Libro Piloto

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Libro Piloto: Como quien dice adiós a lo perdido

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De Ramón Cote Baraibar. Valparaíso ediciones. Granada. 2014

LA BORROSA EXACTITUD DE LAS PALABRAS

Si buceamos en nuestros recuerdos de manera proustiana en busca de un perfume remoto que nos devuelva el sabor de lo perdido, o ascendemos a sus escarpadas cumbres como sugiere Ramón Cote Baraibar en este libro por medio de una expedición alpina en la que muchas veces nos sentimos amedrentados por sus peligrosos riscos, es algo que resulta difícil de esclarecer. Lo cierto es que el rescate de la memoria es una conquista del espíritu que tarda tiempo en alcanzarse, una reconstrucción de lo vivido en la que el poeta se enfrenta a sus fantasmas más íntimos para tratar de redimirlos con la borrosa exactitud de las palabras.

De esta tarea ardua, dulcemente dolorosa y muchas veces suicida que intenta convertir la materia fugitiva de los días en el oro perdurable del poema y de las ceremonias y rituales que el poeta lleva a cabo para elaborar su complicada alquimia, da cuenta este nuevo libro de Ramón Cote Baraibar, que quiere decir adiós a lo perdido sacando del pozo profundo de la memoria esas “monedas de plata del recuerdo que más tarde serán la imagen imborrable de su propia vida”.

El velo de la lluvia, el humo del tabaco o el rectángulo de una ventana oscura son para Cote Baraibar cortinas propicias para atisbar el mundo, pues el cuerpo se afantasma y solo quedan los brillantes ojos de búho, asomados al continuo discurrir del tiempo y sus transformaciones. La poesía es ritmo, música, movimiento y el poeta el concentrado melómano que atiende a su coreografía. En “Autorretrato de la lluvia” y “Poema de despedida” el tamborileo de la lluvia en los cristales le permite “hacer un balance de lo que se escapa y de lo que se queda”,  la separación  de un amor junto a las rejas rigurosas de un parque, los rostros que lo esperan, la cara que quizás tendrá el próximo año; “Desencuentro” le recuerda que “el destino  es el más tirano de los dioses y el amor el más avaro a la hora de repartir sus poderes”.  “Palmera Bismarkia” le permite dialogar por medio de la visita de una sombra amada sobre la ausencia y revivir serenamente el dolor de las luctuosas despedidas. “Pessoana” se identifica con la pluralidad de nombres surgidos del poeta portugués y siente que es al mismo tiempo el que se va y los que vienen de regreso, los otros y él mismo, “el vigía inmóvil que desde lo oscuro de su ventana, mira un sábado cualquiera las luces de la avenida circular, como aerolitos veloces alrededor de los anillos de Saturno”.

Con una prosa limpia y despojada y un tono confesional que alcanza su intensidad más en la agudeza de la mirada y la reflexión que en la metáfora, Cote Baraibar elabora en este libro su propio “Panteón pagano”, con vivencias de Madrid y Bogotá, reminiscencias de sus viajes por la India, hermosas estampas de la naturaleza que vamos lamentablemente arruinando o contemplando simplemente en una tarde de verano la lenta caída del sol sobre “los altos edificios de cemento gris”, que va dotando a la anodina ciudad de un esplendor sagrado” para que más tarde, en la distancia, “la memoria y su tinta solitaria” se encargue de desenterrar bajo los días “aquellas ruinas doradas”.

Subyace en los versos de Cote Baraibar el deseo de crear una nueva DIMENSIÓN de lo sagrado, propia de la poesía moderna, como señala Octavio Paz, una sacralidad  frágil y evanescente que solo le es dado percibir en privilegiados momentos, como las ramas de ese árbol gigantesco que portan las garzas observadas en el trópico sobre sus alas; como el poema escrito en el aire por un viajero agradecido antes de abandonar las recoletas ciudades de la índia, O ESAS nubes ERRANTES OBSERVADAS en la NOCHE que como la poesía MISMA “son sonámbulos segundos robados con suma delicadeza a cuanto vive”.

Todo viaje “es una suma de asombros y renuncias que van dejando su ceniza en los dedos y un polvo dorado en la memoria”, y el poema, que se nutre de recuerdos, una ceremonia solitaria que exige largo tiempo “para lograr cierta exactitud”, nos dice Ramón Cote Baraibar en este libro que es una verdadera expedición por la memoria, un amorosa  e intensa travesía que va del corazón a lo perdido, en un valioso esfuerzo por salvar con el poder de la palabra la extensa y blanca distancia de nieve de los años.

Samuel Serrano Serrano.-

Noticias del Autor. 

Nació en Aracataca (Magdalena, Colombia) en 1963. Es doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha escrito poemas,  cuentos   y ensayos. Ha publicado los poemarios El hacha de piedra ( Editorial La Mirada Malva 2008), Canto rodado (premio nacional de poesía “Ciudad de Bogotá,”, 1996)  y el libro de relatos El misterio de Macongo (Huerga y Fierro  2012). Algunos de sus poemas y relatos han sido traducidos al francés e  inglés. Poemas suyos han aparecido, entre otras antologías, en El corazón de la palabra (Salamanca, 2004), Cómo conocernos mejor: Brasil-Colombia, y La nueva poesía colombiana, preparada por Rogelio Echavarría, como también en las revistas Prometeo de Medellín, Casa Silva de Colombia,  Atlántica de Cádiz, El Invisible Anillo  y El Alambique, de España. Cuentos suyos han sido publicados entre otras revistas en El magazine de El Espectador, revistaCuatro cuentos de Argentina, revista Crítica de México,  Aurora Boreal y En sentido figurado.  Desde 1996 reside en Madrid (España) donde ha ejercido la crítica literaria en prestigiosas revistas como Quimera, suplemento Babelia deEl país,   Revista Virtual del Instituto Cervantes, Revista La estafeta del viento de Casa de américa  y Cuadernos Hispanoamericanos donde ha publicado reseñas, ensayos y entrevistas con algunas de las principales voces de la literatura española e hispanoamericana contemporánea como Gonzalo Rojas, Álvaro Mutis, Fernando Charry Lara, Juan Goytisolo, Augusto Monterroso, Alfredo Bryce Echenique, Abel Posse,  Germán Espinosa  y Adolfo Castañón. Actualmente trabaja como profesor de lengua y literatura en un instituto de Madrid.

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Biografía del desnudo, el libro de Lenis Santana

BIOGRAFÍA DEL DESNUDO

Un evento de la Biblioteca Piloto del Caribe , Con el apoyo de la Secretaria Distrital de Cultura, Patrimonio y Turismo de Barranquilla

Miguel Iriarte

Lenis Santana es una modelo afrocolombiana nacida en Cartagena, y radicada en Barranquilla, a quien desde comienzos de los años 80s aprendimos a admirar en las obras de Javier Diazgranados y de Roberto Angulo, en las que la presencia del  cuerpo de Lenis, vestido o desnudo, representaba sin duda una aportación definitiva para aquellas obras.

Con el tiempo, Lenis viaja a establecerse en Europa, España e Italia, principalmente, trabaja para estudios de artistas y academias, e inicia una búsqueda creativa para experimentar conceptualmente con su imagen y con la fotografía, en el hallazgo de nuevos rumbos y nuevos matices con su oficio de modelo profesional.

Pero además de empezar a traspasar las líneas fronterizas, de todas formas frágiles, que separan las cosas en el arte, no solo pasó de querer expresarse con la pose en función de ser solamente la modelo de alguien,  para empezar a querer ser ella también modelo de sí misma en un deseo de representación propio, a través del performance, o de la asunción de la fotografía misma en un desdoblamiento en el que la modelo mirada es ahora la que mira.

Pero en todo ese transcurso había estado gestándose también una consciencia crítica que trascendía el oficio de la pose, y que revisaba, reflexionaba, preguntaba, investigaba, conversaba, leía, procesaba y anotaba sobre todo aquello que tenía que ver con el acto profundo de posar para entender más a fondo la significación del cuerpo, dándole vueltas quizá el pensamiento aquel del historiador español Carlos Reyero, según el cual “el cuerpo en el espacio de trabajo se convierte en un extraño instrumento de la creación. Y también es la creación misma. Sugiere el arte y la realidad al mismo tiempo”.

Fue entonces ese otro aprendizaje el que le permitió a Lenis Santana embarcarse en la aventura editorial de hacer un libro en el que, sin ser escritora, pudiera organizar toda una compleja serie de contenidos relacionados con los procesos históricos del arte vinculados estrechamente al cuerpo, al desnudo y a la pose. Así, se puso en la labor de buscar en sí misma, en su larga experiencia, en los libros, en los otros, las razones y los materiales que le permitieran escribir una biografía del desnudo que estuviera atravesada básicamente por su experiencia: haber aprendido a tener una visión y ser protagonista de la acción y de la función del arte de posar.

Este es, por tanto, un libro testimonial. Pero el testimonio aquí se sirve también del testimonio de primera mano de varios amigos artistas, modelos, fotógrafos, actrices, bailarines, pintores, que desde diferentes  disciplinas han sido convocados por Lenis Santana para que aporten las luces de su experiencia con el modelo y con la pose, cuenten sus saberes, compartan sus íntimas preocupaciones con el tiempo y el espacio, y su manera particular de dialogar con el cuerpo. Y que agregan, por supuesto, unas voces que redondean y enriquecen esta provocadora publicación. Son personajes como: María Isabel Rincón (Maloka), Javier Diazgranados, Augusto Ardila, Raquel García, Elena Arcángeli, Simona Pietrosanta, Jaime Tello Torres, Emma Aguirre, María Serna, Zoe Bray, Verónica Vituzzi y Alesio Nieddu.

Y para completar de una manera conceptualmente diferente el carácter testimonial que señalamos, su penúltimo capítulo es un dossier que reseña en orden cronológico la nómina extraordinaria de las más importantes modelos de la historia del arte, desde la cortesana Friné, modelo de Praxíteles en el 328 A.C., pasando por Simonetta de Vespucci y Eugenia Martínez Vallejo, Héléne Foument, Cayetana de Silva y Álvarez, Jane Burden Morris, Sara Bernhardt, Rosita Mauri, Camille Claudel, Clotilde García Castillo, Lina Cavalieri, Alma Mahler, Ida Rubinstein, Guadalupe Marín, y las más recientes Amanda Lear, Sue Tilley y Helga Testorf, entre muchas otras.

Este libro, que acaba de ser publicado en octubre de 2013 en Madrid, con el auspicio de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura de España, no tiene, a pesar de su pormenorizada indagación acerca del cuerpo, la belleza, el espacio, el tiempo, el modelo, la pose y el desnudo, una pretensión científica en los términos en el que la supone cierto rigor académico de la investigación. El proceso de construcción de su ambicioso contenido acude a una manera mucho más personal de relacionarse con la información universal y con las ideas de los otros, ajustándola siempre a las necesidades de expresión de un proceso experiencial que quiere ser comunicado.

El resultado es un libro de 315 páginas publicado por Clan Editorial de España, profusamente ilustrado y con una muy bien curada iconografía, con el que sin duda nuestra Lenis Santana nos asombra con un esfuerzo y empeño en el que había estado consagrada desde hace muchos años y que sobrepasa en mucho las expectativas de quienes estábamos a la espera.

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Dionea

Dionea es el simbólico título de la novela del escritor barranquillero Julio Olaciregui. Allí, como en tantos otros ejemplos propios del género, la literatura se convierte en una técnica de conocimiento, en puerta de entrada al mítico mundo de la ciudad-carnaval.

DIONEA

“…y tenía en el corazón
pedacitos de panela
papaya y arrancamuela
bolas de coco y bombón”.

M.A.C.

Por Eduardo Bermúdez

 

Texto tomado de www.otraparte.org, Sitio web de la Corporación Fernando González – Otraparte dedicado al filósofo colombiano Fernando González Ochoa y a la actividad cultural del Parque Cultural Otraparte en Envigado, Antioquia, Colombia.

Dioneaes el simbólico título de la novela del escritor barranquillero Julio Olaciregui.

Allí, como en tantos otros ejemplos propios del género, la literatura se convierte en una técnica de conocimiento, en puerta de entrada al mítico mundo de la ciudad-carnaval. En esta magnífica saga se conjugan los Misterios de Eleusis con la Danza del Garabato, las marimondas se arrastran de la risa burlándose de los dioses griegos y algún profesor francés se desespera por conocer al hombre-caimán. Olaciregui nos hace pensar en la narrativa que necesitan los nuevos tiempos. No es nada fácil construir un estilo novedoso al escribir y distanciarse del lastre rural del boom literario latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX.

Efraím Medina y Julio Olaciregui lo intentan y lo consiguen. Nos proporcionan ese placer que en el arte literario producen las frases cortas que dicen mucho, los capítulos breves que sugieren íntimas historias, extensas vidas en breves palabras y los aforismos que siempre han sido como los Black Holes de la sabiduría. Eso es lo que requerimos ahora los lectores alelados por los mensajes de treinta semi-desnudos segundos de la Teletonta. Necesitamos una nueva especie de literatura citadina emanada de hombres y ciudades hechas a imagen y semejanza de la América nuestra, con novedosas técnicas acordes con este mundo de internautas y video juegos. Ya Alejo Carpentier, en su colección de ensayos Tientos y Diferencias, había propuesto la necesidad de un nuevo tipo de temas que le tocaba abordar al novelista latinoamericano de finales del siglo XX y en los albores del XXI.

Dioneaproporciona ejemplos como el de la página con el epígrafe “El mito de un sueño vivido”. El escritor-protagonista, siguiendo, según dice, el consejo de su amigo filósofo, afirma: “Alguien que desea ser poeta debe contar mitos y no hacer discursos, más le vale contar un cuento y no elaborar una teoría”. Todo ello en menos de una página. El que quiere que lo lean se busca sus maneras de hacerlo y el escritor-protagonista las encuentra cuando nos quiere decir lo que le sucedió en su viaje a Grecia: “Un diario de viaje es un desafío, saber que mucho de lo que se vive y se escribe no interesa a nadie, pero sin embargo contaré…”. De ese modo nos seduce con su recurso y seguimos leyéndolo.

Olaciregui es un caimán que vive en Paris y viaja periódicamente a Barranquilla para saborear una mojarra en Salgar e inhalar ese mismo “yodo” que se respiraba en Epidauro y se respira hoy en el santuario del Lago del Cisne cerca de Sabanilla. “Siempre es un asunto de familia, el tío rapta a la sobrina con la anuencia del padre, en la familia de la humanidad así fue la trata negrera, digo yo, este es un comentario más del himno homérico a Demeter…”.

Dioneaes también la especial historia de una muy particular ciudad de nuestra América con mágico narrador por dentro: “En dos siglos el varadero de canoas se ha llenado con un millón de personas entre las cuales estoy yo, el novelista”. Si New York tiene su Dos Passos, Viena a su Musil, Dublín a su Joyce, Quilla tiene ya su OlAcIrEgUI, con sus completas vocales castellanas, con su joven abuelo convertido en absurdo mito y sus amigos acompañándolo en la ficción y en la realidad. Nombres como Numas, Lola, Molinares, Sigifredo, Suescún, Paragüita y el Coleto no parecen estar dispuestos en Dionea para que los eruditos en crítica literaria, etimologías y análisis de textos escriban en un profundo ensayo las motivaciones que tuvo el autor para elaborar sus agudísimos perfiles psicológicos.

Como en un rapto de platónica narración-epistemológica, Olaciregui nos hace recordar lo que somos, evocándonos tradiciones con aquella canción que, en la voz de Nelson Pinedo, cuenta melódicamente “…por las calles de Tamalameque dicen que sale una Llorona loca” y al mismo tiempo uno siente el espíritu del imponente y rollizo Buck Mulligan que se vino de Dublín, vía Paris, hasta Barranquilla, pa bailar salsa en la Cien de Rebolo. “Los indios también dicen que bailamos para no morir”.

Esta es la Historia del Caimán que se va para Barranquilla pero que antes de llegar hace estación en Epidauro, Grecia, y es la historia del Caimán-Hades vestido de Congo Grande raptando a Dionea-Perséfone, es la eterna lucha de Don Carnal versus Doña Cuaresma. “Hay un eco, un latido, un ‘tumbao’ en nosotros, los urbanos, que nos viene de ese combate entre la cuaresma y el carnaval de los indios que ahora viven en parajes distantes de nuestras almas…”.

No faltará el acartonado comentarista literario atrincherado en la altiplanicie andina que pretenda mofarse de la ecuación Julio-Joyce u, Olaciregui-Dospassos, pero así somos nosotros los colombo-caribeños y así hemos hecho historia en la literatura mundial. Carnaval-Caimán-Congo-Curramba, ¡sí!, ¡sí!, Colombia… ¡sí!, ¡sí!, ¡Caribe!

Ya lo dijo Federico Nietzsche, que le hubiera gustado ver a Sócrates tocando el Laúd o la Flauta. A nosotros nos hubiera gustado verlo bailar cumbia con Marimoñitos o persignándose al estilo Mingo. Nuestro escritor nos permite también soñar con Manuel Acuña Contreras diciendo sus versos en la Sorbona, o con un estudio sobre la narrativa de “Paragüita” Morales hecho por algún sesudo critico norteamericano. Ya antes, en Vestido de Bestia, había fundido en un mismo paquete musical a Richie Ray con Bach y a Rolando Laserie con Vivaldi, con la profunda y metafísica convicción de que todas las calaveras son ñatas. A mí, particularmente, me hubiera gustado invitar a Friedrich Nietzsche al Tropicana en La Habana o a la Casita de Paja o vestirlo de Monocuco en el Carnaval de Barranquilla.

Sócrates, poco antes de beber la cicuta, le dijo a su amigo Critón: “…recuerda que le debemos un gallo a Esculapio”. Esta frase ha sido interpretada de muchísimas maneras. Algunos piensan que el filósofo griego habría sido un hombre tan correcto, pero tan correcto, que no quería morir sin pagar sus deudas cotidianas. Los eruditos especulan que como Esculapio era el dios de las curaciones y se le ofrecía un gallo en gratitud cuando el enfermo sanaba, Sócrates habría considerado a la muerte como una curación de todos los males humanos. Para la Fundación “Un Gallo para Esculapio”, que próximamente, en el carnaval 2008, saldrá con su propia danza en la Batalla de Flores, es gratísimo leerse esta obra magistral de su escritor insignia.

¡QUÉ BIEN! poder leer la novela de un escritor que ya había hecho varios buenos intentos, pero que con éste ha dado certeramente en todo el centro del blanco, ha hecho sentir que esta novela se irá instalando lentamente, como el saurio de marras, en el imaginario de nuestra ciudad-carnaval.

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Revista Víacuarenta N° 16/17

 

La revista de Investigación, Arte y Cultura de la Biblioteca Piloto del Caribe

 

 

UNA PUBLICACIÓN QUE CUENTA CON LOS AUSPICIOS Y LA COLABORACIÓN DE LA CORPORACIÓN LUIS EDUARDO NIETO ARTETA, LA SECRETARÍA DISTRITAL DE CULTURA, TURISMO Y PATROMONIO DE BARRANQUILLA Y DE TONOS EDITORIAL DEL CARIBE.

 Programada inicialmente para ser lanzada el pasado mes de diciembre, como cierre del año cultural 3013, mañana jueves 30 de enero será formalmente presentada a la comunidad cultural de Barranquilla y el Caribe colombiano esta nueva entrega de Víacuarenta, una publicación con la cual se sigue en el camino, ancho y ajeno, de las revistas culturales en el Caribe colombiano, en el que desafortunadamente son muy pocos los caminantes y tantos los pasos que reclama el horizonte lejanoMuy lejano. Casi perdido. Pero al que nos atrevemos a asomarnos, empinados, desde la Biblioteca Piloto del Caribe, en Barranquilla.

Ahora se entrega este nuevo número doble que trae cuatro bloques apretados de contenido editorial, en el que se destacan, en primer lugar, un dossier histórico que abre con un ensayo de la destacada historiadora barranquillera Adelaida Sourdis dedicado a las Escuelas Náuticas en el Caribe colombiano desde los tiempos de la naciente república neogranadina; le sigue el texto, editado para esta ocasión, de la conferencia que el investigador barranquillero Moisés Pineda Salazar dictó en la ciudad de Santiago de Cuba sobre Francisco Javier Cisneros en el marco del Festival del Caribe en 2013; la adaptación de uno de los capítulos finales del libro que sobre el hundimiento del vapor alemán Prinz August Wilhem, frente a Puerto Colombia en la Primera Guerra Mundial, escribieron los investigadores Enrique Yidi y Alvaro Mendoza Arango; y cierra una indagación sobre la poesía popular en la Barranquilla de finales del siglo XIX escrito por el poeta e investigador barranquillero J.C. Prada.

Como texto de transición encontramos un material de la poeta, periodista e investigadora cultural Patricia Iriarte sobre el discutible estado del Patrimonio Audiovisual del Caribe Colombiano, que da paso, a su vez, a un ensayo sobre filosofía y creación poética que escribe la poeta, coreógrafa y filósofa barranquillera Mónica Gontovnik, que sin duda nos sirve para editorializar nuestro segundo bloque: un dossier creativo que nos entrega, en primer lugar, las miradas de y a dos poetas latinoamaericanas presentes en PoeMaRío 2013, la venezolana Betsimar Sepúlveda y la mexicana Marlene Zertuche, seguidas de un cuento inédito del destacado narrador y poeta sucreño Jhon Jairo Junieles. Y cierra este bloque la partitura musical con la que el pianista y compositor barranquillero Leonardo Donado contribuye al propósito devíacuarenta de promover el trabajo de los más importantes músicos del Caribe colombiano de la hora actual.

