El cuento completo de Pambelé

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Por: Joaquín Mattos Omar

 

Todo: su dura pero aún no famélica infancia como vendedor ambulante de pescado en San Basilio de Palenque; las postrimerías de su niñez y su adolescencia entera, duras y famélicas, en el barrio Chambacú y en el Camellón de los Mártires de Cartagena de Indias, cuando fue embolador y vendedor de cigarrillos de contrabando; sus comienzos mediocres como boxeador utilizado sólo como relleno de carteleras; su partida a Venezuela a finales de 1968; su admisión, a principios de 1969, en la cuerda de Ramiro Machado, donde el mago Melquíades labraría el diamante en bruto que él era; su técnica y su táctica boxísticas, tan exquisitas como eficaces; su ascenso a la gloria en 1972; su descenso al infierno en 1980, en el que arrastró consigo a sus familiares y a sus hijos; sus accesos de ira, sus escándalos públicos y sus delirios de eterna grandeza; la raíz psicótica de sus desafueros; su incesante peregrinaje por el país; su bondad, su generosidad…Todo: su cuento completo.

Salvo que “la vida gloriosa y trágica de KidPambelé” no está contada así en El oro y la oscuridad, el magnífico libro del periodista barranquillero Alberto Salcedo Ramos publicado en 2005 por la Editorial RandomHouseMondadori y reeditado por el sello Aguilar en 2012; quiero decir, no en ese convencional orden cronológico ni con las simplificaciones que caracterizan el anterior resumen.

Por el contrario, entre las virtudes de este gran reportaje biográfico, sobresale el uso de un punto de vista temporal discontinuo, zigzagueante, con sucesivos saltos hacia adelante y hacia atrás, lo que, a su vez, permite administrar mejor el interés del lector mientras sigue esta apasionante historia como si la viera pasar delante de sus ojos, pues la riqueza y la precisión de los detalles (que incluyen el registro del más mínimo gesto de su protagonista y de sus demás personajes, así como su correspondiente interpretación psicológica) hacen del relato un vivo cuadro animado.

Gracias a ello, Salcedo Ramos logra que uno se acerque, hasta tocarlo, al corazón mismo ––en carne viva y desnudo–– de la terrible crisis humana de Pambelé, de tal modo que uno acaba comprendiéndola y compadeciendo a su víctima, y escapando así, en consecuencia, de la actitud ciega e intolerante de las multitudes iracundas que, en presencia de sus tristes y lamentables escenas, le gritan: “¡Quédate quieto, loco hijueputa! (…) ¡Lárgate rápido para el manicomio! (…)¡Tú crees que te puedes pasar toda la vida en la misma mierda! (…)¡Saquen a patadas a ese loco!”.

Y es que uno de los temas que con más profundidad interroga este libro es justo la causa de estos frecuentes arrebatos, tropeles y desvaríos del gran palenquero. Para ello, acude a distintas fuentes––en general, El oro y la oscuridad está construido con los testimonios de cerca de sesenta personas que pasaron por cada una de las etapas de su vida––, fuentes que ofrecen distintas explicaciones al respecto. En resumen, son cuatro las razones a las que atribuyen el problema de Pambelé, a saber: 1. Nacido y criado en la pobreza, no tuvo la ecuanimidad suficiente para asimilar el impacto de pasar de un día para otro a la opulencia. 2. Su adicción a las drogas duras, a la que fue inducido por sus nuevos amigos ricos. 3. Su aferramiento obsesivo a su pasado exitoso, que lo mantiene fijado en la idea de que su condición de campeón mundial es perpetua. 4.  “El no haber conservado su arraigo social cuando fue campeón”, como sí lo hizo, por ejemplo, Rodrigo Valdez , y haber cedido, por lo tanto, a la tentación del rastacuerismo. Y la quinta razón constituye una explosiva novedad, al menos para el redactor de esta columna: Antonio Cervantes, según el psiquiatra Christian Ayola, que ha atendido su caso en el Hospital San Pablo, de Cartagena, padece un trastorno bipolar afectivo (“lo que anteriormente se conocía como enfermedad maniaco-depresiva”), ¡un mal genético heredado de su madre Ceferina Reyes! Así que  “las drogas y el alcohol  no ocasionaron el problema de Pambelé (…), sino que lo agravaron”.

De acuerdo con esto último, sus desbarajustes emocionales no son exactamente el resultado de una posesión luciferina, como piensa su hijo venezolano Daniel Antonio Cervantes Bastardo (que es su hijo legítimo), sino de una posesión ‘lu-ceferina’, lo que, por otra parte, es corroborado por Julia Cervantes, una hermana del ex campeón, quien atestigua que doña Ceferina Reyes “ha padecido crisis nerviosas severas, al igual que sus hermanos Pablo e Idelfonso”.

En cualquier caso, por cuenta de esos delirios, las heridas que jamás recibió en el ring se las han causado muchas veces después de su retiro del boxeo, en los lugares más disímiles y con toda suerte de objetos contundentes y cortopunzantes; y se ha vuelto, además, “ inquilino asiduo de calabozos y hospitales”.

Asimismo, de las extravagancias que, según cuenta este reportaje que se lee como una ‘nouvelle’, suele hacer nuestro héroe en desgracia en medio de esos ataques frenéticos, ninguna resulta tan conmovedora, excepto sus llantos de niño desamparado, como ésa de exclamar, con su voz de trueno y a grito herido (del mismo modo que Johnny Weissmuller, anciano y con la razón perturbada, lanzaba sus alaridos de Tarzán): “¡Nojodaaa, yo soy el campeón mundial, KidPambeleeeeé!”

            Dos detalles más para resaltar contiene este libro. Uno es esta escena: en su lecho, mientras moría de cáncer, Amelia Bastardo le tomó la mano a su hijo Daniel Antonio Cervantes y le pidió que fuera a Cartagena a buscar a su padre; como ven,  es una asombrosa imitación que un pasaje de la vida de Pambelé hace del primer episodio de ‘Pedro Páramo’. El otro es el planteamiento de este enigma: ¿dónde está el anillo de oro que la Asociación Mundial de Boxeo le dio a Cervantes como símbolo de su inclusión en el Salón de la Fama en 1998? Sin duda, esta joya reviste ya para nosotros el carácter de grial, cuya búsqueda, propongo, debe emprender ya mismo una artúrica cruzada nacional.

El oro y la oscuridad está escrito en una prosa estupenda, límpida, de una gran calidad narrativa, cuya curso se desliza sin el menor tropiezo y cuyo hilo teje una estructura en la que las partes están meticulosamente enlazadas una con otra y el todo guarda una cohesión general magistral. Por eso esta obra confirma lo que desde hace algunos años vengo pensando y que es lo mismo que Daniel Samper Ospina afirma sin el menor titubeo en el prólogo : hoy por hoy, Alberto Salcedo Ramos es “el mejor cronista literario que tiene este país”.

 

 

 

 

 

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