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Dionea o el gallo de Esculapio
bailando en el barrio abajo

DIONEA

“…y tenía en el corazón
pedacitos de panela
papaya y arrancamuela
bolas de coco y bombón”.

M.A.C.

Por Eduardo Bermúdez

Texto tomado de www.otraparte.org, Sitio web de la Corporación Fernando González – Otraparte dedicado al filósofo colombiano Fernando González Ochoa y a la actividad cultural del Parque Cultural Otraparte en Envigado, Antioquia, Colombia.

Dionea es el simbólico título de la novela del escritor barranquillero Julio Olaciregui.

Allí, como en tantos otros ejemplos propios del género, la literatura se convierte en una técnica de conocimiento, en puerta de entrada al mítico mundo de la ciudad-carnaval. En esta magnífica saga se conjugan los Misterios de Eleusis con la Danza del Garabato, las marimondas se arrastran de la risa burlándose de los dioses griegos y algún profesor francés se desespera por conocer al hombre-caimán. Olaciregui nos hace pensar en la narrativa que necesitan los nuevos tiempos. No es nada fácil construir un estilo novedoso al escribir y distanciarse del lastre rural del boom literario latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX.

Efraím Medina y Julio Olaciregui lo intentan y lo consiguen. Nos proporcionan ese placer que en el arte literario producen las frases cortas que dicen mucho, los capítulos breves que sugieren íntimas historias, extensas vidas en breves palabras y los aforismos que siempre han sido como los Black Holes de la sabiduría. Eso es lo que requerimos ahora los lectores alelados por los mensajes de treinta semi-desnudos segundos de la Teletonta. Necesitamos una nueva especie de literatura citadina emanada de hombres y ciudades hechas a imagen y semejanza de la América nuestra, con novedosas técnicas acordes con este mundo de internautas y video juegos. Ya Alejo Carpentier, en su colección de ensayos Tientos y Diferencias, había propuesto la necesidad de un nuevo tipo de temas que le tocaba abordar al novelista latinoamericano de finales del siglo XX y en los albores del XXI.

Dionea proporciona ejemplos como el de la página con el epígrafe “El mito de un sueño vivido”. El escritor-protagonista, siguiendo, según dice, el consejo de su amigo filósofo, afirma: “Alguien que desea ser poeta debe contar mitos y no hacer discursos, más le vale contar un cuento y no elaborar una teoría”. Todo ello en menos de una página. El que quiere que lo lean se busca sus maneras de hacerlo y el escritor-protagonista las encuentra cuando nos quiere decir lo que le sucedió en su viaje a Grecia: “Un diario de viaje es un desafío, saber que mucho de lo que se vive y se escribe no interesa a nadie, pero sin embargo contaré…”. De ese modo nos seduce con su recurso y seguimos leyéndolo.

Olaciregui es un caimán que vive en Paris y viaja periódicamente a Barranquilla para saborear una mojarra en Salgar e inhalar ese mismo “yodo” que se respiraba en Epidauro y se respira hoy en el santuario del Lago del Cisne cerca de Sabanilla. “Siempre es un asunto de familia, el tío rapta a la sobrina con la anuencia del padre, en la familia de la humanidad así fue la trata negrera, digo yo, este es un comentario más del himno homérico a Demeter…”.

Dionea es también la especial historia de una muy particular ciudad de nuestra América con mágico narrador por dentro: “En dos siglos el varadero de canoas se ha llenado con un millón de personas entre las cuales estoy yo, el novelista”. Si New York tiene su Dos Passos, Viena a su Musil, Dublín a su Joyce, Quilla tiene ya su OlAcIrEgUI, con sus completas vocales castellanas, con su joven abuelo convertido en absurdo mito y sus amigos acompañándolo en la ficción y en la realidad. Nombres como Numas, Lola, Molinares, Sigifredo, Suescún, Paragüita y el Coleto no parecen estar dispuestos en Dionea para que los eruditos en crítica literaria, etimologías y análisis de textos escriban en un profundo ensayo las motivaciones que tuvo el autor para elaborar sus agudísimos perfiles psicológicos.

Como en un rapto de platónica narración-epistemológica, Olaciregui nos hace recordar lo que somos, evocándonos tradiciones con aquella canción que, en la voz de Nelson Pinedo, cuenta melódicamente “…por las calles de Tamalameque dicen que sale una Llorona loca” y al mismo tiempo uno siente el espíritu del imponente y rollizo Buck Mulligan que se vino de Dublín, vía Paris, hasta Barranquilla, pa bailar salsa en la Cien de Rebolo. “Los indios también dicen que bailamos para no morir”.

Esta es la Historia del Caimán que se va para Barranquilla pero que antes de llegar hace estación en Epidauro, Grecia, y es la historia del Caimán-Hades vestido de Congo Grande raptando a Dionea-Perséfone, es la eterna lucha de Don Carnal versus Doña Cuaresma. “Hay un eco, un latido, un ‘tumbao’ en nosotros, los urbanos, que nos viene de ese combate entre la cuaresma y el carnaval de los indios que ahora viven en parajes distantes de nuestras almas…”.

No faltará el acartonado comentarista literario atrincherado en la altiplanicie andina que pretenda mofarse de la ecuación Julio-Joyce u, Olaciregui-Dospassos, pero así somos nosotros los colombo-caribeños y así hemos hecho historia en la literatura mundial. Carnaval-Caimán-Congo-Curramba, ¡sí!, ¡sí!, Colombia… ¡sí!, ¡sí!, ¡Caribe!

Ya lo dijo Federico Nietzsche, que le hubiera gustado ver a Sócrates tocando el Laúd o la Flauta. A nosotros nos hubiera gustado verlo bailar cumbia con Marimoñitos o persignándose al estilo Mingo. Nuestro escritor nos permite también soñar con Manuel Acuña Contreras diciendo sus versos en la Sorbona, o con un estudio sobre la narrativa de “Paragüita” Morales hecho por algún sesudo critico norteamericano. Ya antes, en Vestido de Bestia, había fundido en un mismo paquete musical a Richie Ray con Bach y a Rolando Laserie con Vivaldi, con la profunda y metafísica convicción de que todas las calaveras son ñatas. A mí, particularmente, me hubiera gustado invitar a Friedrich Nietzsche al Tropicana en La Habana o a la Casita de Paja o vestirlo de Monocuco en el Carnaval de Barranquilla.

Sócrates, poco antes de beber la cicuta, le dijo a su amigo Critón: “…recuerda que le debemos un gallo a Esculapio”. Esta frase ha sido interpretada de muchísimas maneras. Algunos piensan que el filósofo griego habría sido un hombre tan correcto, pero tan correcto, que no quería morir sin pagar sus deudas cotidianas. Los eruditos especulan que como Esculapio era el dios de las curaciones y se le ofrecía un gallo en gratitud cuando el enfermo sanaba, Sócrates habría considerado a la muerte como una curación de todos los males humanos. Para la Fundación “Un Gallo para Esculapio”, que próximamente, en el carnaval 2008, saldrá con su propia danza en la Batalla de Flores, es gratísimo leerse esta obra magistral de su escritor insignia.

¡QUÉ BIEN! poder leer la novela de un escritor que ya había hecho varios buenos intentos, pero que con éste ha dado certeramente en todo el centro del blanco, ha hecho sentir que esta novela se irá instalando lentamente, como el saurio de marras, en el imaginario de nuestra ciudad-carnaval.

 

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