El tercer bloque lo componen las aproximaciones ensayísticas de naturaleza literaria del periodista y ensayista cartagenero  Joaquín Robles Zabala sobre prescripciones y hábitos de la escritura garciamarqueana; el texto del profesor y escritor sinceano  Amelio Lastre Ascensio sobre circo, tragedia y carnaval en Crónica de una muerte anunciada; la de la investigadora y narradora antioqueña radicada en el Caribe colombiano, Consuelo Posada, sobre la Barranquilla presente en la literatura del narrador Ramón Illán Bacca; y una semblanza ensayada de Albert Camus del narrador y periodista cesarense Alfredo Baldovino.

Y el cuarto bloque de contenido de esta edición es el aparte de Registro, que lo componen un conjunto de reseñas diversas sobre cine, literatura, poesía y pintura escritas por Ernesto Gómez Mendoza, Álvaro Suescún, Miguel Iriarte, Sergio Laignelet, Samuel Serrano, Joaquín Mattos Omar; y que incluye también una selección de reseñas especiales tomadas de diversos medios digitales e impresos, de autores nacionales e internacionales sobre la película Cazando Luciérnagas del director barranquillero Roberto Flores Prieto, firmadas por Carlos Andrés Monge, Beatriz Vanegas Athías, Juan José Gaviria, Martha Ligia Parra, Osvaldo Osorio, Sandra Ríos y Tim Bryton.

 En esta ocasión, víacuarenta trae como portada una obra del pintor, performer y teatrero barranquillero, residente en Galeras (Sucre), Ciro Iriarte, perteneciente a su serie Bardos Ebrios, expuesta a mediados del 2013 en la Galería de la Aduana de Barranquilla.

 

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El deseo de modernidad en la ciudad republicana 

Juan Carlos Pérgolis

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Por: 

Por estos días se lanza en el país el libro del investigador argentino, radicado en Colombia, Juan Carlos Pérgolis, sobre el deseo de modernidad en cinco ciudades colombianas: Bogotá, Medellín, Barranquilla, Cartagena, Barranquilla y Ciénaga.

Y su lectura me hace recordar una rotunda frase de Octavio Paz que dice que “somos en razón de que deseamos”. Esta frase, que alguna vez usé como epígrafe en uno de mis poemarios, contiene una de esas ideas extraordinarias que indagan en la relación profunda entre deseo y lenguaje, deseo y representación, que permiten entender el deseo como dínamo de la historia, como razón de ser de nuestra vida, relación en la que un sujeto, o una colectividad, asume el desafío de un “hacer transformador” que siempre ejerce un deseante sobre un objeto deseado, para ponerlo en términos de aquel esquema paradigmático del teórico ruso del relato Vladimir Propp.

Pero esa no es sino otra manera de decir lo que el profesor Juan Carlos Pérgolis considera que puede ser definido como “deseo colectivo”, es decir, el impulso que mueve a la comunidad hacia algo que no tiene y que cree que puede encontrar más allá, afuera de sí misma, como él mismo lo expresa cuando reúne, en el marco teórico de su trabajo, los conceptos de modernidad y deseo colectivo como ideas centrales de una investigación en la que dialogan cómodos presencias como las de Walter Benjamin y Julia Kristeva.

Sostenido en ese diálogo, Pérgolis arma una deliciosa experiencia investigativa que reactualiza en mi memoria la oportunidad afortunada que me permitió conocerlo. Fue en Barranquilla en el año de 1999. Antes solo lo había leído sus notas semióticas sobre cultura urbana en Bogotá, publicadas por entonces en el Magazín Dominical de El Espectador.

El encuentro en Barranquilla ocurrió en el marco del I Congreso de Comunicación y Ciudad, organizado por la Universidad del Norte, en el que alternando con autoridades como Fernando Viviescas, Fabio Jurado, Antanas Mockus y el propio Pérgolis, tuve la oportunidad de presentar la ponencia titulada La ciudad y el río: otro diálogo interrumpido, que muchos años después sería la matriz temática para mi tesis de Maestría en Comunicación y Desarrollo en esa Universidad.

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Recuerdo que al final de aquel evento quedé encargado de llevar al profesor Pérgolis hasta el aeropuerto Ernesto Cortissoz para tomar su avión de regreso a Bogotá; pero antes, atenazados por la conversación que teníamos sobre la circunstancia de la extraña, paradójica e inadmisible relación cultural entre Barranquilla y el Río Magdalena, quisimos llegar hasta la orilla de su corriente, como para corroborar los asertos de aquel diálogo, pero resultó imposible, habiendo tenido que desplazarnos muy cerca de su desembocadura, en el barrio Las Flores, en donde, en un débil atracadero de canoas (como en los inicios míticos de la ciudad), con el río tocando nuestras plantas, esperamos la tarde apurando una cerveza y conversando de aquel río y de la ciudad, tan lejos, tan cerca, al tiempo, uno y otra.

Sin duda fue aquel encuentro la reafirmación de una obsesión temática para mí, pero también el comienzo de una amistad que me ha permitido conocer de cerca casi todo lo que el maestro ha publicado en su intenso trasiego académico e investigativo.

Ahora, con el inmerecido honor de escribirle un prólogo para este libro, me reencuentro con la aguda mirada semiótica del maestro Pérgolis, su escritura precisa, clara y contenida, con la que nos abre espacios intelectuales para sorprendentes hallazgos históricos, sociales, estéticos y culturales cosidos con acucioso pulso de investigador y ávido lector de signos urbanos en un texto que es, al mismo tiempo, un libro de estudio; un volumen ilustrado de poesía visual, arquitectónica; una memoria cultural de cinco ciudades colombianas; y también un texto de historia urbana con estratégicos insertos literarios comentadas por Pérgolis.

Una experiencia, en todo caso, que nos asoma a otras formas de estudiar nuestras ciudades, teniendo, en este caso, el pretexto iluminador de revisar, a la luz de una aleccionadora mirada semiótica, la historia de esa fascinante mixtura de formas y conceptos que es la arquitectura republicana en cinco ciudades colombianas.

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El cuento completo de Pambelé

Por: Joaquín Mattos Omar

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Todo: su dura pero aún no famélica infancia como vendedor ambulante de pescado en San Basilio de Palenque; las postrimerías de su niñez y su adolescencia entera, duras y famélicas, en el barrio Chambacú y en el Camellón de los Mártires de Cartagena de Indias, cuando fue embolador y vendedor de cigarrillos de contrabando; sus comienzos mediocres como boxeador utilizado sólo como relleno de carteleras; su partida a Venezuela a finales de 1968; su admisión, a principios de 1969, en la cuerda de Ramiro Machado, donde el mago Melquíades labraría el diamante en bruto que él era; su técnica y su táctica boxísticas, tan exquisitas como eficaces; su ascenso a la gloria en 1972; su descenso al infierno en 1980, en el que arrastró consigo a sus familiares y a sus hijos; sus accesos de ira, sus escándalos públicos y sus delirios de eterna grandeza; la raíz psicótica de sus desafueros; su incesante peregrinaje por el país; su bondad, su generosidad…Todo: su cuento completo.

Salvo que “la vida gloriosa y trágica de KidPambelé” no está contada así en El oro y la oscuridad, el magnífico libro del periodista barranquillero Alberto Salcedo Ramos publicado en 2005 por la Editorial RandomHouseMondadori y reeditado por el sello Aguilar en 2012; quiero decir, no en ese convencional orden cronológico ni con las simplificaciones que caracterizan el anterior resumen.

Por el contrario, entre las virtudes de este gran reportaje biográfico, sobresale el uso de un punto de vista temporal discontinuo, zigzagueante, con sucesivos saltos hacia adelante y hacia atrás, lo que, a su vez, permite administrar mejor el interés del lector mientras sigue esta apasionante historia como si la viera pasar delante de sus ojos, pues la riqueza y la precisión de los detalles (que incluyen el registro del más mínimo gesto de su protagonista y de sus demás personajes, así como su correspondiente interpretación psicológica) hacen del relato un vivo cuadro animado.

Gracias a ello, Salcedo Ramos logra que uno se acerque, hasta tocarlo, al corazón mismo ––en carne viva y desnudo–– de la terrible crisis humana de Pambelé, de tal modo que uno acaba comprendiéndola y compadeciendo a su víctima, y escapando así, en consecuencia, de la actitud ciega e intolerante de las multitudes iracundas que, en presencia de sus tristes y lamentables escenas, le gritan: “¡Quédate quieto, loco hijueputa! (…) ¡Lárgate rápido para el manicomio! (…)¡Tú crees que te puedes pasar toda la vida en la misma mierda! (…)¡Saquen a patadas a ese loco!”.

Y es que uno de los temas que con más profundidad interroga este libro es justo la causa de estos frecuentes arrebatos, tropeles y desvaríos del gran palenquero. Para ello, acude a distintas fuentes––en general, El oro y la oscuridad está construido con los testimonios de cerca de sesenta personas que pasaron por cada una de las etapas de su vida––, fuentes que ofrecen distintas explicaciones al respecto. En resumen, son cuatro las razones a las que atribuyen el problema de Pambelé, a saber: 1. Nacido y criado en la pobreza, no tuvo la ecuanimidad suficiente para asimilar el impacto de pasar de un día para otro a la opulencia. 2. Su adicción a las drogas duras, a la que fue inducido por sus nuevos amigos ricos. 3. Su aferramiento obsesivo a su pasado exitoso, que lo mantiene fijado en la idea de que su condición de campeón mundial es perpetua. 4.  “El no haber conservado su arraigo social cuando fue campeón”, como sí lo hizo, por ejemplo, Rodrigo Valdez , y haber cedido, por lo tanto, a la tentación del rastacuerismo. Y la quinta razón constituye una explosiva novedad, al menos para el redactor de esta columna: Antonio Cervantes, según el psiquiatra Christian Ayola, que ha atendido su caso en el Hospital San Pablo, de Cartagena, padece un trastorno bipolar afectivo (“lo que anteriormente se conocía como enfermedad maniaco-depresiva”), ¡un mal genético heredado de su madre Ceferina Reyes! Así que  “las drogas y el alcohol  no ocasionaron el problema de Pambelé (…), sino que lo agravaron”.

De acuerdo con esto último, sus desbarajustes emocionales no son exactamente el resultado de una posesión luciferina, como piensa su hijo venezolano Daniel Antonio Cervantes Bastardo (que es su hijo legítimo), sino de una posesión ‘lu-ceferina’, lo que, por otra parte, es corroborado por Julia Cervantes, una hermana del ex campeón, quien atestigua que doña Ceferina Reyes “ha padecido crisis nerviosas severas, al igual que sus hermanos Pablo e Idelfonso”.

En cualquier caso, por cuenta de esos delirios, las heridas que jamás recibió en el ring se las han causado muchas veces después de su retiro del boxeo, en los lugares más disímiles y con toda suerte de objetos contundentes y cortopunzantes; y se ha vuelto, además, “ inquilino asiduo de calabozos y hospitales”.

Asimismo, de las extravagancias que, según cuenta este reportaje que se lee como una ‘nouvelle’, suele hacer nuestro héroe en desgracia en medio de esos ataques frenéticos, ninguna resulta tan conmovedora, excepto sus llantos de niño desamparado, como ésa de exclamar, con su voz de trueno y a grito herido (del mismo modo que Johnny Weissmuller, anciano y con la razón perturbada, lanzaba sus alaridos de Tarzán): “¡Nojodaaa, yo soy el campeón mundial, KidPambeleeeeé!”

            Dos detalles más para resaltar contiene este libro. Uno es esta escena: en su lecho, mientras moría de cáncer, Amelia Bastardo le tomó la mano a su hijo Daniel Antonio Cervantes y le pidió que fuera a Cartagena a buscar a su padre; como ven,  es una asombrosa imitación que un pasaje de la vida de Pambelé hace del primer episodio de ‘Pedro Páramo’. El otro es el planteamiento de este enigma: ¿dónde está el anillo de oro que la Asociación Mundial de Boxeo le dio a Cervantes como símbolo de su inclusión en el Salón de la Fama en 1998? Sin duda, esta joya reviste ya para nosotros el carácter de grial, cuya búsqueda, propongo, debe emprender ya mismo una artúrica cruzada nacional.

El oro y la oscuridad está escrito en una prosa estupenda, límpida, de una gran calidad narrativa, cuya curso se desliza sin el menor tropiezo y cuyo hilo teje una estructura en la que las partes están meticulosamente enlazadas una con otra y el todo guarda una cohesión general magistral. Por eso esta obra confirma lo que desde hace algunos años vengo pensando y que es lo mismo que Daniel Samper Ospina afirma sin el menor titubeo en el prólogo : hoy por hoy, Alberto Salcedo Ramos es “el mejor cronista literario que tiene este país”.

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Días de tambor, la fiesta esperada.

Por: Álvaro Suescún T:

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Julio Olaciregui es un barranquillero alto, de pelo enmadejado y nevoso, con unas gafas de aros redondos en carey que le dan la apariencia de un intelectual francés. Es uno de los más originales exponentes de la denominada generación del medio del siglo en Colombia, escritores nacidos en la década de los años 50s, nutrido en las artes del periodismo, profesión a la que ha dedicado toda su vida. Los últimos 26 años vinculado a la agencia internacional de noticias France-presse.

El mundo ficticio que asoma en su obra literaria está alimentado por cuadros sueltos tomados de la realidad, de ellos se surte para elaborar una especie de documental del mundo que respira. El resultado son una imágenes literarias que parecieran captadas por un narrador que cambia su ángulo de mira para no limitarse a tomar lo que tiene frente a sí, de manera que en esas narraciones aparecen a menudo situaciones relacionadas bifocalmente, son los paisajes de una ciudad del caribe que toma forma en los alrededores de Barranquilla y, por otro lado, la aldea global con asiento en Europa.

En Días de tambor, su más reciente obra, conserva estas características. Es una compilación de cuentos publicados por Silaba Editores y presentado en la reciente Fiesta del libro y de la palabra, en Medellín. En esos textos asoma el río Magdalena, la epifanía y el carnaval, el goce caribe, la sangre que bulle con acento africano en los mitos de allá y de acá, el hombre caimán y su confrontación con la civilización en ascenso.

 El título que da al libro es un pedacito de la historia negra, de la historia nuestra, caballero. Se sabe que los llamados días de tambor eran aquellas jornadas de asueto y fiesta que los amos blancos otorgaban a sus sometidos en los días duros de la esclavitud negrera. Luis XIV, rey de Francia, había dado vida en 1673 a la Compañía de Senegal para exportar mano de obra esclava a las Antillas a fines del siglo XVII. Su primer ministro Colbert redactó el primer Código Negro, por allá en 1685, para reglamentar el comportamiento de esos trabajadores forzados. De modo que en estos textos está implícita la rebelión, se pone al descubierto el papel de la ignominia jugado por Francia y los castigos a que se expusieron quienes osaron rebelarse.

Julio Olaciregui pone su pluma al servicio de ese particular interés por la africanía (bantús, congos y carabalís), un culto a los palenqueros que aquí encontraron su asiento, a los mulatos que somos todos. Y su ancestral relación, genética, de connivencia, la misma que aquí portamos desde los orígenes de las barrancas de San Nicolás. Su padre, Mario, en las fotos de joven tan parecido al Joe Arroyo, su mismo pelo cuscú, su nariz ancha, y su fortaleza de luchador. Cuando el escritor entró en contacto con los africanos en Paris encontró allí un mundo familiar, las danzas de Anna Camará y Aye Bangoura lo llevaron hasta Guinea y Senegal para bailar esa música que pudo haber nacido en Puerto Caimán o en Puerto Hormiga, cerca de aquí.

Todo ello late en estas breves historias, con personajes que cobran vida en otros relatos sin que ello signifique que la intención es la de hilvanar una temática que pareciera serles común, se entrecruzan en tanto el autor se detiene y reflexiona sobre el oficio de escribir; exhibiendo sus propias emociones a la manera de un diario, observaciones de un sujeto atento a lo que ocurre a su alrededor con permanentes alusiones a esos hechos de la cotidianidad, escritas con la actitud antirretórica del “nouveau roman”, en que Julio Olaciregui se cuida de intervenir en el desarrollo de las situaciones y los personajes, solo es un espectador entre una panorámica amplia que cobra vida, empieza a rodarse con el lente de un cineasta al que le gusta la ópera, pero más el teatro y la música, los oratorios, la poesía, y sobre todo andar vagando por las calles tomando notas, cogiendo punta.

El conjunto de los temas tratados es muy diverso, y puede resumirse de varias maneras: el acto sexual como parangón de la creación artística; el caribe y sus danzas como representación vital, la presencia constante de la violencia en Colombia y sus diversos motivos, Bob Marley y la marihuana como liberación o catarsis; la búsqueda del mito, ya sea caribe, ya sea griego, como respuesta al pensamiento racional.

Esa amplísima temática aflora en una prosa correcta, cuidadosa, pulida con esmero, desarrollándose con fluidez, insertando cada trecho algunos párrafos en cursivas que traen reflexiones, máximas en latín, fragmentos de poesía, cánticos del Caribe y citas de reconocidos autores. Es cuando se hacen ostensibles Nathalie Sarraute, Claude Simon, Michel Butor, Robert Pinget, Marguerite Duras y Samuel Beckett. Se descubre entonces que sus influencias están definidas por Roland Barthes y Alain Robbe-Grillet, entre los principales. La búsqueda por generar imágenes es notoria así como el uso de términos coloquiales, aquí aparece también “el brujo de Otraparte”, el gran filósofo Fernando González, con un efecto congruente en esa narrativa con pocos o ningún punto de tensión, de manera que cuando requiere alguna pausa para el desenvolvimiento general del relato, ocurre por la manera desenfadada como afina un ritmo casi sin fin.

La publicación de este nuevo libro de Julio Olaciregui permite renovar el contacto con su obra, persistente y de alto contenido, fiel a su estilo caracterizado por un tono muy particular, difícilmente imitable. No ha sido fácil mantener este mismo tono con el correr de los años, una voz propia que lo distancia del temido lastre del boom literario latinoamericano, proporcionándonos el placer que producen las frases cortas y sugerentes en esas extensas historias de pocas palabras.

Álvaro Suescún T

Otras apreciaciones 

DÍAS DE TAMBOR DE JULIO OLACIREGUI

 Por :Pablo Montoya

Julio Olaciregui es un escritor que ha aprendido a vivir en el extranjero. Sabe de desarraigos aunque en el fondo, como buen caribeño, sus raíces son el viento y el mar. Conoce esa intrincada cartografía de idas y venidas que diseñan todo exilio, sin ignorar que el sabor del ñame es como el ancla que lo fija por un instante al terruño. Pero el terruño no es la coordenada habitual con que se definen los chauvinismos de toda índole. Nada más ajeno al regionalismo que la obra de Olaciregui, aunque ella expanda sus vibraciones más íntimas en los espacios del Caribe colombiano.

En París, ciudad hermafrodita, ciudad de todos y de nadie, Julio Olaciregui, quien se define como periodista de día y poeta de noche, ha aprendido a saberse lejos de casa. Y esa lejanía, desde su primera novela Los domingos de Charito hasta su último libro de cuentos Días de tambor, es estar lejos, pero no cercenado, del coco, de la piña, del maíz, de la vulva nutricia y el falo prístino. Y hablo de sabores y de coyunturas seminales porque la escritura de Olaciregui, como pocas en la literatura colombiana, está estremecida, de principio a fin, por estas realidades sensitivas.

Desde que conocí a Julio Olaciregui, en París en 1996, siempre he pensado en él como si fuera una suerte de Lucrecio costeño. El Mare Nostrum y ese otro mar nuestro que es el Caribe confabulados. Ambas cosmografías líquidas atravesadas por miles de itinerarios. Los de Julio Olaciregui y los de los pueblos desplazados que sus palabras, festivas y desgarradas, sostienen. Pero este Lucrecio, a diferencia del otro, además de cantarle al sol –“Por ti los vientos huyen, las nubes se disipan, la flor crece, la ola se infla, el cielo resplandece, los pájaros vuelan, los rebaños saltan”-, sueña, si es que ya no lo es íntegramente en su obsesión onírica, con transformarse en un hombre caimán.

Porque en la obra de Julio Olaciregui, y como muestra están los cuentos de Días de tambor, pero también Dionea y sus obras de teatro, se otea la cultura y se llega a su múltiple centro inasible a través del mito. Y también a través del supremo goce de los sentidos. La mitología sin sensualidad, nos dice Olaciregui, no es más que un equívoco propuesto por las mentes rancias. Y es pertinente aclarar que la cultura en este escritor errante es caótica. Quien busque relatos simples en estos cauces híbridos, forjados con tambores de tierra, de madera y piel, se sentirá perdido. Pero entonces es menester decir que de lo que se trata, justamente, es de zambullirse, de impregnarse, de enredarse en esta suerte de extravío cultural celebratorio. Porque el caos es, en Julio Olaciregui, su fresca y transgresora divisa.

Poeta mercenario, así se define también Olaciregui. Sus armas son la danza y la poesía. La copula de la palabra con el cuerpo. Unión que se presenta en los cuentos de Días de tambor como un ritual continuo en el que se festejan el placer y el dolor. Ritual hecho de cruces de razas o de lazos geográficos. El mismo Olaciregui dice: “Mi tema preferido son los hilos invisibles que nos unen, la descripción del escenario en el que, cual marionetas indias, aparecemos y desaparecemos.” Y en este carrusel de muertes y nacimientos, los cuentos de julio Olaciregui muestran al deseo como sed y hambre de la sensualidad que estimula incesantemente a sus personajes. Personajes que se debaten entre el festejo apasionado del cuerpo y la trágica espoliación provocada por la historia. Los suyos son negros desterrados, indios usurpados, mulatos desgarrados, zambos fisurados, mestizos que se afligen por el pasado y el presente que cargan sobre sus hombros, pero que no le escatiman al tiempo su esencial dosis de epifanía. En este sentido, hay un diálogo sugerente entre la obra de Olaciregui con el mundo narrativo de nuestros mejores escritores del Caribe, desde Rojas Herazo, Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez hasta Germán Espinosa y Roberto Burgos Cantor.

