “Allí no se hablaba de literatura, un carajo”, dijeron ambos al ser buscados muchos años después por periodistas ávidos de chismografía literaria. Ambos aseveran que “hablabamos mierda y criticábamos todo”. Ya verán que algún días se dilucidará lo que significa hablar “mierda” para la condición humana, y en especial, para Barranquilla, la de entonces, la de hoy lo hace menos: tal vez por eso hay más crimen en la ciudad.

Las paredes de La Cueva guardan celosamente toda la imaginación oral que se desplegó en ese antro, y uno de cuyos aportantes fue Cepeda, quizás entre tantas cosas, acuñó el dicho de “Busca tu charco babilla”. O lo recicló. Quique Scopell, ¿un literato disimulado? en la entrevista a Cervantes Angulo cuenta que había una tienda en el Barrio Abajo que solían frecuentar Álvaro, Fuenmayor y él. Dice que la bautizaron El tercer hombre, por el libro de Grahan Greene. En todo caso, el amigo con que se visita por primera vez un burdel en Barranquilla, tiene más influencia sobre uno que cualquier sabio catalán o genio de Aracataca.

El autor de estas líneas tuvo el privilegio de la amistad de la Tita Cepeda, la viuda de Álvaro. El nombre de Quique Scopell era siempre aludido por ella, lo que es testimonio de la importancia de este fotógrafo camaján que influyó en Álvaro con enseñanzas epicúreas que le distraían de su pelea con la literatura. Estoy seguro que si no hubiera perdido la pelea con el cáncer, hoy estaríamos leyendo una novela de Cepeda con varios episodios en la Cueva, hilarantes y joyceanos más que faulknerianos. Scopell y Juancho Jinete, culpables –con sus hiperbólicos sancochos copiosamente rociados de cerveza y narraciones rabelesianas e incidentes fellinescos – de que no hubiera escrito más aún.

Nota  complementaria:

A estas alturas, contamos con suficientes indicios como para no seguir atribuyendo al camaján el estatus de estibador con cuarto grado de primaria y pestañas tupidas. Todos los del Grupo de Barranquilla eran camajanes porque el primer rasgo del camaján es ser objeto de difamación de las beatas y mojigatas del barrio. Y por andar con algún libro entre manos, como El tercer hombre.Eran hombres más cultos que lo que puede ser un actual concejal o parlamentario, porque se leían bien los periódicos de aquellos años, que bien leídos permitían asomarse a la agitación y revolcón de valores e imaginarios de la modernidad. Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, los cuatro discutidores de Macondo eran para Fernanda del Carpio, “cuatro camajanes descarados”.

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