Solo PORTADA BRITO 2

Un retrato de nuestros decesos cotidianos

John William Archbold Cortés

Con su más reciente publicación, Paul Brito no ha reaparecido en la escena literaria del Caribe, la verdad es que nunca ha dejado de hacer gala de su presencia, y en esta oportunidad simplemente ha alzado un poco más la voz. Su último trabajo, La muerte del obrero (2014) es un libro que recopila sólo una fracción de las dudas que tan a menudo trata de filtrar a través de sus narraciones, ¿O son esas suspicacias las que tratan de permearlo a él y terminan convulsionando en sus dedos? Es difícil determinarlo, en especial si conocemos ese cuestionario filosófico al que nos tiene acostumbrados, en el que el mundo no consigue partir sin antes regresar.

Al parecer, muchos están inquietos por determinar el género en el que podríamos clasificar esta obra. Algunos lo han considerado un libro de cuentos, otros una novela bastante experimental; su autor ha optado por la prudencia de denominarla libro de relatos. Yo por mi parte me pregunto ¿En realidad es relevante? Es evidente que la literatura de Brito se halla en una zona de transición, en la que el cuentista está aceptando una nueva misión de largo aliento, sin olvidar su origen de soplos concisos. Los ocho relatos que componen el libro tienen una intratextualidad palpable, aunque cada uno tiene un sentido tan propio que se puede prescindir con toda facilidad de un hilo argumental, sin que nos invada la sensación de que ha faltado algo. Bueno, quizá si la tenemos al terminar el último relato, pero no es difícil imaginar que el viaje que emprende el protagonista terminará por enfrentarlo al destino que cedió en un principio.

La historia no podría ser más sencilla, pero Brito se las arregla para dotarla de una intrincada complejidad: Fabián Ramos, un joven universitario con serias, aunque un tanto confusas inquietudes literarias, debe dejar sus estudios para buscar trabajo, lo cual lo lleva a un periplo de oficios y lugares en los que nunca logra identificar un espacio y una función que pueda convertir en propia. Mientras esto ocurre, se atraviesan por su vida todo tipo de personajes, algunos conmovedores como Orlando, que en algún momento logra desplazar por completo la presencia de Fabián, y otros bizarros y pintorescos como Cesáreo o la vendedora de ojos amarillos. Fabián es una suerte de “Meursault” criollo que va por el mundo haciendo varias cosas, pero realmente interesado en pocas, quizá en ninguna.  Brito no se interesa en ocultar la similitud de su personaje con el protagonista de El Extranjero, y eso queda claro al citar a Albert Camus como epígrafe, con una sentencia que enmarca la búsqueda que Ramos ha emprendido sin siquiera saberlo, y que tal vez sólo identifique en el nuevo camino que toma al final.

La historia pasa por todo tipo de momentos, con una trama se desliza entre la cotidianidad y la incertidumbre, entre el humor y el desaliento. No es difícil encontrar una conexión con lo que ocurre, porque a grandes rasgos aborda una situación tan compleja como universal: el no tener claro nuestro propósito en el mundo. Nos ofrece situaciones tan triviales como una mujer maltratada por su pareja, hasta otras que coquetean con lo real – maravilloso, como el momento en que sin ninguna razón decenas de obreros de construcción empiezan a lanzarse de las vigas de los edificios inacabados.

Una de las particularidades de la arquitectura de los relatos, es que Brito, no sé si a voluntad, desplazó a los personajes del protagonismo, incluyendo al propio Fabián. La focalización se centrará en las situaciones, en los espacios que las cobijan, en los sentimientos que alientan a las personas que hospedan. La muerte del obrero erige la circunstancialidad como verdadera piedra angular de cada uno de los relatos. Son finalmente estas las que capturan cualquier ánimo reflexivo en el lector.

¿Pero qué persigue Brito con estas historias? Aventurándome a especular (sagrado derecho que adquiere todo lector) pienso que La muerte del obrero plantea una férrea crítica a nuestro sistema actual. Los jóvenes como Fabián se enfrentan en determinado momento de sus vidas al mundo real, y salen desprotegidos a lidiar con un sistema del que poco a poco se percatan es totalmente desconocido. Allí se enfrentan a una cantidad de avatares que terminan por opacar su espíritu, con preocupaciones que desplazan el lugar de los sueños, y una cantidad de ocupaciones que no dan tregua, aun sabiendo que el tiempo es implacable. VENTA, el más extenso de los relatos, en el que Fabián se ve involucrado en una misteriosa secta, sintetiza la idea que vemos desglosarse a través de los otros relatos: debe morir el obrero para que surja el jefe. Pero aspirar a la jefatura implica distanciarse de las expectativas propias, de los fines espirituales, en gran medida, de las personas que solíamos ser antes de unirnos a esta gran prótesis que llamamos sociedad. Esa es la muerte del obrero. En la mímesis que plantea Brito, el mundo requiere que vayamos liquidando paulatinamente partes de nuestra esencia, con el fin de hacernos funcionales. Todo para habilitarnos como instrumentos ciegos de una estructura inexpugnable.