Los cuentos de Días de tambor oscilan entre el carnaval y el duelo, entre la máscara irrisoria y el llanto que deja la ausencia, entre el baile frenético y la letanía desconsolada. Es un libro que manifiesta con claridad insoslayable la apuesta estilística de un escritor que se niega a caer en facilismos y modas narrativas. La obra de Julio Olaciregui, y este último libro lo confirma con fuerza, es como un islote en nuestra literatura. Un islote adonde llega la increíble algarabía poblada de exilios que solo él ha logrado captar.

Pablo Montoya

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EL SECRETO DE ALICIA

El secreto de Alicia de Roberto Burgos Cantor

El libro de cuentos que fue leído como novela

En septiembre del año pasado, en Tunja, tuve ocasión de charlar con Roberto Burgos Cantor acerca de su celebrado libro de cuentos Lo Amador. Le señalaba entonces yo a Roberto que, en vista de que las siete piezas que componen ese libro caracterizan, en forma conjunta y unitaria, un mismo mundo, el de un barrio popular cartagenero, y de que sus personajes transitan de uno a otro cuento como si pasaran de un cuarto a otro, cabía afirmar que tal obra funciona (y, por tanto, se puede leer) también como una novela.

Mi observación no resultó ser original, como era de esperarse, pues él me informó a continuación que ya la había formulado un crítico o alguna universidad norteamericana (pues nunca falta alguna universidad norteamericana), ahora no recuerdo con precisión.

Pues bien: su último libro, El secreto de Alicia (Seix Barral, 2013), que tuve el honor de presentar en días pasados en La Cueva, me hizo vivir una curiosa experiencia lectora originada en ese intercambio o trastocamiento de roles que puede ocurrir entre libros correspondientes a estos dos géneros, el cuento y la novela.

Sucede que cuando me llamaron de la Fundación La Cueva para proponerme la presentación del libro, me hablaron de “la última novela de Burgos Cantor”; y apenas uno o dos días después, en la columna dominical de Piedad Bonnett, leí una cita que, a propósito de otro tema, hacía ella de este libro y la atribuía, después de mencionar el nombre de Burgos Cantor, a “su última novela, El secreto de Alicia”.

Así que, llevado por esos dos datos previos, y como la edición de Seix Barral no los contradice (ni, en realidad, tampoco los confirma, pues en la tapa se omite toda mención al género al que el libro pertenece, y en la contratapa sospechosamente sólo se habla de “su nuevo libro”, “este entrañable libro”, “Un libro” y de “Un título”), empecé a leerlo como una novela.

Una vez leí los tres primeros capítulos (titulados “El espejo”, “Relojes” y “Fosas comunes”), me di cuenta, y me lo dije, de que se trataba de una novela, digamos, experimental, pues las historias de esos tres capítulos no tenían absolutamente nada que ver la una con la otra.

A medida que seguí leyendo, confirmé el carácter experimental o no convencional de la novela, de tal manera que al interés con que leía capítulo tras capítulo, cada uno de los cuales me ofrecía una historia distinta, independiente, con sus personajes propios y diferentes, se añadió la intriga por ver en qué punto se iban a articular esas historias y personajes, en qué punto iban a confluir para mostrarme la unidad de la acción de la novela.

Pero no: llegué al último capítulo (titulado “El hombre que perdió su norte”), al último párrafo, a la última palabra y, por fin, al definitivo punto final… y entonces fui yo quien se sintió con el norte perdido. Pues no tuvo lugar la esperada articulación o confluencia de las trece historias que acababa de leer.

Fue en ese momento cuando recordé lo que había hablado en Tunja con Roberto sobre Lo Amador. Me dije: si Lo Amador es un libro de cuentos que se puede leer como una novela, El secreto de Alicia es una novela que tiene la apariencia de un libro de cuentos. O, al igual que Lo Amador, es en realidad un libro de cuentos que se puede leer también como una novela.

Algunos pensarán que resultaba tonto de mi parte este dilema y desvelo en torno a la determinación del género de una obra literaria; que después de tantas revoluciones y experimentos vanguardistas por los que ha pasado la narrativa de ficción a lo largo del siglo XX, no cabe ya preocuparse por estas distinciones de género; que los géneros son simples etiquetas que se usan por comodidad didáctica.

O que, para mi tranquilidad, debí haber recordado un planteamiento del escritor español Javier Cercas, a saber: “Una novela es todo aquello que se lee como tal; es decir: si algún lector fuese capaz de leer la guía de teléfonos de Madrid como una novela, la guía de teléfonos de Madrid sería una novela”. Y, en efecto, lo recordé, pero me dije que el caso allí planteado es válido si leer la guía telefónica como una novela (o leer el diccionario como una novela, como proponía Héctor Rojas Herazo en 1956) obedece a una soberana decisión del lector, y no a que lo hayan manipulado o inducido de alguna forma para que creyera que la guía telefónica era una novela.

Es decir, pienso que no hay que soslayar el pacto de lectura, como parece que quieren hacer los editores para que libros que pertenezcan a un género que ellos creen que ya no tiene mercado –como es el caso del cuento–, sean adquiridos inocentemente por el público. (Hablo de los editores de lengua española, porque en los libros del ámbito anglosajón uno suele leer en la tapa: “A novel” o “Stories” o “A memoir”, etc.).

Pero, al margen de este percance, y una vez establecido al final que El secreto de Alicia es un libro de cuentos (pues el dato está incluido, exactamente al modo de la letra menuda de un contrato, en la nota biobibliográfica del autor que aparece en la solapa), debo señalar que, entre los tres más extensos y ambiciosos, el más largo y complejo es el “El nuncio”, que consta de 40 páginas, tiene cierto aliento policial y está contado en dos tiempos paralelos, uno correspondiente a un anticuario en la Nueva York del siglo XX y otro a Galileo Galilei en la Padua y la Venecia de comienzos del siglo XVII, ambos con un precioso y misterioso objeto en común: el volumen Sidereus nuncius, del astrónomo italiano.

Hay elementos temáticos que reaparecen aquí y allá, como el de las guerras feroces, carentes de grandeza y a la larga inútiles de Colombia (las de la Independencia, las de los primeros años de la República, las que nos han desangrado en los tiempos recientes), pues sus combatientes se enloquecen “por codicias de bisutería” y porque las grandes utopías no son aplicables en pueblos tan vastos y heterogéneos como éste; o el de los encuentros entre un hombre y una mujer, que en una ocasión es furtivo y amoroso y, en otras, casual y limitado a un conturbado contacto visual por parte del hombre; o el de los personajes que se pierden o se extravían, bien de sí mismos, de su propia identidad, bien de su lugar en el mundo, como el Wakefield de Nathaniel Hawthorne

Digamos, finalmente, que en este libro, a través de múltiples puntos de la geografía y de la historia, así como a través de personajes diversos (incluidos algunos reales, como Evaristo Márquez, Marlon Brando, Galileo Galilei, José María Córdova y Alberto Duque López), y demorándose con actitud vigilante y escrupulosa en los más minuciosos detalles, Roberto Burgos Cantor hace una exploración emotiva, no exenta de reflexión, pero ante todo emotiva, de ése o de eso que, en “El nuncio”, el narrador llama con certera frase: “El espantoso abismo que se llama hombre”.

Por Joaquín Mattos Omar

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ESCRIBIR EN BARRANQUILLA

“TODO NO VALE NADA SI EL RESTO VALE MENOS”

Por: Miguel Iriarte 

 BPC-ramon Bacca

 

Bacca, Ramón Illán, ESCRIBIR EN BARRANQUILLA,

Ediciones Uninorte, 1998, 283 Págs.

Este libro editado por la Universidad del Norte de Barranquilla, institución en la que este autor costeño es profesor desde hace muchos años, ofrece a todos sus lectores la estupenda oportunidad de leer de “corrido”, y como conversando con el propio Ramón, páginas llenas de variadas e interesantes referencias literarias y/o de muchas otras tantas referencias, acerca de lo que ha sido la ciudad desde el punto de vista de la literatura.  Este es ante todo un libro que revela la condición creativa de un extraordinario conversador; de un escritor que ha fundamentado su estilo personal en el expediente de la palabra hablada, más allá de todo coloquialismo vulgar.  Más  aún, allí en esa virtud del libro radica no sólo el placer de su lectura sino de la experiencia misma de conocer a Ramón.  No en vano en la ciudad, amigos o no, siempre se han disputado el honor de sentarse a solamente hablar con el “abate Illán”, cuando no se trata de estudiantes y catedráticos aventureros de universidades francesas o alemanas que llegan un día a Barranquilla, como salidos de una novela de Conrad, preguntando por el inconseguible profesor Bacca, para sumarle a sus tesis algunos datos importantes producto de su peculiar punto de vista, o de esa manera personal de interpretar la historia.

Comoquiera que es un libro enmarcado precisamente en la indagación literaria de la historia, en este caso con énfasis en la historia minimal, la microhistoria, la anecdótica, práctica intelectual en la que es experto Ramón Illán, la obra constituye un sensible aporte a ese ejercicio de relectura de la ciudad y de la región, que se ha venido dando en los últimos diez o doce años por parte de una importante comunidad de investigadores desde el punto de vista de la sociología, la antropología, la economía, la historia y  la política.  Hacía falta, desde luego, la perspectiva de la literatura para ir redondeando un cuadro crítico distinto de lo que ha sido el acontecer cultural de Barranquilla.  Son ochenta años de la historia de la ciudad vistos desde la experiencia literaria, matizados y enriquecidos por el particularísimo filtro cultural de este autor que, como es ya una marca de su estilo personal, en sus crónicas, cuentos y novelas dispara siempre una descarga informacional que no se inhibe en la aportación de datos, y que está siempre controlada por un talante desmitificador y zurdo que va poniendo poco a poco las cosas en su sitio.  Un ejemplo de eso mismo puede ser lo que el propio Bacca escribe en el Proemio de “Escribir en Barranquilla”: “No es este ni un libro de historia de la literatura, ni de crítica literaria, como tampoco un texto didáctico.  No se hallará, pues, aquí un estudio completo ni de la poesía, ni de la novela, ni del teatro, ni del ensayo entre nosotros, sino, descartado todo lo anterior, lo que resta”.

Desde luego que si, pero no.  En este caso el libro es la consolidación de ese estilo.  Es la oportunidad de mirar en un solo croquis textual las crónicas que hemos ido conociendo publicadas en diferentes medios periodísticos en los últimos doce años.  Desde la publicación de “Crónicas casi históricas”, cuyo título revela una conciencia autocrática de su abordaje, o de igual manera la mirada oblicua y el sesgo humorístico de su documental “Lo que pasó en el 48”, Ramón Illán sentó las bases de lo que constituye una aproximación crítica muy original e irreverente de lo que los otros estudiosos afectan con una pretendida visión trascendental de lo histórico.  Así, con trabajos como los anteriormente mencionados, sus memorables “Carnet” de Ribal, que publicaba en el suplemento del Diario El Caribe, y un poco menos en sus actuales columnas de El Tiempo Caribe, Bacca nos ha ido acostumbrando a encontrar en las cosas que escribe un guiño deliciosamente culto, un chisme de exquisita malditidad, un comentario de extraordinaria agudeza y sensibilidad, y casi siempre una visión inteligente y fresca, desacralizada, de todo lo que su estrabismo (que le viene de Stravinsky) puede aportar al propósito de esa mirada diferente.  Con esos elementos conceptuales en función de su condición profesional de anti-héroe perfectamente asumido, este escritor nacido en Santa Marta y residente en Barranquilla por casi treinta años, es quien más ha sabido aprovechar las ventajas del “mamagallismo” integrándolo sabiamente en un modelo literario cuyos resultados son mucho más serios de lo que a algún enfermo de suma “gravedad” pudiera parecerle.

“Escribir en Barranquilla”, está compuesto entonces por cinco extensos ensayos, nueve crónicas cortas y una entrevista comentada, materiales de los cuales, según nota del editor, algunos, los que habían sido publicados, fueron revisados y corregidos por el autor para efectos de la edición.  Los demás son inéditos.  Aquí lo importante resulta ser la calidad de la experiencia de su lectura, como textos reunidos, como libro unitario, porque no obstante haber leído en su momento los textos ya publicados, encontrarlos en ese nuevo contexto, interpolados, reordenados e intertextualizados en un mismo volumen, se les redescubre con algo de nuevo que se le suma a su significación original.

El ensayo que encabeza el libro es el titulado “El modernismo en Barranquilla”, y fue publicado en 1993 en el No. 33 del boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República.  Es un texto que pudiéramos subtitular Modernismo sin modernistas, porque la acuciosa pesquisa de Ramón Illán más que hallar pruebas irrefutables de literatura modernista propiamente dicha, le permite, en compensación, regalarnos una estupenda recreación contextual de la Barranquilla de aquellos años, rica en el más animado entrecruzamiento de viejas y nuevas luces que avisaban el tránsito de un siglo a otro en un “pueblón” que era la Barranquilla de la época, la de Abraham Zacarías López Penha, un poeta y novelista judío que se carteaba con José Asunción Silva y figuraba en la Enciclopedia Espasa Calpe como “el iniciador del movimiento modernista francés en América”, y la de otro barranquillero que intimaba por cartas con Rubén Darío. Además de un hecho histórico de verdadera trascendencia: el famoso naufragio de Silva en el vapor Amérique, en el que perdió casi toda su obra inédita, que ocurrió frente a las costas de Sabanilla, como quien dice, aquí mismo, a las puertas de esta ciudad.

El segundo ensayo es “El mundo de Cosme”, publicado inicialmente en el No. 30 de la Revista Huellas de la Universidad del Norte, en 1990, y constituye un merecidísimo ajuste de cuentas con la obra y la figura del maestro José Felix Fuenmayor, un gran animador del periodismo y la literatura en los años 20s y 30s, y a quien cierta crítica especializada ha considerado más tarde, al calor del boom, como una figura vanguardista en la literatura latinoamericana, imagen tutelar detrás del famoso Grupo de Barranquilla.  En ese texto, como en todos los que componen el volumen de “Escribir en Barranquilla”, el autor despliega sus telones de época y con la magia del escenógrafo provee el más completo background de anotaciones sociológicas, políticas y culturales de quien fuera el personaje primordial en la literatura del viejo Fuenmayor: Cosme.

En los otros tres ensayos del libro, los titulados “Presencia de Voces”, “Las revistas literarias en Barranquilla” y “Aproximaciones a la Literatura del Carnaval”, Ramón Illán, ya con su método sistematizado, arma una sola corriente de conversaciones entre uno y otro texto, a pesar de haber sido escritos en momentos diferentes, pero en los que a los nuevos contenidos siempre se insertan intercambios de voces, personajes, circunstancias, libros y procesos, cosa que contribuye por lo tanto a darle ese carácter unitario que ya habíamos anunciado arriba.

En la estructura del libro, antes de llegar a las crónicas dedicadas a los personajes del Grupo de Barranquilla, hay cuatro crónicas que podríamos llamar de transición: la primera es una titulada: “Nadaísmo en Barranquilla”, publicada en el No. 699 de Intermedio del Diario del Caribe, en 1998, cuando  el Nadaísmo cumplía treinta años.  En general es un texto en el que se mira este movimiento de reojo y con cierto descreimiento más que crítico.  Ramón Illán despacha el compromiso con un ”En Barranquilla el nadaísmo no era un círculo beligerante, como en Medellín o Cali.  Parecía ser un pretexto para hacer unas cuantas fiestas muy movidas… así las cosas, rastrear la vida de ese movimiento en esta ciudad sólo es posible buscando sus expresiones literarias y pictóricas.  Estas son también pobrísimas”.

Las otras tres crónicas de transición tienen que ver con lo que se leía en Barranquilla en tres momentos diferentes de su historia.  Por una parte, está el texto titulado “Frente al estante alemán” que es un recorrido misterioso por la Biblioteca Departamental del Atlántico para satisfacer la extraña curiosidad de Illán Bacca de saber qué libros de autores alemanes se leían en Barranquilla en la década del 40.  Una empresa sin duda digna de un personaje como él mismo.  Cierran entonces estas cuatro crónicas los textos titulados “Qué se leía en Barranquilla” I y II, publicado el primero en 1987 y el segundo en 1997. La visión de ambos momentos es absolutamente desoladora y no queda de su lectura sino la sensación de un precario gusto literario y una terrible hojarasca de mala literatura.

Las últimas seis crónicas, salvo la de la escritora Marvel Luz Moreno, están relacionadas con Barranquilla y su grupo, y son sin duda retratos breves y entrañables, logrados a trazos rápidos pero seguros, de los personajes consabidos de esta cofradía.  Hace falta aquí sin duda, un texto probablemente titulado “De cómo no conocí nunca a Gabriel García Márquez”, que algunos conocemos a pedazos, para completar al lado de Ramón Vinyes, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda y Bob Prieto, la nómina fundamental del Olimpo de la Cueva, como el mismo Ramón Illán la nombra en una crónica exquisita publicada en la Revista “viacuarenta”.

 Reseña publicada inicialmente en la Gaceta de Mincultura en 1999.

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Un experimento arriesgado

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La casa grande es una novela basada en un hecho histórico: la huelga de los peones bananeros de la Costa Atlántico colombiana en 1928, que fue resuelta a bala por el ejército. Su autor, Álvaro Cepeda Samudio, que entonces no tenía más de cuatro años, vivía en un caserón de madera con seis ventanas y un balcón con tiestos de flores polvorientas frente a la estación de ferrocarril  donde se consumó la masacre. Sin embargo, en este libro no hay un solo muerto, y el único soldado que recuerda haber ensartado a un hombre con una bayoneta en la oscuridad no tiene el uniforme empapado de sangre “sino de mierda”.

Esta manera de escribir la historia, por arbitraria que pueda parecer a los historiadores, es una esplendida lección de transmutación poética. Sin escamotear la realidad ni mistificar la gravedad política y humana del drama social, Cepeda Samudio lo ha sometido a una especie de purificación alquímica y solamente nos ha entregado su esencia mítica, lo que quedó para siempre más allá de lo moral y la justicia y la memoria efímera de los hombres. Los diálogos magistrales, la riqueza viril y directa del lenguaje, la compasión legitima frente al destino de los personajes, la estructura fragmentada y un poco dispersa  que tanto se parece a la de los recuerdos, todo en este libro es un ejemplo magnifico de cómo un escritor puede sortear honradamente la inmensa cantidad de basura retórica y demagógica que se interpone entre la indignación y la nostalgia.

Por esto, la casa grande, además de ser una novela hermosa, es un experimento arriesgado, y una invitación a meditar sobre los recursos imprevistos, arbitrarios y espantosos de la creación poética. Y es, por lo mismo, un  nuevo y formidable aporte al hecho literario más importante del mundo actual: La novela latinoamericana.

 Gabriel Garcia Márquez,1967 .

De la serie Alvaro Cepeda, Tita, Barranquilla y la literatura

Creo que conozco bien a Cepeda, no a través de la laboriosa indagación de testimonios y fuentes estilo Gilard o Fiorillo, sino a través de Tita, su viuda. Creo que su espíritu husmeaba durante mis temporadas en aquella casa de hermoso estilo republicano de la calle 58. Mis dedos pasaban las páginas de sus libros maravillosos en la biblioteca, sobre las huellas de los dedos del hombre.

Ernesto Gómez-Mendoza

  1. I.            

La langosta azul

Alguien observó que Alvaro Cepeda Samudio –mucho más que un escritor – era un dadaísta con periódico; maneras de camaján; otros se estremecían dizque porque la suya era una voz estentórea de cargador de muelle.

Marta Traba, una argentina que escribía sensualmente sobre los cóndores de Alejandro Obregón, se llevó una mala primera impresión del escritor-camaján-dadaísta con periódico, cuando se asomó a La Cueva porque le sugirieron que era el sitio en donde se reunían los intelectuales barranquilleros. Los personajes que vio en aquella tienda de barrio, que mutaba a bistrot intelectual, no le parecieron ni dadá ni nada, sino un puñado de eternos adolescentes del Caribe que acomodaban en cada frase una expresión obscena. Y se devolvió a Bogotá y a sus intelectuales más acordes al estereotipo o simplemente clásicos intelectuales bogotanos con preocupaciones gramaticales.

Eso era pasando de los años cincuenta a los sesenta, y en El Heraldo no decían nada de Alvaro, ni de su novela La casa grande ni de su apetito voraz por los libros de William Faulkner, e incluso por los de Sartre y Camus. Increíble, no decían nada, y lo veían todos los días. Debe ser porque en El Heraldo tenían a Juanbecito, el hijo del editor fundador de ese periódico, Juan B. Fernández Ortega, y lo tenían recién devuelto de La Sorbona con un título de filósofo: todo muy a propósito para ser el intelectual que se merecía la ciudad.

Álvaro no había podido ir ni siquiera a la Universidad del Atlántico, pero en el arte del periodismo, que como puede juzgarse por la columna de Gabo en El Heraldo, compartía muchas cosas con el neorrealismo, el escándalo surrealista y el paraguas y la máquina de escribir de Marcel Duchamp, Álvaro Cepeda Samudio era el mejor bateador, como si al quedar huérfano lo hubiera adoptado una máquina rotativa. Es increíble: no encontraremos nada de esto en El Heraldo de aquellos años en que en los Andes colombianos estaba abierta la temporada de caza de bandoleros convertidos en abrasivas leyendas infernales, con nombres como Chispas, Charro Negro y Sangrenegra.

Para completar el aquelarre surgieron los Nadaístas y el catolicismo se declaró en alerta roja. Siendo pues un periodista-neorrealista-dadaísta, con periódico, resultaba muy coherente que Cepeda se dejará seducir por la sirena del cine y que en los años sesenta hiciera La langosta azul, digna de proyectarse en tándem con El perro andaluz.
En la película un espía gringo brega por desaparecer el último vestigio de una contaminación radioactiva en las playas de ¿Salgar? ¿La Playa? ¿Sabanilla?; una langosta que por la radiación ha perdido su color característico. Es una langosta azul, y un niño juega con ella en las calles arenosas del caserío de pescadores. En esas calles, que son caminos entre las hileras enfrentadas de casas de bahereque y techos pajizos, Quique Scopell, el cameraman de Cepeda, es profundamente neorrealista. Pero no más que su director, ojo. ¿Cuál era el sello del primer neorrealismo italiano? Respuesta: el empleo de actores naturales. El niño de doce años que juega con la langosta radioactiva es el primer actor natural del cine colombiano (bajo este aspecto la película es pionera del cine que harán 25 años después Pacho Bottía y Victor Gaviria). Ese niño se roba la película, pero porque Cepeda con sus encuadres y ángulos registra la historia que relatan su rostro que armoniza los conflictivos genes del mestizaje, la gramática de su gestualidad infantil y su carismática estampa de Huckleberry de raído atavío.

Cuando los grandes pintores Cecilia Porras y Enrique Grau, actores neorrealistas también, reforzados por espontáneos reclutados en la locación y en el vecindario de Cepeda en Barranquilla, escenifican un ritual shamánico para exorcisar el demonio que tiñe los crustáceos de azul, y de paso al espía norteamericano, la película se viste de surrealismo para llegar a un clímax cuando el niño la ata a la cola de su cometa para un hermoso ascenso por esa playa del fin del mundo.

Hacer una película así, en aquellos años en que Latinoamérica era un estudio especializado en insoportables melodramas sobre pobres que hablaban con acento madrileño… Si fue o no un genio, La langosta azul es un prueba de lo primero: evitó todos los tics del cineasta tercermundista y logró algo que firmarían con gusto Flaherty o Murnau.

 II.

Quique Scopell, el culpable

“Pero lo que creo es que entre hablar y escribir hay una gran diferencia”, en entrevista de José Cervantes Angulo a Scopell.

La Barranquilla que Alvaro Cepeda nunca se cansó de vivir – nos damos cuenta, con susto – no es esta Barranquilla de ahora. Era diferente especialmente por el tipo clásico del barranquillero, un producto sincrético genial del cual quedan ya pocos especímenes. El origen barranquillero de Alvaro Cepeda Samudio quedó esclarecido por Alfonso Fuenmayor poco antes de marcharse al otro mundo a reanudar la parranda, en “La Cueva” o “El Happy” de un cielo especial, que hay para estos hombres que logran cruzar el Mar Rojo de la vida sin hacerle daño a nadie, con tantas oportunidades que hay.

Ya que Barranquilla, por esa manera especial que tenía de ser entonces, figura entre los culpables de que Cepeda no haya escrito más, ensayemos evocar esa atmósfera ecléctica en que asomaba la década del sesenta y la década del cincuenta iniciaba su camino hacia los archivos históricos. 1960 tiene que ser el año de mayor producción cinematográfica de mi papá, Ernesto Gomez Hans, por la edad que mostramos en unas escenas subidos a una canoa y creyendo que la actuación cnematográfica consiste en desternillarse, o desternillarse, de la risa. En ese año el natural desarrollo de los rasgos propios de su sexo ha llegado a la plenitud en Estefana Borromei, convirtiéndola en un diosa del cine neorrealista en el Colegio Alemán.

En ese año, o en el anterior, mi madre ha tenido un éxito arrollador con un ceñido disfraz de arlequín, de rombos negros y lilas, y por resaltar su opulenta figura le debemos a Arlequín el nacimiento, nueve meses después, de mi hermano Arnold Gómez. Por entonces, todavía no nos cansabamos de viajar en las escaleras mecánicas del Almacen Sears, ese almacén por departamentos al mejor estilo norteamericano, que convertía el crucero de la calle 53 con la carrera 46 (Avenida Olaya Herrera) en un pedazo de película de Doris Day. Ingresar a esa tienda era lo más parecido a penetrar en un museo que teníamos en la ciudad, llevado a una nota sublime por el aire acondicionado que contenía todo el almacén.

El gerente de ese almacén era amigo de Alvaro Cepeda, y su nombre era Bernardo Restrepo Maya, y padecía esporádicamente el virus de la época, el virus del periodismo, construir pompas de jabón con palabras, frases y párrafos.

Qué tiempos aquellos, todavía los barranquilleros entraban a la barbería a ser afeitados por un camaján capaz de contar una novela mientras trabajaba. Era así: el barbero, hablando todo el tiempo, empapaba la toalla blanquísima en agua humeante y la enrollaba en el rostro lleno de púas. Mientras la toalla ablandaba la superficie y los pelos, abría la navaja, la afilaba en una cinta de cuero que colgaba de la silla. La silla era todo un fetiche, de porcelana blanca y tapizada de fino de cuero, giratoria, podía asumir varios grados de inclinación, y para la afeitada se colocaba prácticamente horizontal. Comenzaba el afeitado propiamente dicho y la música del corte nítido de los cañones por la filuda navaja. Una vez retirado el brote del folículo piloso, el barbero aplicaba un bálsamo, y tras ser absorbido por la piel, hacía un masaje a base de golpecitos.

Creo que Enrique, “Quique”, Scopell ha debido tomar fotografías de estas barberías y de los clientes acostados sobre las sillas cubiertos por sábanas, atendidos por los sutiles camajanes barberos. Con el rostro pintado de espuma de afeitar y una mano en la mano de la escultural manicurista. Este fotógrafo versátil que se pegó a una cámara, como un náufrago se aferra a cualquier cosa que flote, conoció a Cepeda desde las épocas del semanario Crónica. Un trabajo para la revista –de la cual eran socios, además- en que hicieron equipo los dos tenía como tema las tradicionales fiestas de san Roque, durante las cuales era posible no solo admirar a la mujer barbuda y forzuda y la mítica rueda de la Cumbiamba, sino el tropel de pagadores de promesas y la lectura del futuro en la carpa de los gitanos.

No llevaban ambos mucho tiempo usando pantalones largos y los lazos que se hacen en la juventud suelen ser duraderos porque se suele compartir algo muy importante: la iniciación sexual. ¿Fue esta iniciación en el Barrio Chino? ¿Fue en las calles de las notarías? Si Heriberto Fiorillo no lo sabe, no lo sabremos jamás. Lo importante es que esta amistad del cuentista-periodista-aspirante a camaján, con un fotógrafo que seguramente salió ya camaján del seno materno es una amistad arquetípica, tanto como la de Eneas y Palinuro, o la de Flaubert y Turguénev, Marx y Engels, Lorca y Salvador Dalí, Borges y Bioy Casares.

El barrio chino de Barranquilla quedaba a unas pocas cuadras de la Iglesia de San Roque.
Cuando la revista Crónica cumplió su ciclo, corto porque era demasiado buena y no traía la novela de Corín Tellado, la próxima aventura de Alvaro y Quique fue el bar más intrépido que ha navegado la procelosa noche barranquillera: La Cueva.

“Póngase serio”, decían los barranquilleros maduros a los desubicados o ligeramente incumplidos. Este epigrama, Álvaro lo metamorfoseó al de “Póngase Águila”, para mercadear la cerveza Águila o para que los tomadores de cerveza tuvieran otra chacota que hacer en su húmedo corrillo maloliente a lúpulo. Luego este modo hizo referencia al que debía estar alerta. “Uy pónte aguila o te quitan la novia”, le decía la tía al sobrino en aquella época de Cortijo y su combo y de La Violencia de Alejandro Obregón. La dudas sobre la literatura lo atormentaban, y pensaba que las historias que se atropellaban en su cabeza tendían a una expresión cinematográfica. Luego se acordaba que tenía obligaciones, muchas deudas, y el cheque mensual se lo daba la Cervecería de su amigo Julio Mario Santodomingo (quien había sido colaborador de Crónica,cómo no). Y de esos agobiantes monólogos lo sacaba la máquina de burlas y sátiras adobadas con todo el mal vocabulario de esta parte del mundo, de su amigo Quique Scopell, quien además conocía más muchachas que ninguno porque era fotógrafo (todas las barranquilleras querían ser fotografiadas en Pradomar, junto al mar, como starlets de Hollywood). Quique Scopell era suficiente para cebar al más santo en la bohemia. Luego se sumó Juancho Jinete, el administrador de Diario del Caribe. “Allí no se hablaba de literatura, un carajo”, dijeron ambos al ser buscados muchos años después por periodistas ávidos de chismografía literaria. Ambos aseveran que “hablabamos mierda y criticábamos todo”. Ya verán que algún días se dilucidará lo que significa hablar “mierda” para la condición humana, y en especial, para Barranquilla, la de entonces, la de hoy lo hace menos: tal vez por eso hay más crimen en la ciudad.

Las paredes de La Cueva guardan celosamente toda la imaginación oral que se desplegó en ese antro, y uno de cuyos aportantes fue Cepeda, quizás entre tantas cosas, acuñó el dicho de “Busca tu charco babilla”. O lo recicló. Quique Scopell, ¿un literato disimulado? en la entrevista a Cervantes Angulo cuenta que había una tienda en el Barrio Abajo que solían frecuentar Álvaro, Fuenmayor y él. Dice que la bautizaron El tercer hombre, por el libro de Grahan Greene. En todo caso, el amigo con que se visita por primera vez un burdel en Barranquilla, tiene más influencia sobre uno que cualquier sabio catalán o genio de Aracataca.

El autor de estas líneas tuvo el privilegio de la amistad de la Tita Cepeda, la viuda de Álvaro. El nombre de Quique Scopell era siempre aludido por ella, lo que es testimonio de la importancia de este fotógrafo camaján que influyó en Álvaro con enseñanzas epicúreas que le distraían de su pelea con la literatura. Estoy seguro que si no hubiera perdido la pelea con el cáncer, hoy estaríamos leyendo una novela de Cepeda con varios episodios en la Cueva, hilarantes y joyceanos más que faulknerianos. Scopell y Juancho Jinete, culpables –con sus hiperbólicos sancochos copiosamente rociados de cerveza y narraciones rabelesianas e incidentes fellinescos – de que no hubiera escrito más aún.

Nota  complementaria:

A estas alturas, contamos con suficientes indicios como para no seguir atribuyendo al camaján el estatus de estibador con cuarto grado de primaria y pestañas tupidas. Todos los del Grupo de Barranquilla eran camajanes porque el primer rasgo del camaján es ser objeto de difamación de las beatas y mojigatas del barrio. Y por andar con algún libro entre manos, como El tercer hombre.Eran hombres más cultos que lo que puede ser un actual concejal o parlamentario, porque se leían bien los periódicos de aquellos años, que bien leídos permitían asomarse a la agitación y revolcón de valores e imaginarios de la modernidad. Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, los cuatro discutidores de Macondo eran para Fernanda del Carpio, “cuatro camajanes descarados”.

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EDITORIAL VÍACUARENTA 13

 PORTADA VIACUARENTA 2012

Que la crónica es un género en imparable ascenso social es algo que hoy se reconoce, se celebra y se estudia como si hubiésemos llegado a un momento ciertamente excepcional del periodismo hispanoamericano. Hasta los propios cronistas se asombran y reconocen hoy con cierta sorna y divertido humor el hecho de que estén cruzando por uno de los mejores momentos del género en toda su historia. El auge de las revistas especializadas en crónica en Colombia, México, Perú, Chile o Argentina, sumado también a la eclosión de blogs y medios alternativos, y al hecho de que muchos jóvenes estén dedicados a contar historias acudiendo al periodismo literario o periodismo narrativo, es algo que está marcando sin dudas la ocurrencia de un verdadero fenómeno cultural en la escritura.

Estos nuevos cronistas de Indias, ellos mismos se saben, mirándose de reojo y con cierta desconfianza, las nuevas vedettes de la literatura, y así son tratados hoy en los grandes foros internacionales de la lengua española. En el negocio editorial están, de lejos, por encima del cuento y la novela y, cómo no, desde luego por encima de la poesía.

Es un Olimpo reconocible en el que están figuras de todos los tiempos como Gabriel García Márquez, Carlos Monsivais, Tomás Eloy Martínez, Osvaldo Soriano, Roberto Arlt; pero en el que también habitan en plenitud de poderes figuras de gran vigencia y poder como el norteamericano Jon Lee Anderson, de gran ascendiente en el mundo hispanoamericano, pese a su procedencia; el argentino Martín Caparrós; el portorriqueño Héctor Feliciano; el nicaragüense Sergio Ramírez; el mexicano Juan Villoro; el peruano Julio Villanueva Chang; y los colombianos Juan Gossaín, Jorge García Usta, Alberto Salcedo Ramos, Héctor Abad Facio-Lince, Ernesto Macausland, para sólo mencionar unos cuantos.

La crónica se propone ahora como un género anfibio que se mueve  permanentemente en varias aguas y en varios territorios, contraponiendo a la ecuación clásica de mensaje – referente el nuevo concepto de periodismo veraz y subjetivo, acudiendo a la literatura como una solución efectiva para confrontar lo efímero e instantáneo de la noticia. Y es así como, en trance de nueva tendencia, se nos presenta hoy para darle un nuevo rostro al periodismo y la literatura latinoamericanos.

En ese sentido es muy acertada la afirmación que hizo en días pasados en una entrevista Alberto Salcedo Ramos, uno de los cronistas antologados en esta edición especial de la revistavíacuarenta: “Para mí la crónica es un género que se inventó para salvar al periodismo del envejecimiento.”

Esta víacuarenta reúne plumas del Caribe colombiano que hacen también su aporte a este fenómeno, y que van de Ramón Illán Bacca a John Better tensando un arco en el que están Roberto Burgos Cantor, Aníbal Tobón, Julio Olaciregui, Sigifredo Eusse, Alfonso Hamburguer, Ernesto Macausland, Jaime Cabrera, Adlai Stevenson, Alberto Salcedo Ramos, Libardo Barros, Joaquín Mattos, Alonso Sánchez Baute, Beatriz Vanegas, Patricia Iriarte, Robinson Quintero Ruiz, Paul Brito, Alfredo Baldovino y Catalina Ruíz-Navarro.

Las temáticas y los abordajes, aunque diversos, hacen justicia al talante y a la pluma de cada cronista. Así, las divas del cine mexicano reclaman siempre su Ramón Illán; la sutileza espiritual y la escritura breve y precisa son detalle sensible en la nota de viaje de Burgos Cantor; como el humor y la memoria urbana de Tobón; la africanía danzaría y la observación antropológica de Olaciregui; García Márquez y el mundo del cine para Eusse; las míticas parrandas vallenatas en Hamburguer; los personajes encontrados en el ojo de Macausland; el Miami desconcertante de Jaime Cabrera; las curiosidad por la historia en Stevenson; la agudeza para transformar lo anodino en grandioso en Salcedo Ramos; la mirada esforzada de Libardo Barros; la escritura rigurosa y el referente preciso en Mattos Omar…

Esta muestra que reúne a 22 cronistas del Caribe colombiano, quiere poner en un nuevo contexto una producción que circula poco y malamente en las contadas revistas y periódicos de nuestra región, y que por tanto merece ser publicada de una nueva manera, sin importar que algunas crónicas hayan aparecido en otros medios en años anteriores, como en el caso de las crónicas de Ramón Illán, Better, Salcedo, Macausland y Mattos, pero que en esta revista se resignifican y vuelven a ser nuevas para lectores otros. La Biblioteca Piloto del Caribe quiere agradecer a cada uno de estos 22 autores su extraordinaria participación y colaboración en este nuevo número de víacuarenta.

Queremos destacar al lado de los experimentados del género trabajos ciertamente notables como los de Franco Altamar, Robinson Quintero, Paul Brito, Catalina Ruiz y John Better, con los que sin duda se redondea con nuevos aportes un número especial de nuestra revista.

víacuarenta quiere agradecer al arquitecto y dibujante Carlos Escobar D’Andreis la gentileza de haber cedido parte importante de su producción dibujística para ilustrar de manera exclusiva el presente número, logrando con ésta un interesante relato visual paralelo a las historias que aquí se cuentan.

Agradecer también al joven compositor e intérprete barranquillero radicado en Alemania, Christian Renz Paulsen, por la cesión de la partitura de su obra Coral y Tocata especialmente concebida y escrita para esta publicación sobre cronistas del Caribe colombiano.

Por último, víacuarenta quiere dejar constancia de su indecible pesar por la temprana muerte de uno de nuestros cronistas invitados a esta edición especial, el periodista, escritor y cineasta barranquillero Ernesto Macausland Sojo, quien nos cedió con entusiasmo e interés su texto sobre el poeta Derek Walcott, pero que no pudo ver la edición terminada debido a su deceso ocurrido el día miércoles 21 de noviembre de 2012. A él va dedicado este número, in memoriam.

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Aura Inés Aguilar Caro

Había logrado pasar los espacios de revisión migratoria, como también la aduana en ambos países y continuaba conmigo, sin ningún tipo de impedimentos; aun de que en otra época hubiera desistido integrarlo a mi equipaje; sin embargo “El Diablo”, me mostraba su cara más angelical. Me refiero al recién publicado libro del profesor Jairo Soto Hernández, es una seria investigación dentro del contexto en la cultura popular del Caribe Colombiano, armonizado con otras manifestaciones en países de América Latina en conexión sincrónica con los orígenes de la conquista y por consiguiente con lo religioso.

Sintetiza un estudio metodológicamente detallado en la representación del “mal” en nuestra identidad del Caribe, que en la heredad de la colonia se nos había enseñado que estaba relacionado, en algunas costumbres que coexistían aun antes de la conquista, de aquellos pobladores que tenían su propia civilización y cultura, que el sentido de lo religioso vendría a interpretar desde una postura de evangelización como aquello de traer la “buena nueva”. Que en definitiva ellos hicieron una fusión tanto de lo propio como de lo adquirido y le dieron un sentido auténtico. (Abbagnano y Visalberghi, 2009).

Hace una provocación, el autor de la investigación, a través de los cinco capítulos del libro El diablo en la cultura popular del Caribe colombiano, a poder re-interpretar a partir del interaccionismo simbólico compartido, desde los lugares donde cohabitan estas prácticas culturales, como parte de la estética popular. En principio saber que en nuestra América Latina en países como Perú, Bolivia, México, Panamá, Venezuela y Cuba; hay también incorporación en este sentido, desde los orígenes de la colonia. De igual manera un análisis de esta presencia simbólica, que a través de festividades religiosas o no, en el Caribe colombiano, en lugares como Valledupar (Cesar), San José de Uré (Córdoba), El Molino – (La Guajira), Guamal y Santa Ana (Magdalena), e incluyendo las carnestolendas de Barranquilla en el Atlántico. (Soto, 2012).

Es identificarnos con la representatividad social, de lo que se opone al “bien” que hoy podríamos considerarlo como capital cultural acumulado; que intenta develar los saberes del sentido común, es aquello que ha tenido limites conceptuales dentro del conocimiento (por no considerarse científico) pero a la vez es algo que se teje socialmente (Canclini, 2004), sin poder darnos cuenta en expresiones populares que sublimadas a través de letras; en canciones folklóricas, leyendas, dichos, refranes, juegos infantiles y pactos, que de alguna manera permean y será extensivo por mucho tiempo a las generaciones.

Ahora bien dentro del texto voy a citar dos de los múltiples análisis que hace el profesor Jairo Soto Hernández, debido a la ubicación geográfica (Ariguani –Magdalena), tanto personal como también del contexto donde se ubican los personajes mencionados; se trata de Francisco “Pacho” Rada Batista y Adriano Salas Manjarrez.

El primero en relación a la leyenda que existe alrededor a su vida y obra, el cual recoge en sí lo que la colectividad interpreta, del hecho sucedido en camino a su casa cuando escucha acordeones sonar a lo que el compite con sus propio ritmo, en ese caso gana la partida, interpretando su acordeón y eso sí acompañado de unos buenos rones:

Me bajé de la bestia, saqué mi acordeón y me empujé un trago de ron,

y apenas escuché que terminaba la pieza le contesté con una melodía mía,

para que supiera donde me encontraba.

(Hinestrosa Llanos 1992, en Soto 2012)

En algunas entrevistas (Hinestrosa, 1992 y Llenera, 1985) concedidas en vida al maestro Pacho Rada, las cuales están citadas en el libro, nunca lo relacionó con la existencia propiamente del mal, era más una configuración social, que inicio desde su núcleo familiar y el contexto sociocultural, a partir del imaginario colectivo que se tiene de “el diablo”.

El segundo, es el autor de la composición Caño Lindo, que es un lugar ubicado en la jurisdicción mencionada arribala cual expresa la nostalgia de dejar el campo, que es también su trabajo, pero en el cual siempre está presente la música, por ser este también compositor e intérprete de la guitarra:

“Adiós, Caño Lindo, ya me voy despidiendo/

Adiós, panorama delicioso de los llanos/

Ya no acompaño mas con mi guitarra/

A las aves silvestres del playón”.