Eso concedería alguna lógica a la interesante presencia que tiene el suicidio en el libro. En el transcurso de la historia, vemos cómo varios personajes se privan de la vida, de forma deliberada y premeditada, otros por un impulso ciego, y en una ocasión por simple imprudencia. Podríamos pensar que a través de estas historias, el suicidio se proyecta como una liberación desesperada ante las inclemencias de un sistema que logra mantener sometidos a todos sus reos. Un sistema que no sólo está compuesto por el aparato laboral, sino también por las personas que nos rodean, la familia, las convicciones a las que nos adherimos desesperadamente en una desorientada búsqueda de seguridad. Una muerte voluntaria se convierte en el más firme gesto de autonomía.

En su anterior libro de cuentos Los Intrusos (2008) Brito deja ver un ánimo irónico en el tratamiento de sus personajes femeninos, y aunque en este grupo de historias cualquier personaje pierde importancia, esa actitud sobrevive en este libro. Brito recrea unos hombres que sin saberlo son absolutamente dependientes de las mujeres que les rodean (madres, parejas, hijas) con lo que de alguna manera logra burlarse de la aparente supremacía de los hombres, y de la supuesta debilidad que ostentan las mujeres. Las mujeres de Brito son como siempre contradictorias, pero rígidas y conscientes de un poder que ejercen constantemente, aunque no siempre de la forma adecuada.

En cuanto a los aspectos técnicos, es importante destacar en el trabajo de Brito que sus recursos de verosimilitud se diferencian mucho de los que solemos encontrar en la literatura contemporánea. Brito no abusa del detalle, no cae en descripciones inútiles ni detalles irrisorios, sencillamente procura disponer elementos funcionales en los momentos precisos de la historia. Esa misma austeridad la vemos en su estilo de crear la tensión narrativa, ya que el arranque de sus relatos no está adherido a instantes aparatosos que generen curiosidad, se esfuerza por recrear situaciones universales con las que el lector pueda identificarse con facilidad, y que la continuidad de su lectura esté guiada por la confortabilidad que eso causa. Varios de los relatos inician con alusiones al pasado, a la niñez en algunos casos, a esos momentos en los que todos tratamos de descubrir el mundo por medio de nuestras módicas posibilidades. Desde el comienzo Fabián nos invita a descubrir su historia con la misma curiosidad que exploraba el mundo cuando éramos niños. Un modo elegante, nada desesperado, de secuestrar la atención del lector.

La muerte del obrero sin duda alguna es un texto peligroso, que puede incitarnos a revaluar nuestras vidas y lo que hemos aceptado como objetivos, ya que nos lleva a reflexionar sobre nuestro punto de partida y la lealtad que profesamos para con esas personas que solíamos ser. Puede hacer que nos preguntemos por las cosas que nos llevan a despertarnos a diario, y por las actividades a las que le dedicamos parte de nuestro día a día con el fin de ganar el sustento.

En La muerte del obrero se hace evidente que todos somos peones en la construcción de una sociedad que nos somete, que nos coarta, pero ante la que tal vez no estemos tan indefensos y al final nos quede la opción de escapar para sintonizarnos con nuestro camino original. Podría ser también sólo una lectura didáctica, o una muestra de que la literatura del Caribe no dispensa de modismos e imágenes predecibles y estereotipadas para colmarse de un sabor local. Puede convertirse también en una pequeña muerte personal, de la que podamos despertar no precisamente para transformarnos en jefes. Como hubiese dicho uno de sus más fugaces personajes mientras blandía su bastón autoritario, todo depende.

La ‘Muerte del Obrero:  Metáfora sobre la rutina laboral 

 Por Flávia Duarte

Él admite que fue un riesgo. Al decidir escribir sobre las tareas aburridas y las obligaciones tediosas de un empleado común, aceptó el peligro de arrebatarle al lector el mayor de los regalos ofrecidos por la literatura: el escape de la realidad. En su libro “La muerte del obrero” (Collage Editores, Colección Caribe Adentro, 2014) Brito decidió poner el foco en la vida laboral y hacer una metáfora sobre el día a día prosaico de un trabajador sumido en la monotonía implacable del tiempo y de la vida.