Pero que el señor feudal (Julio Sierra) hace una súplica al todo poderoso para que su trabajador no se pierda en el camino, que no tenga tiempo para beber y todo lo que implica armar la parranda, no entendiendo que precisamente esta, hace parte de lo propio del hombre caribe, sinónimo de la alegría, del jolgorio siendo significado de vida y no precisamente de la tristeza o “el diablo”, como lo fundamenta:

“Pidiéndole a Dios que no se presente el diablo/

Como un triste viejo hablándole de parranda”

 

En ambos casos ante la presencia tácita del diablo en torno a la parranda, abstraen situaciones que cobran vida en este caso en la leyenda de Francisco el Hombre y en la composición Caño Lindo, que para quienes alguna vez hemos escuchado referirse a ello, podemos omitir o no la presencia de lo antagónico, cuando hay desestructuraciones de lo binario (bien – mal).

En conclusión, la investigación busca rescatar la identidad cultural del caribe, en la cual hay interés en que no se disperse ni se olvide, sino que se trasmita de las generaciones adultas a las más jóvenes a fin de que estas se vuelvan hábiles, que se pueda desenterrar la modernidad (Gil, 2002); todo ello es posible lograr a través de la investigación social, que en este caso motiva a quienes puedan estar interesados en seguir re-definiendo nuestras mismas manifestaciones y de alguna manera poder establecer diferenciaciones en relación a otras culturas universales, pero que a la vez nos propicien posicionar la nuestra.

Un día primaveral en Santiago de Chile,

Octubre 2012.

Referencias

Abbagnano, N y Visalberghi, A. (2009). Historia de la pedagogía. Fondo de cultura económica de México. México.

García, N. (2002). Diferentesdesiguales y desconectados. Mapas de la interculturalidad. Gedisa, Barcelona.

Gil, N. (2002). Adolfo Pacheco y el compadre Ramón. Editora Guadalupe Ltda. Bogotá.

Soto, J. (2012). El diablo en la cultura popular del Caribe colombiano. Del corpus christi al Carnaval de Barranquilla. Editorial La iguana ciega, Barranquilla.


[1] Aura Inés Aguilar Caro, Magister de trabajo social de la Pontificia Universidad Católica de Chile, actualmente se encuentra finalizando sus estudios de doctorado en Educación Intercultural en la Universidad de Santiago de Chile (USACH).

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BLANCO (1)

José Agustín Blanco Barros Obras completas

Por Jorge Villalon y Alexander Vega

Con mucha satisfacción presentamos la obra completa de José Agustín Blanco Barros, uno de los más destacados intelectuales colombianos del siglo XX, oriundo de Sabanalarga en el Departamento del Atlántico en la parte norte de Colombia a orillas del Mar Caribe. A este trozo de tierra y agua el autor le ha dedicado la parte más importante de su trabajo investigativo. El período de tiempo que cubre su trabajo geográfico e histórico son alrededor de tres siglos, desde la llegada de los primeros españoles en 1501 hasta la crisis de la Independencia a principios del siglo XIX, período que la tradición académica denomina época Colonial. Como editores de su obra, consideramos oportuno presentar al amplio público de lectores una visión general de su trabajo, como también las razones que nos llevaron a la decisión de hacer una compilación de todos sus escritos producidos desde hace cinco décadas para ponerlos al alcance de los habitantes del Departamento del Atlántico, de los estudiosos de la época colonial y del público en general. La obra comprende una variedad de artículos sobre temas geográficos, históricos y paleográficos que fueron publicados por el autor en diversos medios cuando se desempeñó como profesor universitario en importantes centros educativos de la capital del país. De antemano queremos agradecer al profesor José Agustín Blanco Barros, a su esposa Beatriz Barón y a toda su familia, por haber aceptado la propuesta de publicar las obras completas de su autoría, de igual manera, por la confianza depositada en nosotros para llevar a cabo esta loable empresa.

El propósito inicial de esta edición es conservar la memoria de aquellos autores oriundos de nuestra localidad y región, que han dejado una huella indeleble en el campo del conocimiento científico y cuyas obras merecen perdurar en el tiempo. Es nuestro deseo que los ejemplares de la presente edición reposen en los anaqueles de las bibliotecas de las escuelas de cada uno de los 22 municipios que conforman nuestra territorialidad y del Distrito de Barranquilla, y que sirva de material de consulta a jóvenes inquietos que quieran conocer las raíces de nuestra tradición y puedan comprender cómo ha evolucionado la sociedad desde los tiempos coloniales con sus ritmos de crecimiento demográfico, la dinámica del mestizaje y su importancia histórica cultural. Además de cómo ha sido nuestra relación con la tierra, tema de capital importancia que nos invita a reflexionar sobre el futuro de nuestra región. Todo lo anterior con el ánimo de explorar las posibilidades que tenemos en la actualidad ante un mundo que experimenta importantes cambios.

Su formación académica la hizo en Bogotá en la famosa Escuela Normal Superior de Colombia, en donde en 1950 se graduó como Licenciado en Ciencias Sociales y Económicas. Al principio, su interés académico preponderante fue la docencia en varias instituciones de Bogotá y Tunja, donde enseñaba geografía y cartografía. También trabajó como investigador en el Instituto Geográfico Agustín Codazzi y durante un tiempo fue presidente de la Asociación Colombiana de Geógrafos, institución que lo hizo miembro honorario en 1998.

Con base en su formación académica y práctica docente, la primera publicación ocurrida en 1958 versó sobre geografía y lleva por título Colombia marítima, en donde llama la atención sobre el olvido del mar por parte de las autoridades de Colombia y porque este no figuraba en los planes educativos del país.[1] En ese mismo año en el mes de Abril, viaja a Japón con una beca de la Unesco y permanece dos años en la Universidad Imperial de Tokio, una estadía que jugó un papel muy importante en su proceso de formación. A menudo se refiere el autor a este evento como un eslabón significativo en su vida académica. Sus estudios los hizo en inglés en el marco de un programa de entendimiento entre Oriente y Occidente. Aprendió geografía del Japón, se enteró de investigaciones del cultivo del té y de arroz en pantanos, y hasta realizó un viaje a Soporo en la isla de Hokaido en Enero de 1959 para experimentar el invierno en el hemisferio norte.

De regreso a Colombia se hizo cargo de la Oficina de Estudios Geográficos del Instituto Geográfico Agustín Codazzi y publicó en 1968 nuevamente sobre el tema del mar con un estudio sobre corales y arrecifes.[2] En este mismo año, al parecer de mucha actividad, publica un trabajo sobre la clasificación de los climas en Colombia con base a las teorías de varios autores extranjeros.[3] En los cuatro años siguientes se dedicó más a leer que a escribir, ya que hizo algunas traducciones del inglés para reforzar su trabajo como docente. Entre estos autores hay una importante obra del geógrafo anglosajón R.A. Donkin, de quien suponemos aprendió muchísimo y de alguna manera influyó en las investigaciones posteriores, sobre todo en la utilización del concepto de poblamiento, que se constituye en un concepto importante en sus futuras investigaciones y que al mismo tiempo lo acercaba a la historia, toda vez que el poblamiento es un proceso humano que tiene lugar en un espacio y en un tiempo determinado, no en aquel tiempo largo del observador de la geografía, sino en el breve tiempo de los hombres que necesitan obtener de la tierra lo necesario para su sustento.[4] Hasta 1970 continuó interesado en los grandes geógrafos del extranjero, especialmente de aquellos que hasta ese momento se habían ocupado del territorio colombiano, como James J. Parsons, Brian Moser, R. Braun, entre otros. El trabajo de traducir estos textos formaba parte de la actividad docente, resúmenes y síntesis con lo cual dictaba sus clases y que en algún momento se convirtieron en artículos. [5] De esta inquietud salió un texto sobre varios de ellos que hicieron investigaciones en Colombia después de 1945.[6] Alrededor de 1970 termina esta fase de geógrafo para adentrarse en el mundo de la historia, aunque siempre estará presente su apego al ambiente físico como escenario de las actividades humanas.

En algún momento, quizás motivado por los trabajos traducidos de Donkin y Parsons, se interesó por el proceso de ocupación del territorio de Tierradentro, es decir del actual Departamento del Atlántico, e inició en el año 1967 una investigación sobre el proceso de poblamiento bajo el gobierno del Virrey Sebastián de Eslava. En el Archivo General de la Nación desempolvó un valioso documento colonial olvidado por mucho tiempo. Según el mismo recuerda, después de “Varios años de paciente búsqueda”, que fueron cinco en total, duró la búsqueda que culminó con el hallazgo de unos 70 documentos relativos al primer censo que realizaron los españoles en el año de 1777. Cuando se produce este importante hallazgo en los archivos, estaba leyendo un libro que, según el mismo recuerda, fue quien más lo inspiró en su trabajo posterior. Se trata de un artículo sobre geografía histórica del año 1941 que leyó siendo director del Departamento de Geografía de la Universidad Nacional, escrito por el norteamericano Karl Sauer, quien entiende su disciplina como una reconstrucción de paisajes del pretérito, siendo el concepto paisaje equivalente al de Landscape del inglés o el Landschaft del idioma alemán. A partir de este punto deduce con base en Sauer que “la geografía histórica es una geografía regional”. Con este fundamento teórico quedaba abierto el camino para sus planes de indagar sobre la evolución de los paisajes del Tierradentro.

Finalmente, en 1972, publicó en forma de artículo un trabajo sobre este censo en el Departamento del Atlántico.[7] Con este estudio comienza el autor una serie de investigaciones cada vez más históricas sobre los pueblos, encomiendas, sitios, haciendas, etc., localizados en Tierradentro. El resto del archivo lo guardó para posteriores publicaciones y el de la localidad de San Basilio de Palenque lo empastó en color rojo y lo llevó personalmente a la casa de la cultura del lugar en donde en el acto de entrega participaron niños jóvenes y viejos.

En el prólogo de su trabajo sobre el censo de 1777 en el Atlántico, se plantea a si mismo una exigencia metodológica propia de un historiador cuando escribe que: “..procuraremos basarnos estrictamente en la documentación, hasta hoy toda inédita”. Agrega, además, que “… lo que nos ha animado en estas búsquedas e investigaciones es un indestructible afecto terrígeno, que procede de la arcilla misma del Departamento del Atlántico y de generaciones que desde hace centurias de ella se han nutrido”. Con esta casi una declaración de amor a su tierra, inicia el autor un recorrido por toda la historia colonial de Tierradentro, con una pasión que lo acompaña hasta el día de hoy.

Hasta 1988, los textos que se publicaron pueden ser considerados como historiográficos, en el sentido en que contienen el tiempo humano como tema central. En su búsqueda de documentos sobre Tierradentro en los archivos de Bogotá, encontró nuevos textos coloniales, como por ejemplo el texto titulado Noticia Historial de la Provincia de Cartagena de las Indias año 1772 de Diego de Peredo, sobre el cual escribe una nota de presentación en una revista.[8]

Luego hay un silencio de cómo cinco años hasta que en 1977 publica una monografía sobre los orígenes de Sabanalarga, su pueblo natal. Se trata de un estudio monográfico sobre un municipio del Atlántico y por primera vez se observa que se ajusta a la metodología propia de un historiógrafo de formación clásica.[9] Revisa los estudios previos  del tema, elabora un estado del arte y luego incorpora información de archivos. Pretende, además, romper con mitos, leyendas y versiones anteriores que no muestren soportes documentales. El trabajo de búsqueda de la documentación en la Biblioteca Nacional y en el Archivo General de la Nación (AGN) comenzó, según sus propias palabras, en 1965, es decir, de manera simultánea estuvo trabajando en varios proyectos. En esta obra logra establecer con bastante exactitud los inicios de la vida urbana de Sabanalarga a fines de 1743 y principios de 1744, después de repetidos intentos de la Corona Española por agrupar en un solo lugar a los habitantes esparcidos alrededor del núcleo central que había surgido a partir de 1620. Al final de libro, a la manera de un colofón, el autor se refiere a un asunto relacionado con el mismo en su condición de hombre de letras o intelectual. En el habla popular de Sabanalarga y en lugares vecinos como Barranquilla, se escucha el dicho “En Sabanalarga la inteligencia es peste”, y como demostración se mencionan algunas personalidades que se han destacado en diversas actividades intelectuales en la época republicana. En el censo de 1777 no figura ningún “estudiante” en el empadronamiento que hiciera García Turín, pero ya en 1839, Juan José Nieto dice que ya tienen fama como gente ejemplarmente estudiosa en la Universidad de Cartagena fundada en 1828. ¿De dónde provino esta tradición? La explicación se encuentra asociada a la etapa final de la guerra por la Independencia cuando llegaron a Cartagena un grupo de profesores provenientes de España quienes estaban inspirados en la Ilustración española que consideraba a la educación como el inicio de cualquier proyecto económico o político. Cuando supieron que Bolívar se había tomado Bogotá, varios de ellos no quisieron regresar a España y gracias a la amnistía del Libertador optaron por irse a Sabanalarga, en donde ya residía el sacerdote Julián José Pertuz, con una gran vocación de enseñar y que venía promoviendo un colegio parroquial. Pero no solo educadores, sino que también “nobles familias españolas” se establecieron el el Sitio de San Antonio de Padua de Sabanalarga y le dieron cierta categoría. Un buen ejemplo es el caso de la hermana de este educador, doña María Josefa Pertuz Ahumada, quien se casó con el teniente español José Vicente Llinás, de donde provienen varias generaciones de desatacados intelectuales. Con base a lo anterior, podemos afirmar que José Agustín Blanco nace en un lugar muy propicio para el desarrollo de actividades relacionadas con su oficio de geógrafo, historiador y educador como su mismo padre José Agustín Blanco Básquez, quien fue uno de los fundadores del Colegio Biffi de Barranquilla a fines del siglo XIX.

En 1980 continúa en la misma línea y publica un artículo sobre el municipio atlanticense Santa Ana de Baranoa, en cuya introducción hace una serie de planteamientos que se pueden considerar como el establecimiento de un gran proyecto de investigación cuyo objeto es el Departamento del Atlántico. Se refiere por primera vez al olvido de esta sección del país por parte de la historiografía colonial “… la cual aparece como un inmenso y lamentable vacío en el conjunto de la historia nacional..”. Como una respuesta a este olvido, agrega que “Nos hemos propuesto exhumar del olvido y del polvo en que se encuentra sepultada, la mayor cantidad posible de información referente a la preciosa historia colonial del Departamento del Atlántico”.[10]

Respecto a su oficio, declara que mucha modestia que “No somos historiadores profesionales ni mucho menos. Nuestra disciplina es la geografía y dentro de ella trabajamos con los conceptos y métodos de la geografía cultural”. Sin embargo, reconoce la necesidad de considerar el tiempo humano en sus investigaciones, toda vez que insiste en que lo que le interesa profundamente es el “complejo proceso de poblamiento de Colombia”, para lo cual “La dimensión de tiempo que le es tan esencial nos obliga, pues, a trajinar y no de cualquier modo en el campo de la documentación histórica”. Además de señalar claramente la metodología, declara finalmente que su propósito quedará satisfecho “cuando lleguemos a cubrir todo el poblamiento atlanticense a lo largo de los siglos XVI, XVII, XVIII.”

Consecuente con el programa de investigación que el mismo se impuso, para el año 1984 ya estaba terminado su trabajo mas extenso, y quizás el más complejo, titulado El Norte de Tierradentro y los orígenes de Barranquilla, que fue publicado por el Banco de la República en 1987 y que puede considerarse como el punto culminante de su vocación historiográfica. Como en los trabajos anteriores, y debido a su condición de pionero, la parte más ardua y laboriosa fue sin duda la investigación de archivo, cuando recuerda que “..tuvimos que aprender trabajando, pedir consejo y crítica, estudiar paleografía y recorrer infinitos vericuetos por entre el abrumador material archivístico”.[11]

Mientras estaba en imprenta el trabajo anterior, publicó dos artículos que se derivan del libro que estaba a punto de publicarse, seguramente notas dispersas que fue juntando sobre determinados aspectos. El primero se trata de una curiosa e interesante publicación sobre el preponderante papel de las mujeres en el trabajo de labrar la tierra, de cuidar los sembrados, de limpia, de la cosecha, etc., ya que el indio prefería la pesca o la caza y era agricultor de tiempo parcial.[12] El otro artículo es una especie de resumen comentado respecto a los orígenes de Barranquilla, con base a una conferencia que dictó en Barranquilla y que publicó la Cámara de Comercio de la ciudad. Es interesante destacar que en este artículo menciona documentos que le fueron enviados desde el Archivo General de Indias en Sevilla, con los cuales pudo complementar la información obtenida en Colombia.[13] También como una derivación del tema de Barranquilla, escribió un artículo en donde compara la Hacienda de San Nicolás y la Majagual en el siglo XVII.[14]

En el mes de Enero de 1986 escribe el prólogo de su libro El Norte de Tierradentro, en el cual se revela su grado de madurez y seguridad como historiador. En este prólogo, el autor consigna varias ideas que es necesario presentar de manera detallada ya que nos permiten ir más a fondo en  sus convicciones respecto al la historia del Departamento del Atlántico en la época colonial.

En primer lugar, establece una relación entre Tierradentro y la ciudad de Cartagena durante todo el período colonial, como dos elementos geográficos que forman una unidad y que deberían estudiarse de manera integral. Según el autor, durante la época colonial Cartagena de Indias “Era la ciudad vigorosa y profundamente contrastada  con su entorno o hinterland tierradentrano, rústico y agropecuario”. Y continúa diciendo que “Su interpenetración socioeconómica , como de la cabeza y el cuerpo, era sólida y solo vino a aflojarse , hasta disolverse, ya iniciado el siglo XX”. Esta propuesta metodológica es novedosa porque hasta el momento de publicarse el libro en 1987, y hasta el día de hoy, en la tradición investigativa de los estudiosos de la historia de Cartagena de Indias distinguen solo dos zonas, “la primera que se encaminó por la zona oriental hacia el sur de la gobernación, es decir el Río Magdalena, que culminó con la fundación de Santa Cruz de Monpox y  la segunda zona se extendió hacia el occidente, buscando la región sinuana”.[15] Tierradentro queda al margen de esta visión de Cartagena en la época colonial, algo así como en un rincón olvidado y sin mayor importancia frente al gran tráfico de Cartagena hacia el interior del país o hacia las fértiles y ricas llanuras del Río Sinú. Como se dijo más arriba, Tierradentro también forma parte de la dinámica de Cartagena, que no era solo económica, sino que también administrativa, religiosa, comercial y cultural. El olvido de Tierradentro, o Departamento del Atlántico, no es solo por parte de la mayoría de los historiadores del interior de Colombia, sino que también por los académicos dedicados a la historia colonial de Cartagena de Indias. En un estudio hecho en 1993 por el historiador Bernardo Tovar de la Universidad Nacional de Colombia, que tiene como objetivo “detectar los principales temas de historia colonial que han sido objeto de investigación por parte de historiadores nacionales y extranjeros durante la segunda mitad del siglo XX”,[16] no se incluye la obra de José A. Blanco, sino apenas su nombre en un listado de alumnos de la Escuela Normal Superior. [17]

Pero este olvido no es solamente por parte de los historiadores de la capital del país, sino que también de la Región Caribe. Desde 1998, por ejemplo, el Banco de la República con la Universidad Jorge Tadeo Lozano han realizado varios seminarios sobre la historia de Cartagena, y en los dos tomos publicados hasta ahora correspondientes al siglo XVII y XVIII, no aparecen referencias a los trabajos de José A. Blanco, aunque algunos de los participantes de los seminarios lo conocen personalmente.[18] Hay que mencionar que el Área Cultural del Banco de la República de Cartagena organizó en Octubre de 2008 un seminario sobre investigadores en antropología y geografía sobre la región Caribe en el cual se incluyó una conferencia sobre la vida y la obra de José Agustín Blanco. Si se incorpora Tierradentro como parte integrante de la historia de Cartagena colonial, tal como lo propone el autor, significaría un enriquecimiento de la comprensión que se tiene hoy sobre la ciudad amurallada durante la Colonia. Es muy probable que este olvido de Tierradentro y de la obra de Blanco se explique por la pésima circulación de sus trabajos, los cuales son muy difíciles de obtener y que justifica nuestro esfuerzo de hacer una edición de toda su obra.

La otra idea que se destaca es la comparación entre la época colonial y la republicana en la relación de Tierradentro con Cartagena y a partir del siglo XIX con Barranquilla, lo cual esclarece bastante la dinámica histórica de esta parte del Caribe Colombiano y en particular sobre el destino de sus ciudades y pueblos. Hasta la Independencia, Cartagena fue sin duda el referente principal para Tierradentro, y Sabanalarga era la población con mayor actividad económica, administrativa, religiosa y cultural de Tierradentro. A mediados del siglo XIX se produce un cambio y Tierradentro dirige su mirada hacia Barranquilla, la cual comenzaba un proceso de actividad comercial y portuaria que la convierte en el centro urbano más importante de la región caribe en el siglo XX. A propósito de esto, hay un interesante pasaje en donde Blanco intenta explicar este auge de Barranquilla, considerando su condición de sitio de libres en comparación con  el pueblo de indios de Malambo:

“La misma naturaleza de Malambo, una comunidad de indios sometidos a la rígida institución de la encomienda , que les regimenta y controla la existencia los siete días de la semana, que los inhibe para un crecimiento demográfico significativo, mientras los libres de las Barrancas de Camacho, o San Nicolás se multiplican en las más diversas maneras y, además, gozan de una amplia dinámica de movimientos, es la razón para que el primero – el pueblo de aborígenes – se estanque, entre en decadencia y pierda su condición de puerto obligado, cediendo su papel al sitio de libres situado río abajo, caótico, pero poseedor de una energía histórica que se renueva constantemente y le permite asumir con firmeza su papel en un plazo breve”.[19]

En El Norte de Tierradentro, Blanco vuelve a reafirmar su fidelidad a la fuentes documentales sin abandonar su condición de geógrafo, y en donde mejor se muestra es en “Los recorridos personales por todo el ámbito de estudio…”. Entre sus amigos y colaboradores más cercanos es conocida esta faceta de Blanco como un auténtico geógrafo de formación clásica, que lo llevó a ser uno de los más conocedores de todos los caminos y rincones de Tierradentro. En una oportunidad decidió buscar a pié el lugar en donde debió haber existido el caserío de Malambo, en donde el arqueólogo Carlos Angulo Valdés demostró que allí se inició el cultivo de la Yuca un milenio antes de Cristo. Con la ayuda de habitantes del lugar pudo imaginarse en un determinado punto la vida de los indígenas en su aldea hacía unos tres mil años atrás. A menudo sorprendía a más de un asistente a sus conferencias con explicaciones muy precisas de ciertos lugares de Tierradentro, que demostraban que conocía mejor la geografía que los propios habitantes.

Cuando El Norte de Tierradentro comenzó a circular en Barranquilla produjo mucha inquietud en el ambiente intelectual de la ciudad. Hasta ese momento, los orígenes de la ciudad se explicaban a través de la tradición oral en mitos y leyendas transmitidas de una a otra generación,  hasta que el insigne abogado Domingo Malabet las recogiera en un texto escrito en 1891 y publicado en 1922 por Vergara y Baena.[20]

Según esta versión, y con base a un párrafo de Juan José Nieto, Barranquilla habría sido fundada en 1629 y habría tenido su origen en unos ganaderos de Galapa que se desplazaron hasta el río en busca de pastos para sus animales. La actitud de Blanco ante esta versión fue muy atenta y cuidadosa, y le sirvió de guía inicial en su trabajo de búsqueda de documentos en el Archivo General de la Nación, hasta que finalmente pudo distinguir entre mito y realidad, para entregarnos su versión de los orígenes de Barranquilla basada en documentos de archivo.

Definitivamente, en el lugar en que surgió Barranquilla, existió al menos un pueblo de indios llamado Camacho. La evidencia documental consiste en una carta fechada en 1560 de Ana Ximenez, viuda del capitán Domingo de Santa Cruz, dirigida al Oidor Melchor Pérez de Arteaga para reclamarle su derecho a disfrutar de la encomienda de Camacho heredada de su esposo, cuyos indios fueron llevados de manera ilegal a Galapa Pedro de Barros, alcalde Cartagena en ese momento. Esta carta hace mención de la existencia de una encomienda, la institución que permitía a los españoles apropiarse de la mano de obra aborigen y que en este caso tuvo una duración efímera de aproximadamente diez años. Este pueblo de Camacho desapareció por un abuso de autoridad de parte del encomendero del vecino pueblo de indios de Galapa, Pedro de Barros, que –valiéndose de su investidura de poder- se apropió de la mano de obra aborigen de la encomienda de Camacho, de la cual obtenía su sustento la viuda de su primer dueño. Esta circunstancia permite comprender la ulterior e inmediata transformación del antiguo pueblo de indios de Camacho en un sitio de libres, es decir, en un lugar poblado por mestizos que compartían un mismo espacio geográfico y vivían en forma espontánea y desorganizada al margen de las autoridades españolas. Con esta carta se pudo comprobar que en el llamado centro histórico de la ciudad  existió un asentamiento indígena “..cuyos comienzos se hunden profundamente en la cronología de la historia”. Estos antecedentes obligaron a historiadores y arqueólogos a replantear sus investigaciones y reformular las teorías sobre los orígenes de Barranquilla.

Estos aportes documentales de Blanco corroboraron, además, los resultados de excavaciones arqueológicas de Carlos Angulo Valdés sobre la existencia de asentamientos indígenas anteriores a la conquista, y entre estos hallazgos el protuberante descubrimiento de un cementerio indígena en el Barrio Abajo que hizo en 1898 el ingeniero Antonio Luis Armenta. Respecto a los mitos y leyendas en el proceso de comprensión del pasado, Blanco nos deja una gran enseñanza. El relato de Domingo Malabet contiene ciertos elementos que los archivos demuestran su veracidad, como por ejemplo la fecha de 1629 como probable año de fundación. La documentación demuestra que efectivamente en esos años el encomendero de Galapa don Nicolás de Barros mandó a construir una casa de dos pisos de 18 metros de largo por 12 de ancho, destinada a la actividad agropecuaria y ubicada cerca de un caño que comunicaba con el Río Magdalena. Respecto a fechas, Blanco llega a “..la conclusión final, importante para la historia de los orígenes de Barranquilla, es que la hacienda de “San Nicolás” fue establecida después de 1627, como mínimo y varios años antes de 1637, como máximo”. Es decir, la fecha que nos transmite la leyenda, que primeramente recogiera Juan José Nieto y reprodujera Malabet,  se ajusta bastante al dato de los archivos. Sin embargo, hay que decir que se trató de la construcción de una casa y no de la fundación de una ciudad. Seguramente, y tal como lo afirma el propio Blanco, esta construcción dinamizó las actividades del poblado que existía allí y “desempeñó un papel primordial” en la formación y evolución del caserío de Barranquilla.

En la década posterior a 1987 continuó trabajando como historiador y publicó varios artículos sobre sitios específicos y aspectos puntuales. En 1987 le dedica un artículo al sacerdote Luis Beltrán, quien desarrolló una valiosa labor en el siglo XVI en el Departamento del Atlántico en la encomienda de Tubará.[21] El tema del poblamiento del territorio colombiano sigue siendo de su interés y en 1988 le dedica unas páginas precisamente al funcionario español Antonio de Latorre y Miranda, quien estuvo en Cartagena y en los Llanos Orientales ocupado de estos asuntos.[22]

En estos años volvió a interesarse por geógrafos extranjeros, especialmente de aquellos que visitaron o escribieron sobre la región. Tal es el caso de un trabajo de James J. Parsons sobre el Valle del Sinú, en donde se utiliza el concepto de “poblamiento”, que es utilizado de manera recurrente por Blanco.[23]

En este período, a principios de los noventa, en medio de la conmemoración de los 500 años del descubrimiento de América, comienza como a revisar su estante y va sacando cosas de muchos años atrás, las organiza en forma de artículos y las publica. Del primer censo de la época colonial en 1777 publicó un trabajo, y otro dedicado al censo de Cartagena de Indias.[24]

A propósito de la conmemoración de los 500 años del descubrimiento, el gobierno colombiano le encargó la tarea de hacer un atlas histórico de Colombia, que significó un gran acto de reconocimiento por parte de las autoridades a su condición de geógrafo e historiador. El resultado fue una bella obra con mapas históricos relativos al momento de la llegada de los españoles que fue enviada a instituciones y personalidades de Colombia y del mundo. Lamentablemente el público colombiano no ha podido disfrutar de este trabajo cuya reedición solo puede realizarla una instancia estatal por lo costoso del proyecto.[25]

En los últimos 15 años se ha dedicado a varios proyectos combinando sus dotes de geógrafo e historiador. Continuó interesándose por pequeños municipios y poblados del Departamento del Atlántico y de otros lugares de la región, con interesantes observaciones sobre la geografía, los orígenes y sobre todo valiosas referencias sobre fuentes documentales que serán de mucha utilidad para futuros investigadores.[26]

De estos artículos destacamos dos que se refieren a Barranquilla. En el primero de ellos, Conquista y Poblamiento de Barranquilla, Blanco Barros se refiere al proceso de encuentro de los españoles con los indígenas y a las nacientes dinámicas poblacionales resultado de la mezcla de estos grupos humanos. A partir de lo que ya había escrito en el Norte de Tierradentro, incorpora nuevos elementos y revisa textos de otros autores sobre el tema. Hace mención, por ejemplo, a la más antigua referencia documental que se tenga conocimiento acerca de los orígenes de Barranquilla, que es la crónica del capitán de guerra español, Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, quien describió la exploración que hiciera en el norte del actual Departamento del Atlántico el conquistador Pedro de Heredia un par de meses antes que decidiera fundar Cartagena de Indias el 1º de junio de 1533. Al parecer y antes de dar origen al vecino puerto, Heredia estuvo en un lugar donde durmió junto con su tropa y se cree que ese sitio corresponde a Barranquilla -en la actual zona de los caños- donde encontró un varadero de canoas. Este sitio era empleado por los aborígenes para hacer intercambio de productos del mar y de pesca.

El segundo artículo titulado, Geografía Física de Barranquilla, describe Blanco Barros las características generales del espacio geográfico de la ciudad, señalando cuáles son sus coordenadas y su relación con sus condiciones climáticas; como también nos habla acerca de la evolución geológica de nuestro territorio y su relación con los cambios de orden telúrico que se dieron en el planeta desde tiempos muy antiguos. Datos curiosos e interesantes como por ejemplo cuando afirma que Barranquilla se encuentra ubicada sobre un plano inclinado, cuyo punto de menor inclinación está localizado hacia el río Magdalena; nos menciona también sobre los diferentes cursos que ha tenido el Magdalena a lo largo de toda su evolución y los cambios que ha generado en el territorio del Departamento del Atlántico, particularmente en el litoral. De igual forma, el autor destaca la importancia geográfica de los caños localizados en la zona del viejo mercado público como el de la Ahuyama, caño Arriba, de los Tramposos, de las Compañías, etc. Como bien es sabido esta red de caños se originaron gracias al hecho de que en el centro de la ciudad existió una hermosa ciénaga que desapareció, de la cual da testimonio Domingo Malabet en su famoso escrito sobre los orígenes de la ciudad. En este punto trata también acerca de los arroyos de Barranquilla, como una característica geográfica propia de nuestra ciudad.

En los últimos años también se dedicó al género de monografías sobre los lugares más importantes durante la época colonial, tal como ya lo había hecho con Sabanalarga y Barranquilla. Entre estos se destacan dos, uno dedicado a Tubará y el otro a Juan de Acosta, los cuales merecen un comentario especial. En primer lugar Tubará, que en el siglo XVI era el sitio más poblado de Tierradentro y en donde se estableció la encomienda más grande.[27] En esta obra utiliza la misma metodología de El Norte de Tierradentro, es decir, un estudio sobre la geografía del entorno del poblado en donde muestra sus documentados conocimientos sobre geología, suelos y vegetación, luego los conocimientos obtenidos por los arqueólogos Carlos Angulo Valdés y Gerardo Reichel- Dolmatoff, hasta el proceso histórico de poblamiento español por medio de las encomiendas. En esta obra incluye como capítulos especiales aspectos novedosos como la demografía y las viviendas, las misiones religiosas y las relaciones económicas entre los indios y los encomenderos. El libro incluye, como ya era su costumbre, una selección de los documentos más relevantes sobre la historia de Tubará. Dicho por el propio autor, esta obra se hizo durante varios años contando con el apoyo de la Universidad Javeriana, del Archivo General de la Nación y de personas de la región, como Claudio Ropain de León, José Lobo Romero y los lugareños Clemente Mendoza y Adolfo León Bolívar, con quienes hizo un recorrido por el lugar observando los vestigios aun existentes en 1989. El autor nuevamente reflexiona sobre aspectos disciplinarios y de método diciendo que “Esta no es una historia pura ni tampoco una geografía pura, tales, como las concebirían los autores clásicos de esas vertientes de la ciencia”, subrayando el mismo la palabra pura e insiste en que se trata de una Geografía Histórica. Al reconocer a Tubará como el pueblo de indios con mayor cantidad de población en Tierradentro, y también como la encomienda mayor de Tierradentro, vuelve el autor a insistir en la necesidad de relacionar a Tubará con Cartagena de Indias como  “La única urbe de la región – en un sentido muy general” en donde el papel de el “apreciable núcleo de moradas, casas de comercio, plazas, fortalezas, habitantes e instituciones, fueran algo esencialmente diferentes y estuvieran divorciados de sus entornos rurales, de su Hinterland rural”[28]. Cartagena es “La ciudad a la cual concurren los caminos y las gentes de todas las razas. La ciudad, entonces no se puede entender separada de la tierra que le proporciona comida y materias primas, que le entrega los tributos de los indios y el fruto del trabajo de muchas gentes libres”. Estas reflexiones del autor en torno a la relación del hombre con su tierra, la sociedad y su hogar terrestre en el transcurrir del tiempo, constituyen un aporte importante a las actuales discusiones sobre el futuro de la Región Caribe y sobre el papel de los pueblos alrededor de las grandes aglomeraciones urbanas como Cartagena y Barranquilla. Este trabajo sobre Tubará es un referente obligado para gobernantes, empresarios y sobre todo para las comunidades actuales en su búsqueda de una vida mejor cada vez más alejada de su tierra, asediada por fenómenos económicos y culturales externos que lo han obligado a emigrar a los centros urbanos. De manera premonitoria el autor hace comentarios sobre la necesidad de una recuperación arbórea de Tierradentro, como el primer paso para un proyecto de aseguramiento de agua para sus habitantes, sobre todo por el peligro de un calentamiento global y un aumento demográfico. En sus conferencias a menudo menciona la existencia en la época de la conquista de árboles de hasta 30 metros que constan en los documentos. No solo se utilizaron como combustible, sino que sobre todo para la ciudad de Cartagena que en sus inicios fue construida en madera. A esto se le suma la limpieza de superficies para introducir la ganadería como fuente de proteínas para los españoles y en el siglo XX para la producción de energía eléctrica.

El estudio dedicado al municipio de Juan de Acosta sigue la misma metodología anterior, salvo que en este caso se trata de una comunidad de reciente fundación y de unos antecedentes precolombinos y coloniales de menor importancia. Los habitantes de Juan de Acosta pueden ahora con este trabajo encontrar sus verdaderas raíces en el mestizaje cultural y biológico del período colonial.[29]

Entre 1995 y 2007 se dedica a varias cosas a la vez y sobre diversos temas. La geografía y los geógrafos continúan siendo motivo de lecturas y textos. En el centenario de la muerte del geógrafo español Antonio de Ulloa, escribe unas notas sobre su visita a la Nueva Granada a mediados del siglo XVIII.[30]

A mediados de los años noventa obtiene algunos reconocimientos de instituciones como la Universidad del Norte y la Academia de la Historia de Barranquilla en 1994, luego la Universidad del Atlántico y la Universidad Nacional de Colombia y el 24 de Agosto de 1995 tomó posesión como miembro de número de la Academia de Historia de Colombia, ocasión que aprovechó para destacar en su discurso la obra del general Francisco Javier Vergara y Velasco, quien como el mismo también incursionó como geógrafo en la historia y la cartografía.[31] El trabajo de indagar sobre la vida y la obra de Velasco duró 20 años hasta cuando en el 2006, y gracias a los descendientes de Vergara y Velasco, pudo consultar la biblioteca y el archivo personal del personaje, publicó los resultados en forma de libro, en donde incluye algunos trabajos inéditos de este notable Payanés, quien terminó sus días en tierra atlanticense, cuando al bajar por el Río Magdalena muere en Barranquilla de fiebre Amarilla el 21 de Enero de 1914.[32] Lo que motivó a Blanco para destacar la vida y la obra de Vergara y Velasco fue sacarlo del olvido y recordar que  “ por una causa u otra, en determinados casos quienes utilizaron los trabajos de Vergara y Velasco en sus propias producciones, callaron el nombre de la fuente en la que habían bebido”.[33]

Además del trabajo biográfico sobre Vergara y Velasco, hay en esta fase aun otros tres trabajos sobre los procesos de poblamiento en Colombia, divisiones regionales, trazados y ritos fundacionales durante la época colonial.[34]     

El interés del autor por el archipiélago de San Andrés y Providencia se expresa en tres artículos de los últimos años, dos sobre aspectos netamente geográficos como los fondos marinos y batimetrías y uno sobre un tema histórico relativo a una colonización de puritanos ingleses en la isla de Providencia en el siglo XVII, presentado a fines de año en la Academia Colombiana de la Historia.[35]

Como era su costumbre, el autor se ocupaba de manera paralela de varios temas, dedicándole seguramente un poco de tiempo a cada uno. Tal es el caso de dos textos inéditos que se publican en el primer tomo dedicado a Barranquilla. Entre 1994 y el 2007 estuvo transcribiendo documentos relativos al proceso de la Independencia en la ciudad de Barranquilla encontrados en el Archivo General de la Nación, con los cuales reconstruye lo acontecido en Barranquilla durante la Independencia. De este trabajo nacen dos títulos, uno sobre la toma de Barranquilla por el capitán español Valentín Capmani el 25 de Abril de 1815 durante la reconquista española, un texto muy oportuno para la conmemoración del Bicentenario de la Independencia con el cual los habitantes de Barranquilla podrán recordar este evento con todos los detalles que logra reconstruir el autor.[36] El otro trabajo es de un género casi literario, ya que se trata de los pormenores de la vida de un hombre, animado por su propia iniciativa y decisión, que se convirtió en un interesante personaje de la emancipación de la Costa Atlántica de nombre Blas de Barros, por cierto de la ascendencia del autor por parte de su madre.[37]

En los últimos años, Blanco Barros hizo una breve reflexión sobre el gran acontecimiento de la historia universal que fue la expansión de la Europa cristiana por el mundo, y especialmente en América, en una sesión solemne de la Academia de Historia de Colombia el 10 de Octubre de 2006.[38] En esta conferencia el autor destaca en primer lugar los avances de la cartografía del Nuevo Mundo desde el primer mapa de Juan de la Cosa hasta el de Diego Ribero quien mostró la esfericidad terrestre. A continuación hace una síntesis de los avances relativos a la antigüedad del hombre americano y termina con unas consideraciones sobre lo que el mismo denomina como “encuentro de dos mundos”. El autor intenta al final de su conferencia encontrar un punto de equilibrio entre las conocidas leyendas a favor o en contra del proceso de conquista de las nuevas tierras. El autor coloca en un mismo nivel a los gobernantes, caciques, guerreros, mujeres indias y negras, “en cuyos vientres cuajó el mestizaje y el mulataje de la América morena”, pero al mismo tiempo destaca “a las mujeres españolas que fieles a sus esposos se arriesgaron a una vida diferente, en un lejano mundo que no conocían, y cuya sangre corre también por nuestras venas”. Respecto al papel de la Corona Española en el proceso de conquista, y de manera especial a Isabel de Castilla, Blanco Barros muestra una clara admiración por ella, ya que gracias a su “intuición geopolítica” hizo posible el “encuentro de dos mundos”.

Por estos días, en los cuales nos ocupamos de la edición de esta magnífica obra, el profesor Blanco escribe sobre la parte sur de Tierradentro, para así completar el trabajo iniciado hace varias décadas. Este libro lleva por título El Sur de Tierradentro. Evolución de paisajes físicos y proceso de poblamiento, y estaremos atentos a lo que logre extraer de los archivos y de sus intuiciones históricas.

La presente edición de las obras completas de José Agustín Blanco Barros está compilada en varios tomos y se encuentra organizada por grupo de temas afines, para mayor comprensión del público lector interesado en conocer la geografía y la historia de nuestra ciudad y del paisaje del Departamento del Atlántico.

 El primer tomo lleva por título “Barranquilla”, porque en él se presentan todos los trabajos relacionados con nuestra ciudad. Debe tenerse en cuenta que las perspectivas ofrecidas por el autor en toda su producción académica son diversas: una mirada desde la geografía, desde la historia enriquecida por un acopio sistemático de fuentes documentales y sus  conocimientos de paleografía. Gracias a su seriedad investigativa y vasta producción intelectual, Blanco Barros ocupa un lugar de significativa importancia en la historia del pensamiento geográfico del país y en la historiografía nacional.

Los costeños, particularmente barranquilleros y atlanticenses tenemos una inmensa deuda de gratitud con José A. Blanco, por sus aportes a la comprensión de nuestro pasado y al conocimiento del paisaje tierradentrano –nombre que los españoles dieron- a lo que hoy es el Atlántico.

Jorge Villalón

Alexander Vega

 

Semana Santa de 2009

 


[1] Colombia marítima. En: Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia. No. 59 Año XVI. Bogotá, 1958.

[2] Geoformas colombianas  debido a organismos vivos. En: Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia. No. 100 Año XXVI. Bogotá, 1968.

[3] La clasificación climática en Colombia. En: El Correo geográfico. Vol. 1; Nr. 1. Asociación Colombiana de Geógrafos, 1968

[4] DONKIN, R.A. Ambiente y poblamiento precolombinos en el altiplano de Boyacá-Cundinamarca, Colombia.  En: Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia Nr. 99. Bogotá, 1968.

[5] MOSER, Brian. Et.al. Tribus de Piraparaná. En : Revista Pensamiento y Acción. Tunja: Universidad

Pedagógica y Tecnológica de Colombia, 1968. También tradujo: Glenn T. Trewartha . Los climas de las

tierras del Pacífico. Lectura para el Departamento de Geografía de la Univ. Nal. de Colombia. Bogotá, 1971;

PARSONS, James. El Poblamiento del Valle del Sinú. Lectura para el Departamento de Geografía de la Univ.

Nacional. de Colombia. Bogotá, 1976 y Las Regiones  Tropicales Americanas. Bogotá: Fondo FEN, 1992.

[6] Investigaciones geográficas de extranjeros en Colombia después de la Segunda Guerra Mundial. En: El Correo Geográfico. Vol. 1; Nr. 2. Tunja, 1970.

[7] El censo del Departamento del Atlántico (Partido de Tierradentro) en 1777. En:

Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia. Vol. XXVII, No 104, 1972.

[8] Nota de presentación a “Noticia Historial de la Provincia de Cartagena de las Indias año 1772” de Diego de Peredo. En: Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura. Volumen 6 y 7. Santafé de Bogotá, 1972.

[9] Sabanalarga, sus orígenes y su fundación definitiva. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1977.

[10] Santa Ana de Baranoa: de pueblo de indios a parroquia de vecinos libres (1745). En: Divulgaciones Etnológicas, 2ª época. Barranquilla, 1980.