Autor de otros dos libros –“Los intrusos” (2008) y “El ideal de Aquiles, 101 minicuentos para alcanzar a la tortuga” (2010)–, suele recurrir a las historias cotidianas para hablar de las emociones humanas, la vida familiar y psicológica de sus personajes, y su trasfondo filosófico. Esta vez, sin embargo, excavó en el mundo seco y frío del trabajo la materia prima para el nuevo libro y así resolver una inquietud que lo acompañaba: “Nunca supe qué hacer con mis personajes cuando era necesario referirse al contexto del trabajo –explica–. En lugar de seguir huyendo, decidí volcarme totalmente en él”.

El resultado es un conjunto de ocho narraciones que se pueden leer de forma interconectada o como relatos independientes, dependiendo de los ojos del lector. El personaje central es un tipo que, a finales de 1990, se dedica a la búsqueda de empleo. En ese camino, le toca asumir tareas tediosas que le van reportando algunos encuentros y sobre todo muchos desencuentros: las relaciones con los jefes, los despidos, los accidentes de trabajo y los pequeños desastres que afectan a las personas que se ganan la vida con la fuerza física. Un mundo muy parecido a la vida: esa secuencia de eventos y esfuerzos reiterativos, interrumpidos por pequeñas alegrías e inesperadas tragedias.

El autor de 39 años forma parte de una generación de escritores que creció leyendo y tomando como inspiración al desaparecido Gabriel García Márquez. “Él siempre será una referencia para cualquier escritor de América Latina –dice–, sobre todo cuando se escribe en la misma zona en que él escribió”. En una charla, se refirió a Gabo, el mercado editorial y la proyección a otros países latinoamericanos:

Cuatro preguntas a Paul Brito

¿Cuál es el reto de escribir libros en un país donde la principal referencia es uno de los grandes nombres de la literatura universal?

García Márquez exploró toda la cultura del Caribe colombiano hasta el punto que no se puede escribir sobre este espacio cultural sin cruzarse con él. Pero eso es bueno: al abarcar minuciosamente las posibilidades estéticas de este mundo, liberó a las nuevas generaciones del imperativo de escribir sobre el Caribe. Allanó el terreno, de manera que ahora podemos ir tranquilamente a otros temas, otras altitudes, otros horizontes, o volver con otros ojos al mismo Caribe colombiano, porque ahora esta región cultural es más nuestra, es más universal.

Comparado con lo que Gabriel García Márquez hizo, ¿cómo ves la obra de los nuevos escritores colombianos?

Gabo era alérgico a la idea de incorporar nociones intelectuales a su obra. Las nuevas generaciones no tememos a reflexionar dentro de las narraciones, no nos da miedo añadir ideas y conceptos a nuestros relatos. Por otra parte, creo que ahora nos centramos más en un ambiente urbano y barrial que rural, con un estilo más realista que fantástico, y un interés más histórico que mítico. Pero no son más que generalizaciones, porque cada autor tiene su propio estilo y sus propias inquietudes.

¿Cómo califica el mercado editorial para los nuevos escritores colombianos?

Las grandes editoriales no están muy interesadas en la publicación de libros de cuentos, poesía o crónica. No les parecen rentables. Prefieren las novelas, especialmente las que se pueden adaptar a los medios de comunicación audiovisuales. Por eso es muy valiosa y audaz la labor de difusión cultural que están realizando editoriales independientes como Collage Editores.

¿Cómo ganar lectores en otros países latinoamericanos con una cultura, un historia e incluso un idioma distintos?

Poseemos un mismo swing vital. Tenemos las mismas raíces; vivimos rodeados de músicas y sabores similares, y de unos paisajes exuberantes que no se ven en otras latitudes, y que influyen incluso en nuestra manera de hablar.

EN RECUADRO:

 El amor sublime y el indecoroso

Bajo la misma colección Caribe Adentro, de Collage Editores, se lanzaron otros libros de relatos de dos colaboradores de Actual: “Vergonzoso amor”, de Ramón Molinares, y “Canción de amor para despertar a un yonqui”, de Joaquín Mattos Omar. El primero es un repertorio de desencuentros amorosos a ratos conmovedor y por momentos desopilante: viudos, adolescentes, recién casados, que van cayendo en las desvergüenzas de sus pasiones. El segundo es una colección de historias azarosas donde la más mínima variación en el orden de las cosas, comenzando por el lenguaje, origina las más disparatadas aventuras.

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