[11] El Norte de Tierradentro y los orígenes de Barranquilla. Bogotá: Banco de la República, 1987.

[12] Mujeres en la agricultura colonial del Departamento del Atlántico. En: Revista Studia. Barranquilla: Universidad del Atlántico, 1986.

[13] Algunos aspectos sociales y económicos de la Barranquilla colonial. En: Revista Informativa de la  Cámara del Comercio No. 151. Segundo trimestre. Barranquilla, 1986.

[14] San Nicolás de Tolentino y Majagual. Dos haciendas del siglo XVII en la Provincia de Cartagena (Un tema de localización geográfica). En: Revista Universitas Humanística, Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Ciencias Sociales. Bogotá, 1986.

[15] Véase por ejemplo: VIDAL ORTEGA, Antonino. Cartagena de Indias en la articulación del espacio regional caribe. 1580-1640. La producción agraria. Cádiz: Lebrija Ediciones, 2005. P. 60.

[16] TOVAR ZAMBRANO, Bernardo. La historiografía colonial. En: La historia al final del milenio. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1994. p. 21.

[17] Ibid. P. 69.

[18] CALVO STEVENSON, Haroldo y MEISEL ROCA, Adolfo. (Editores)  Cartagena de Indias y su historia. Cartagena: Banco de la República, 1998; Cartagena de Indias en el siglo XVII. 2007.

[19] El Norte de Tierradentro, p. 255-256.

[20] VERGARA, José R. y BAENA, Fernando. Barranquilla: su pasado y su presente. Barranquilla: Banco Dugand, 1922. Estos autores publicaron tres textos del abogado Domingo Malabet. El más antiguo está fechado el 3 de Octubre de 1876 y consiste en un Informe sobre los terrenos del Distrito de Barranquilla que Malabet rindió al Concejo Municipal (p. 87-98); luego el artículo titulado Fundación de Barranquilla de 1891, del cual solo conocemos la versión de Vergara y Baena (p. 69-87), y finalmente un texto inconcluso sobre la guerra de la Independencia escrito en 1892 (p. 105-109), del cual tampoco se conoce una publicación anterior a la de 1922.

[21] San Luis Beltrán en la historia y en la geografía del Departamento del Atlántico. En: Revista de Ciencias Sociales e Historia, No. 1, Bogotá, 1987.

[22] Antonio de Latorre y Miranda Funcionario poblador en la Provincia de Cartagena y Explorador en los Llanos Orientales. En: Universitas Humanística. Vol. 17. Nr. 29. Bogotá: Universidad Javeriana, 1988.

[23] Parsons, James J. Las regiones tropicales americanas. Una visión geográfica. Traducción de El poblamiento del Valle del Sinú en Colombia.  Cuadernos de Geografía. Bogotá: Uninacional, 1989.

[24] Investigaciones acerca del primer censo en Colombia. En: Revista Colombiana de Estadística. Vls. 27-22. 1990; El censo de Cartagena de Indias en 1777. En: Revista Cuadernos de Geografía. Vol. III. No. 1 de 1991

[25] Atlas histórico Geográfico. Colombia. Archivo General de la Nación. Bogotá: Editorial Norma, 1992.

[26] Estos artículos en orden de aparición son los siguientes: Notas sobre el origen de “Isabel López”  En: Atlántico y Barranquilla en la época colonial. Ediciones Gobernación del Atlántico. Colección Historia. Primera edición. Barranquilla, 1994; Dos colonizaciones del siglo XVIII en la Sierra Nevada de Santa Marta. Transcripciones Paleográficas de José Agustín Blanco Barros. Documentos en busca de investigador. Archivo General de la Nación. Santafé de Bogotá, D.C, 1996; Conquista y Poblamiento de Barranquilla.  y Geografía Física de Barranquilla. Ambos en: Historia General de Barranquilla. Sucesos. Vol 1. Publicaciones de la Academia de Historia de Barranquilla. Primera edición, Febrero de 1997; Los dos Mahates. En: Revista Educación y Humanismo. Nr. 9. Barranquilla: Facultad de Educación, Universidad Simón Bolívar, Junio de 1999; Las dos fundaciones de Sitio Nuevo. En: Boletín de Historia y antigüedades. Nr. 839. Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 2007.

[27] Tubará, la encomienda mayor de Tierradentro. Bogotá: Centro Editorial Javeriana, 1995.

[28] Tubará, p. 25 ss.

[29] Juan de Acosta y Saco: Tierra y sociedad. Barranquilla:Ediciones Gobernación del Atlántico, 2007.

[30] Bicentenario de Antonio de Ulloa. En:Revista Credencial. Bogotá, Edición Nr. 91, Noviembre de 1995.

[31] Francisco Javier Vergara y Velasco: Historiador, Geógrafo, Cartógrafo. En: Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia . No. 125 Año 41, Septiembre de 1997.

[32] El general Francisco Javier Vergara y Velasco y sus obras. Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 2006.

[33] Ibid. p. 2.

[34] Estos artículos son: La primera división regional de Colombia. En: Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia. En: Región y Ordenamiento Territorial. Vol. 45, Nr.133. Bogotá, Octubre de 2001; Fundaciones coloniales y republicanas en Colombia. Normas, trazado y ritos fundacionales. En: Revista Credencial Historia. Edición 141. Bogotá, Septiembre de 2001; La ciencia geográfica en la historia de Colombia. En: Sociedad Geográfica de Colombia. s/f. Dirección Internet: www.sogeocol.edu.co .

[35] Los fondos marinos de San Andrés y Providencia. En:Revista Credencial. Edición 161, Mayo 2003;  Archipiélago de San Andrés y Providencia. Batimetría. En: Sociedad Geográfica de Colombia. s/f. Dirección Internet: www.sogeocol.edu.coLa colonización con puritanos ingleses en la isla de Providencia. Conferencia en Academia Colombiana de Historia, 2008.

[36] Toma de Barranquilla, 25 de Abril de 1815. Serie de documentos transcritos del AGN. Manuscrito inédito, 2007.

[37] Militares del Departamento del Atlántico en la Independencia. Manuscrito inédito, 2007.

[38] El encuentro de dos mundos. En: Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia. No. 835. Año 2006.

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Por Eduardo Pastrana Rodríguez*

El incesante escritor Antonio Mora Vélez, que se pasea orondo por varios géneros literarios (ciencia-ficción, poesía, ensayo, periodismo hablado y escrito, novela, cuento, reflexiones filosóficas)  ha titulado su reciente obra, “A la hora de las golondrinas”. Una novela que recoge las vivencias de variada índole de su generación, desde los años  60´s hasta sucesos que repercuten con fuerza en el presente. En la noche, las golondrinas marcan el tiempo histórico a medida que se producen los acontecimientos. Estupenda técnica esta que generan un movimiento de realismo sinuano que posee características propias. Escapando de esta manera del consabido “realismo mágico” del universo Caribe.

Al fin y al cabo, novelar la realidad es un ejercicio inseparable de la creatividad insospechada. La historia y la ficción no se contradicen. Al contrario, son consustanciales cuando encuentran la escritura que respeta sus irrenunciables derechos. Como sea, es el derecho de la realidad a las revelaciones y el de la ficción a regodease en las fecundaciones creadoras. “A la hora de las golondrinas” es inventario de hechos protagonizados por trabajadores de la cultura que en la actualidad ocupan lugares destacados en la memoria histórica de los monterianos.

Antonio Mora recorre el tiempo de las golondrinas y va narrando sucesos que parecen extraídos de la fabulación, en virtud de su veteranía literaria. El objetivo central es hacer comparecer a las generaciones de políticos de izquierda, artistas, investigadores, pedagogos, periodistas, estudiantes, que irrumpieron en la capital del Departamento de Córdoba en las décadas de los 50 y los 60, decididos a librar una lucha sin atenuantes frente a un orden social dominado por la apoltronada mentalidad que arrastra consigo las relaciones sociales de producción latifundista  y ganadera.

*Profesor universitario, historiador y crítico literario monteriano, residenciado en Cali.

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La Canción de la Luna

Juan Carlos Garay
Editorial Icono
2011

 

Por: Adriana Carrillo Silva

 Tal vez por un cambio de percepción influenciado por la época, el arte ha sido el mejor escenario para que la realidad se funda con la ficción. La aparición de lo digital, por ejemplo, ha permitido que una fotografía, a la que se consideraba el más fiel reflejo de lo real, sea hoy vulnerable a manipulaciones y alteraciones en mayor o menor grado y sea hoy un híbrido ilusorio. En el caso del periodista Juan Carlos Garay, él asume esta nueva condición de la obra artística en su narrativa más bien como una ventaja para construir su universo literario.

Casi al final de la novela, Jerry, uno de los personajes de “La canción de la Luna”, la más reciente publicación de Juan Carlos Garay, lanza una frase a modo de sentencia con una convicción apasionada: “Escucha muy bien y aprende. Dile que la música no la hace el instrumento, sino el músico”. Es quizá lo que debamos decir en relación a las obras literarias: a la obra la hace el escritor. Ni siquiera porque el instrumento sea la guitarra de la leyenda del blues, Charley Patton. Garay nos ofrece una historia llena de imaginación, cruzada con la realidad, que se atreve a usar escenarios específicos y deducciones fantásticas de datos reales muy minuciosos.

 Garay se dedica a buscar en cada cosa una especie de secreto sagrado. El misterio de la luna, la guitarra de Patton, la fórmula de la armonía perfecta y hasta el de una pandereta en medio de una improvisación colectiva sobre un tema de “san” John Williams Coltrane, todo tiene cierta capacidad de crear asombro si se mira desde los puntos de vista más nuevos, más permisivos. Mirar a la luna, en la novela de Garay, es una experiencia de desdoblamiento, prefigurativa; y descubrir ese pequeño misterio es uno de los lazos que se crean con La Canción de la Luna.

 Ya desde que decidió transcender sus experiencias y hallazgos como crítico musical y publicar su primera novela, La nostalgia del melómano, Garay había querido jugar con una suposición. Asumió y escribió que en algún lugar debía existir una grabación del famoso tema “El ratón”, de Cheo Feliciano junto a Eric Clapton, que algunos empezaron a buscar afanosamente y que otros, coleccionistas, salieron a desmentir con angustia. La deducción nació a partir de un recorte de un periódico caraqueño en el que se hablaba de la posibilidad de que la grabación realmente existiera y estuviera en manos de un coleccionista en Caracas y, luego de una exhaustiva investigación del autor, de la coincidencia de ambos maestros, de la salsa y el rock, respectivamente, para grabar en Miami en Agosto de 1974, y que el autor aprovechó para sazonar con la imaginación. Si se trata de creer en algo, Garay elige su propia verdad: la de respuestas míticas y fascinantes; la que en los campos de la música, por ejemplo, cualquier coleccionista (si la tiene) desearía que fuese cierta.

 La biología molecular, el budismo y la magia son tópicos suficientemente místicos y atractivos para basar en ellos el tono de su historia. Esta última novela, que Garay contó haber escrito en 24 lunas, tiene una dirección introspectiva que nace de la observación, de la contemplación de los detalles, al mismo tiempo que te embarca en un viaje de placer estético en donde cuentan tanto las historias fantásticas, las voces, como los sonidos. Un viaje musical y poético piloteado por alguien que no concibe las palabras ni las historias sin la música, y a quien, como en la música, se le da muy bien el riesgo del improvisador analogado a la literatura.

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SEMILLAS DE FICCIÓN Y OTROS DISPARATES

REVISTA VERICUETOS #XXIII
Edición especial dedicada a Julio Olaciregui
 
 

Por Miguel Iriarte

 La revista Vericuetos es una publicación de carácter literario, bilingüe español / francés, que se publica en Paris (Francia) a cargo de un grupo de escritores, periodistas y artistas latinoamericanos reunidos en un proyecto editorial que ellos mismos han llamado Caminos Escabrosos, entre los que se cuentan los colombianos Efer Arocha, su director; el subdirector Eduardo García Aguilar y la coordinadora Libia Acero Borbón; acompañados, además, por un comité de redacción integrado por Claude Coffon, Luisa Ballesteros, Fernando Ainsa, Jorge Torres, Germán Sarmiento, Camilo Begoya, Yves Moñino, Inés Acosta, Nathalie Duhart, Rocío Hincapie, Miguel Angel Reyes, Hernando Franco, Gabriel Uribe y Mario Wong, entre otros.

 La edición No. XXIII fue lanzada en Paris en el marco del Festival Viva Colombia en septiembre de 2009 con una conferencia y firma de libros y está enteramente dedicada al escritor, poeta, periodista y dramaturgo barranquillero, radicado en Paris, Julio Olaciregui, bajo el título de Semillas de ficción y otros disparates, razón por la cual consideramos es una edición excepcional y digna de reactualizar en nuestro blog de la revista víacuarenta.

 Los editores, en palabras del director Efer Arocha, dicen que “Olaciregui es una rica mezcla de distintos temperamentos, culturas, concepciones del mundo, ambigüedades. Es la paleta de un pintor activo que no la ha limpiado jamás, formando un sarro cromático de decenas de matices para cuajar en un color diferenciador… En Julio también se encuentra la cosmovisión de la costa atlántica colombiana, con sus meneos de cuerpo y agorarías para hallar la felicidad. Igualmente están los sueños polisémicos del no encontrarse, y también los del encontrarse, mediante el teatro, la poesía, el cuento…” el periodismo, la conversación, la rumba, el baile, la dramaturgia, los guiones de cine, la amistad, la vida…

 El volumen de este No. XXIII de Vericuetos es en realidad un libro de 370 páginas que representa uno de los abordajes más completos realizados a un escritor nuestro como Olaciregui en el que se recogen los siguientes capítulos: uno primero titulado Semillas de ficción y que contiene nueve textos que oscilan entre el relato de ficción, la crónica, el ensayo, el comentario cultural, la crónica de viaje y la poesía narrativa, componiendo todo ello la forma de un lenguaje personal y reconocible al servicio de una mirada y una imaginería que va y viene de lo coloquial a lo culto con pasmosa naturalidad.

Un segundo capítulo está consagrado a la poesía, un género que Olaciregui cultiva desde siempre también con vena de inocente complejidad e inteligente humor en poemas por donde se pasean, Salgar, Santa Marta, Obregón, Hércules, Hesiodo, el mar, la fiesta, los amigos, la familia, lo trascendental y lo anodino.

 El tercer capítulo lo integran una entrevista a Olaciregui y dos textos confesionales de este autor, uno de los cuales está dedicado a revelar sus relaciones con la lectura y la escritura, y el otro es una sentida recordación personal de su amigo Jacques Gilard, a la manera de un merecido homenaje al gran colombianista francés.

 Una especie de diario íntimo bajo el título de Parfois danse constituye el cuarto capítulo de este libro-revista sobre Olaciregui en el que se hace manifiesta una entrañable relación con la danza y con la música, asumida como vocación con un altísimo valor existencial en el que se involucran sus relaciones con África, con la música popular del Caribe y una profunda relación con el cuerpo.

 Autor de una obra teatral cuasimítica y nunca representada, famosa entre sus amigos, y titulada Las novias de Barranca, el teatro y la dramaturgia componen otra dimensión creativa en el mundo del escritor que es Olaciregui. El drama tiene también su capítulo en este vericueto editorial en el que aparecen los textos de dos de sus creaciones: uno es el titulado en francés Impasse des baisers y el otro el titulado en español El Sáhara penetra en Madrid sobre la matanza de africanos que querían entrar a Europa a manos del ejército marroquí.

 Un penúltimo capítulo es el que se titula Asedios a la obra de Julio Olaciregui en el que autores como Consuelo Tribiño Anzola, Eduardo Bermúdez, Fadir Delgado, Alonso Aristizábal y Numas Armando Gil, le meten el diente a esa cosa tremendamente misteriosa y divertida, difícil y mágica, mítica y sabrosa, que es la novela Dionea, sin duda alguna una de las novelas del Caribe colombiano más importantes que hayan aparecido en los últimos años. Como le dice al mismo Olaciregui en una nota personal nuestra amiga la cineasta Sarita Harb: “lo que es maravilloso en Dionea es que atravesaste la realidad para tocar el otro lado, el del mito, la ensoñación, la brujería, lo metafísico, el espíritu…”

Hacen parte también de estos asedios textos de Roberto Burgos Cantor, sobre el amigo y sobre su novela Trapos al sol; y de Eduardo García Aguilar y Gabriel Uribe, sobre Los domingos de Charito.

 Y cierra esta edición especial de Vericuetos una coda titulada Rizoma, y que pretende ser como “tallos horizontales subterráneos” que escarban en las relaciones de la escritura y la vida de Julio Olaciregui con el teatro y el cine, para cerrar este abordaje casi exhaustivo por la vida y la obra de un autor que desde aquel libro inicial suyo titulado Vestido de Bestia se ha propuesto como un caso realmente excepcional en nuestra literatura, y esta entrega de Vericuetos no hace otra cosa que enseñarnos e ilustrarnos esa especial singularidad del escritor barranquillero.

Ahora puede usted conocer y consultar este texto en nuestra Biblioteca Piloto del Caribe.

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COLOMBIA, OTRO PAÍS QUE SUEÑA

Reseña publicada en IBSILON
Suplemento cultural del periódico PÚBLICO de Portugal el 1 de junio de 2012
Prólogo y selección de Lauren Mendinueta
Traducción de Nuno Júdice
Editorial Assírio & Alvim, 2012

 

Por David Teles Pereira

 En Portugal las antologías colectivas de poesía extranjera nunca lograron ser más que proyectos descontinuados y, casi siempre, individuales. Hasta hoy ninguna editorial manifestó la más mínima intención de construir de forma crítica y sistemática un conjunto de antologías de poesía de otros idiomas, trabajo, que de ser tomado en serio, daría a los lectores portugueses un mapa de iniciación sin paralelo en la historia de las publicaciones de nuestro país. Tal vez sea justo reconocer en las editoriales Assírio & Alvim y Relógio d’Água un papel menos tímido a este propósito que el de su competidoras, pero aún así sus publicaciones son demasiado puntuales como para que se pueda hablar con propiedad de un verdadero proyecto.

Sirva esto para decir que basta con la publicación de “Un país de sueña (cien años de poesía colombiana) para que Lauren Mendinueta y Nuno Júdice ganen un lugar destacado en la divulgación de poesía en lengua extranjera. Este es, a pesar de todo, el mérito que esta obra tendrá siempre, y en cualquier circunstancia, en nuestro panorama editorial, sintomático de una dependencia de la poesía, principalmente si tenemos en cuenta que estas antologías panorámicas, por su dimensión y por los costos, difícilmente podrán ser publicadas por pequeñas editoriales que, en otras vertientes de la poesía todavía impiden el olvido. Libros como este son indispensables en un universo editorial en el que la publicación y la divulgación de poesía extranjera son por lo demás insatisfactorias.

“Un país que sueña” es una antología de cien años de poesía colombiana, no los últimos cien años, sino de aquellos que transcurrieron desde el nacimiento de José Asunción Silva, uno de los primeros modernistas, en el sentido de Rubén Darío, quien además construyó un universo estilístico y referencial próximo del gran poeta nicaragüese: El paciente:/Doctor, un desaliento de la vida
/ que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,/ 
el mal del siglo… el mismo mal de Werther,/ 
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi./ (…) 
El médico:/Eso es cuestión de régimen: camine/ 
de mañanita; duerma largo, báñese;/ 
beba bien; coma bien; cuídese mucho,
/ ¡Lo que usted tiene es hambre!…(p.27). Para completar puede contarse que el día 24 de mayo de 1886 Asunción Silva le pidió a un amigo médico que dibujara una cruz en el corazón. Esa misma noche se suicidó con un tiro en el lugar señalado.

A propósito de este poeta varios de los textos de otros autores, que van poblando esta antología, manifiestan una curiosa intertextualidad con su obra, comenzando por el de Santiago Mutis (hijo de Álvaro Mutis, otro de los grandes poetas colombianos) que tiene por título el nombre del poeta de Bogotá y que refleja, de cierta manera, los procesos de diálogo y conflicto que las generaciones de poetas colombianos han mantenido con su primer modernista: “ A lo largo de cien años/ hemos luchado para que al fin te parezcas/  a nosotros—dueños de tus cenizas/ Tu integridad/nos irrita y avergüenza/ Tu dignidad/ ofende/ a quienes han preferido/ otros caminos.” (p. 330).

Conviene mencionar que los los cien años retratados en esta antología corresponden a un periódo particularmente turbulento de la historia de Colombia, marcado por una gran inestabilidad política y social y por episodios de gran violencia, una época oscura, como aparece descrito en el prólogo de esta obra. Al leer ese texto firmado por Lauren Mendinueta, el lector no puede dejar de sentirse cautivado por lo que propone, mostrar la poesía colombiana como »un espejo en el que se refleja (su) sociedad« (p.15), en esa extrañesa resultante del hecho de que la poesía es opuesta y, al mismo tiempo, fiel a  la realidad.

Digamos de una vez que esta tesis, que aparentemente tiene todo el sentido en el caso colombiano, es muy poco recomendable en la generalización que las palabras de la autora, a pesar de su llanura, dan a entender. Basta pensar unos segundos en neustra propia historia, también ella marcada por una serie de periódos oscuros, y que no por eso fueron poéticamente los más enriquecedores. Parece que la historia de la poesía nos permite concluir que su florecimiento o su agonía dependen mucho más de los poetas y poco de los acontecimientos. Lo que actualmente se escribe en Portugal es, en parte, prueba de lo que acabo de decir.

Esto no afecta, de ninguna manera, el mérito de este trabajo, al cual debe darse el mayor de los destaques. Después de leer el prólogo no es difícil intuir que la llegada las librerías de esta antología se debe, en casi toda su dimensión, al esfuerzo personal de Lauren Mendinueta. Pero también al excelente trabajo de Nuno Júdice, que tradujo cerca de 400 páginas de poemas de más de sesenta poetas.

Pero, incluso así, esto no es impedimento para llamar la atención hacia algunos aspectos menos logrados de esta antología. En el principio del prólogo la autora dice que “esta no es una antología crítica ni exhaustiva. De haber sido crítica reseñaría menos autores, de haber sido exhaustiva incluiría necesariamente muchos más” (p.14). Una antología crítica no se refiere propiamente a un criterio cuantitativo, pero sí a un trabajo de construcción y sistematización de una propuesta de lectura que tendrá, normalmente, un resultado menos inclusivo. No es por el número de poetas incluidos que esta antología no es crítica, sino por la falta de criterio en la selección, que se debe en parte al número de poetas escogidos, pero principalmente a los pocos poemas escogidos de cada poeta, a la falta de pistas de lectura sugeridas en el prólogo o a las cortas notas biográficas y a la incapacidad de, tanto estos elementos como la selección de los poemas, dar a entender a los lectores las singularidades, las propuestas y tensiones de la poesía colombiana entre 1865 y 1965.

Este sistema de presentación y de selección tienen el gran inconveniente de nivelar por lo bajo las antologías. Los pocos poemas que se eligen por cada autor (normalmente tres o cuatro) impiden que se destaque que hay grandes poetas nacidos en este periodo de la literatura colombiana. Merecían mayor destaque autores como Guillermo Valencia, León de Greiff, Álvaro Mutis o Gonzalo Arango, este último, incluso así, antologado con algunos de los más interesantes versos de este libro: Éramos dioses y nos volvieron esclavos./Éramos hijos del Sol y nos consolaron con medallas de lata./Éramos poetas y nos pusieron a recitar oraciones pordioseras.( p.165) En este mismo sentido, admitiendo que en cien años de poesía Colombia ha producido muchos más poetas merecedores de se antologados, no es por esto que la selección deja de se bastante inclusiva y que, en un último análisis, termina por conducir a una acumulación de poemas que, salvo la cronología, ni viene ni  va para ninguna parte. En otras palabras, al terminar la lectura de “Un país que sueña” uno queda conociendo a más de sesenta poetas colombianos, pero, infelizmente, poco conocerá de la poesía colombiana. Es de lamentar que sea así, principalmente porque queda por demostrar aquello que se escribió en el prólogo: Colombia es “un país en el que se escribe una gran literatura” (p. 17) o “es un país de poetas”. (p. 14)

Por otra parte, cuando Lauren Mendinueta destaca la relevancia que los periodos de convulsión y violencia de la historia colombiana tuvieron en las obras de gran parte de los poetas antologados, habría sido interesante que este libro procurase en parte mostrar eso mismo, lo que ocurre solo en algunas excepciones, como en los poemas escogidos de María Mercedes Carranza, una de las mejores secuencias de este libro: : Las ventanas muestran paisajes destruidos,/ carne y ceniza se confunden en las caras,/en las bocas las palabras se revuelven con miedo./ En esta casa todos estamos enterrados vivos.(p. 253) o “El asesino danza la Danza de la Muerte:
/ un paso adelante, una bala al corazón,
/

un paso atrás, una bala en el estómago.(…) /Todas las lenguas de la tierra maldicen al asesino. (p. 256)

Los reparos que se hicieron deben, incluso así, ser atenuados. Es de elogiar que alguien invierta semejante esfuerzo personal en la divulgación de poesía, ya que aunque fuera  tan sólo por eso, esta antología merece un enorme elogio. E, todavía más, porque en 400 páginas de poemas hay momentos que consiguen superar el tono general al que los problemas de trabajo formal acabaron por conducir: “La poesía es la única compañera/ acostúmbrate a sus cuchillos/ que es la única. (de Raúl Gómez Jattin, p. 245).

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ESA GORDITA SÍ BAILA, LA NOVELA DE LYA SIERRA

 Soy poco amigo de los halagos, a menos que estos sean merecidos. Sobre todo en este ambiente cultural, en que muchas veces se magnifican los bodrios, aupados por una prensa que confunde agricultura con cultura y arte con parque. Y por algunos escritores, guiados por unos desmedidos egos, que más buscan publicidad personal que aprender a escribir bien, o por lo menos coherentemente. Para esos casos tengo manos de vidrio al aplaudir.

 Sin embargo voy a escribir, halagüeñamente, sobre la escritora Lya Sierra y su novela “Esa gordita sí baila”. En primer lugar, y como persona, es ella uno de esos seres que casi le saca el cuerpo a la notoriedad. Esta barranquillera, a la que conozco de hace tiempo, se ha dedicado casi que por igual a la poesía y a la docencia. Esos han sido sus fuertes existenciales y desde ellos ha batallado tenazmente, ayudada por algunos ensayos, entre ellos sobre Meira Delmar y otras escritoras caribeñas.

 Su primera novela, esta de la gordita bailadora, tiene 320 páginas y lleva el subtítulo de Sancocho de capuchón y arroz de monocuco, fue publicada en 2004 porla Editorial Elviajero rojo. Por diversas circunstancias la había ojeado alguna vez, y escuchado algunas referencias sobre el carnaval de Barranquilla, pero nunca le había metido el diente. Sólo este año la leí de principio a fin.

 El personaje central es como su título: una gordita bailadora y guapachosa, que vive y desvive sus amores, y sus deudas, en medio de una Barranquilla de los años setenta. El lenguaje oral que maneja es típico quillero, excepción hecha por las vulgaridades que salpican y pimientan nuestra parla. Lya, con una elegancia que no desmedra al lenguaje popular que usa, las omite o las trueca por otras menos agresivas. Si alguien quiere conocer el argot barranquillero (desde plequepleque hasta pichirre pasando por aguaje) no tiene sino que sentarse frente al libro de Lya Sierra.

 Además la novela tiene bastantes referencias a la locura, al goce y el desborde carnestoléndico, visto con una mirada femenina. “Tienes el Carnaval pintao en la frente” dice uno de sus protagonistas, y juro que es cierto que algunos curramberos ya tienen al Carnaval incluido en su ADN. Y por supuesto, el libro está cruzado por notas musicales y referencias de canciones y cantantes, casi todos con referencia a la llamada “salsa brava”, de la cual la protagonista es afiebrada. Y en ese sentido creo que la novela de Lya Sierra es prima de “Que viva la música”, el libro de Andrés Caicedo que tan bien describe a Cali.

 Otra particularidad de “Esa gordita sí baila” son la gran cantidad de dichos, refranes y proverbios, unos muy actuales y otros verdaderos arcaísmos, que están contenidos en la larga “carreta” de la gordita y sus amigas o enemigas. Creo, proporcionalmente hablando, que después del Quijote, no había visto un libro con tanto dicho incorporado.

Este es un libro en el que cualquiera puede engancharse, pero seguramente se lo gozará más si es nacido o conoce bien ala Arenosa.Ellibro es como un tributo a los atributos de esa barranquilleridad que tanto necesitamos. Es por eso que, públicamente, le doy gracias a Lya Sierra por una obra entretenida, bien escrita y donde la protagonista también es Barranquilla.

Aníbal Tobón.

Frente al mar de Salgar, 2011

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 LA ADUANA 15 AÑOS: HISTORIA, ARQUITECTURA Y LITERATURA

A propósito de todo lo que se viene gestando en la ciudad, a nivel académico e institucional en materia de investigaciones, proyectos celebratorios y acciones encaminadas al festejo del Bicentenario de Barranquilla el próximo año, nos permitimos rescatar esta reseña crítica del filósofo Eduardo Bermúdez acerca del libro La Aduana 15 años, un monumento, un proyecto cultural publicado en 2010 por la Corporación Luis Eduardo Nieto Arteta para conmemorar los 15 años de restauración del antiguo edificio de La Aduana, y que no es otra cosa que una historia de nuestra ciudad alrededor de un hito urbano e histórico como es el antiguo palacete de la Aduana construido entre 1919 y 1921.

M.I

Por: Eduardo Bermúdez B.

Cuando uno lee con inusual deleite literario un libro de historia, no puede menos que recomendarlo. La edición impecable del texto, su fino papel, sus ilustraciones visualmente gratas y la reunión de diversos especialistas, hacen de esta obra un texto de indispensable lectura para  quienes nos interesamos en la historia de la cultura de Barranquilla y la Costa Caribe Colombiana. He tenido la suerte que un raro azar, me hubiera llevado a la lectura no en el orden en el cual aparecen los capítulos del libro “La Aduana 15 años”, sino a un primer capítulo que te atrapa y ya no permitirá que dejes  las suaves páginas de papel que configuran este exquisito volumen que conmemora el renacer quinceañero de el edificio de la Vieja Aduana.

La Rayuela… sí, la novela de Cortázar, que tiene un tablero de lectura que te sugiere los capítulos que bien pudieras leer en un orden distinto del tradicional, fue lo que vino a mi  memoria cuando me percaté que estaba leyendo el libro de los 15 años de la Aduana, desde la página 53 y no desde las primeras páginas, como suele hacerse con casi todos los libros. Allí uno se sumerge en la historia muy bien contada de un personaje que nos sirve para recordar la importancia del Río de La Magdalena en la historia de la ciudad, este es: Leslie Oliver ARBOUIN Gromm, quien de alguna manera encarna y sintetiza lo que es el Caribe. Los Arbouin, de origen francés desplazados a  Inglaterra primero y luego asentados en Jamaica, generan a Leslie Olivier.

Leslie Olivier Arbouin, nativo de Kingston fue “el hijo mayor de Thomas Arbouin, funcionario de la administración local y de Ella Gromm, pianista aficionada”. Estudió bachillerato y siguió estudios superiores, como muchos jóvenes jamaiquinos de su época, en la Cambridge University… por correspondencia. Tal como nos narra Fernando Carrasco Zaldúa, Arbouin, llegó a Colombia en 1899 por vía del puerto marítimo de Cartagena de Indias. Escribió su viaje por el río en un relato titulado “SEISCIENTAS MILLAS RÍO ARRIBA”. Según Carrasco Zaldúa, “gracias a este texto es posible saber con exactitud los motivos de su viaje a Colombia” y cita frases como: “Me parecía difícil imaginar que la naturaleza por sí sola hubiera podido trazar parque tan hermoso”.

Arbouin residió en nuestro país, realizando diversos trabajos en ingeniería de los ferrocarriles, hasta 1907, regresó a Jamaica y luego trabajó en Panamá desde donde fue notificado que había sido seleccionado para realizar el proyecto de construcción del nuevo edificio de la Aduana de Barranquilla. Corre el año 1917, el mismo de la fundación de la revista de vanguardia cultural VOCES y justo hasta el año 1920, otra coincidencia más con la mencionada revista, Arbouin, se radica en nuestra ciudad  construyendo, además el edificio del Banco Dugand, algunas de las casas emblemáticas del barrio El Prado…pero, invitemos a usted lector/a  para que termine por sí mismo/a este interesante capítulo.

Si continuamos, a la manera de Rayuela, con el tablero de dirección de este libro, nos encontramos, en la página 65, con el capítulo “Anecdotario del palacio de la Aduana”, escrito por Rodolfo Zambrano Moreno. Allí se cuenta, de manera divertida y anecdótica (en el estilo de El Cabo), de la visita del presidente Marco Fidel Suarez a Barranquilla en 1921, con el objeto de inaugurar el  nuevo edificio de la Aduana. El gramático gobernante “… a bordo de un vapor de río, arribó  al muelle de la Intendencia Fluvial de Barranquilla, con una lujosa comitiva”. Su anfitrión, el poeta y periodista de Soledad, Miguel Moreno  Alba,  “ofreció su amplia residencia de la Calle Murillo, esquina del Callejón de Cuartel”, para el alojamiento del Dr. Marco Fidel Suarez.

Siguiendo con Moreno Alba, en la página 71, el poeta Mattos Omar, sugiere una valoración de la importancia de su colega en el arte de las palabras. Citar la siguiente anécdota sobre su faceta de educador, podría ser un excelente comienzo: “…asociada a su faceta de educador lo está la figura de Meira del Mar, pues todo el mundo recuerda que ella fue su alumna en el Colegio de Barranquilla para Señoritas… en una sesión solemne, ella estaba programada para recitar uno de los poemas de su propia autoría, pero cuando le llegó el turno de hacerlo, sufrió una especie de pánico escénico… al verla enmudecida en el escenario, Moreno Alba,…caminó hasta donde ella estaba, la tomó amablemente del brazo y recitó la primera estrofa…”

El tablero de dirección cortazariano nos conduce ahora hasta el capítulo: “El antiguo edificio de la Aduana: De la ruina al esplendor”, en la página 119. Allí, Juan Pablo Mestre, nos recuerda con Le Corbusier, que: “La arquitectura es cuestión de armonías, es pura creación del espíritu. Empleando piedra, madera y hormigón se construyen casas y palacios, pero eso es construcción, el ingeniero trabajando; pero cuando por un instante toca mi corazón, yo digo esto es hermoso, esto es arquitectura, el arte ha entrado en mí” y luego Mestre agrega: “Arquitectónicamente, (La Aduana), es una imponente edificación de influencias neoclásicas… en esta fachada hacia la carrera 50,…, se presenta un interesante trabajo en fustes, capiteles, frisos…”.

 Continuando con la bitácora cortázariana, el lector puede irse a la página 105 con el capítulo “La Aduana el proceso de recuperación y restauración”, escrito indispensable de Katia González, para seguir con el relato sobrecogedor de Helkin Núñez en la página 85 titulado: “El fantasma de  La Aduana” , enlazar con el capítulo: “El Archivo Histórico del Atlántico, guardián de nuestra memoria colectiva”, del historiador Luis Alarcón Meneses, dar un salto gimnástico hacia atrás en la página 27 hasta el capítulo IV y leer al profesor Jorge Villalón en: “Barranquilla nace al siglo XX: 1900-1920”. En fin Miguel Iriarte, Adlai Stevenson, Cielo Támara, Walter Bohórquez y William Chapman completan este hermoso libro que no debe faltar en las mejores bibliotecas de la comarca.

 Arbouin, Moreno Alba y Nieto Arteta In Memorian.

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La Mujer Barbuda – Ramón Illán Bacca

Ramón Illán Bacca: En busca del chisme perdido

Hugo Chaparro Valderrama
Laboratorios Frankenstein ©

            “El mito es un chisme que envejece”. Escrito con el humor implacable que tienen los aforismos del polaco Stanislaw Lec, a su estilo milimétrico, de un poder kilométrico, se deben otras astucias: “El hombre, persona non-grata”; “Todos somos iguales ante la ley, pero no ante los encargados de aplicarla”; “Para hacerse oír, a veces hay que cerrar la boca”. Lichtenberg o Mark Twain tuvieron la misma gracia para comprender el mundo y observarlo sin confianza: según Twain, un hombre es un ser humano, no puede ser peor; Lichtenberg aseguró que el peor descubrimiento hecho jamás en el mundo lo hizo el americano que descubrió a Colón.

La historia puede ser también otro chisme que envejece. Un legado que regresa según la imaginación de los cronistas que escriben alrededor del pasado. Acerca de la memoria de lo que alguna vez fue un hecho y se reinventa en un texto. El material que define las ficciones que se basan en el Caribe secreto sobre el que suele escribir, revelando sus misterios, Ramón Illán Bacca –no en vano, una breve selección de sus textos periodísticos se titula de manera ambigua Crónicas casi históricas (1990).

Un “cotilleo samario con el telón de fondo de la Segunda Guerra Mundial” es el tema de su novela con nazis, Deborha Kruel (1990), que empieza –después de la breve introducción en la que otro cronista de la estirpe de Ramón se pregunta si Hitler escapó en avión de Alemania-, con un par de líneas que reducen lo épico a lo cotidiano: “No era una fecha histórica. Era tan sólo un día soleado. El marco apropiado para historias ligeras, agradables, con finales felices”. Maracas en la ópera (1996) se interesa sobre la historia invisible que rescata la ficción: “No hay testimonio de ninguno de los integrantes de la Escuadra Oceánica Italiana sobre sus impresiones al llegar frente a Cartagena de Indias bajo el mando del Contralmirante Candiani”. Aprovechando el nombre de una comparsa que sabe pintar la fiesta que apenas termina cuando empieza otra vez, cómo no, el Carnaval de Barranquilla, Ramón lo utilizó para el título de otra novela, Disfrázate como quieras (2002), una ficción que transcurre como trama policíaca justo en medio del jolgorio. La última de las entregas según la historia soñada en fascículos literarios por Ramón Illán Bacca para ofrecer su visión de un Caribe anecdótico es La mujer barbuda (2011). De nuevo insiste en dudar de la historia oficial que oculta la historia secreta: “El hundimiento de un circo, propiedad de una muchacha barbuda, era una historia que se contaba en voz baja pero nadie la escribía. El hecho se había convertido en un asunto espinoso y el paso de los años entreveró la prohibición y el olvido”.

Los baúles que Gilliam Altamira encuentra “en una pieza abandonada en el traspatio de la Quinta Margot”, le sirven a la muchacha para escribir, después de dudar cinco años, su tesis de grado en Historia. Desafortunadamente, como sucede sin pausa a los antihéroes de Bacca, resignados al destino que les ha tocado en suerte, la tesis fue desestimada por el jurado académico, pues no se basaba “en pruebas debidamente comprobadas”.

La historia, se ha dicho, puede ser otra forma de la literatura. La literatura también puede ser considerada como una versión de lo histórico: asistimos a las guerras napoleónicas en Guerra y paz de Tolstói; cruzamos del siglo XIX al XX guiados por Proust; el Sur de Estados Unidos tiene en William Faulkner a un cronista vigoroso de sus dilemas morales. Illán Bacca cruza el umbral de la historia a la ficción y aprovecha la picaresca local para burlarse con ella del absurdo que ha poblado la historia de un país inverosímil y exótico.

“Gilliam lanzó un grito de emoción cuando encontró la correspondencia de su tío abuelo político, un exgobernador, con Rafael Reyes, en la que este último le daba una regla de oro: «En política no se debe tener en cuenta los servicios prestados, sino los que puedan prestarse». También encontró el folleto en el que monseñor Revueltas (un personaje con mucho poder durante la hegemonía conservadora) se vanagloriaba de haber protegido al autor intelectual del atentado contra Reyes. Allí se explicaba la antipatía del cura contra el general porque éste dijo en Barranquilla –después de la guerra de los Mil Días-, ante una multitud que lo vitoreaba: «Volverán la paz y los carnavales». Frase frívola que, como decía el folleto, casi le cuesta la vida”.

Aunque se note y atraiga las miradas de los otros, una mujer barbuda no es del todo excepcional en el circo de Colombia. Nos ayuda a comprender quiénes pueden ser los monstruos: el poder, la religión, las represiones morales, el rencor, la presunción que define el ego del arribismo. Aunque la novela tenga como su telón de fondo la primera década del siglo XX, tras la pérdida de Panamá, los prejuicios y el malestar permanecen.

Un inglés –Spencer Cow, cazador de orquídeas-; una chipriota –llegada de Londres a Santa Marta para trabajar como institutriz de la mujer barbuda, Perpetuo Socorro, y de su hermana, María Perfecta-; Heliodoro de Armas –un poeta mediocre con aire de artista maldito-, y una galería de personajes secundarios –que sirven a Illán Bacca para sus juegos históricos cuando sabemos, por ejemplo, que “un hombre apuesto de color olivo”, llamado Candelario Segundo, es familiar del poeta Candelario Obeso-, se alternan en la pista del circo donde los hechos sociales que definen al país tienen igual importancia que los hechos que definen las crónicas casi histéricas de individuos sometidos por el rumor y los chismes contados en la novela.

La épica no es el género de las ficciones de Bacca. Sus cuentos y sus novelas no intentan llegar al sueño de la novela total. Desde mediados de los años 70, cuando publicara su primer libro de cuentos, Marihuana para Göering (1976), ha fragmentado esa novela total en sus libros –aparte de los señalados, Tres para una mesa (1991); Señora Tentación (1994); El espía inglés (2001)-, teniendo como escenario el mapa físico y ético del Caribe interminable.

La mujer barbuda prolonga el tono del chisme hecho literatura y cumple con el propósito de narrar la historia íntima que viven sus personajes, en un fragmento del tiempo, agolpándose ante ellos las convenciones morales que cifran su aventura. El escritor como artista que reta la hipocresía tiene en el aire sombrío que se respira en el libro un testigo excepcional. Estructurada con una introducción y tres capítulos, la historia se narra variando el punto de vista sobre los hechos que hicieron hundirse al circo comprado por la mujer barbuda; que la chipriota muriera ahogada en la corriente de un arroyo vertiginoso como los que aturden a Barranquilla; que el crimen como expresión enfermiza de la neurosis social se manifieste y explique las razones del misterio.

El estilo se hace forma y define la manera como narra Illán Bacca. Sus historias de intimidad clandestina se sostienen por la ligereza de las líneas que transcurren entre el humor y el horror, entre el miedo y lo festivo –o “entre lo barroco y lo chévere”, como escribió Germán Vargas acerca de sus ficciones, periodísticas y literarias-. Con un decorado operático que honra los esperpentos, como si hubiera aprendido la lección de Valle-Inclán acerca de lo grotesco en lenguaje coloquial, son novelas de aire bufo en las que puede escucharse el español frente al mar según el ritmo Caribe.

Sin que nadie quede a salvo: presidentes, obispos, artistas, científicos, proxenetas, héroes cívicos con pies de barro, mujeres que se extasiaron con una lujuria inversa al sexo según su época. La mujer barbuda tiene el aire de una crónica social, enfermiza y desquiciada, sencilla y desparpajada, escrita en tono mordaz, donde todos los que están al interior de sus páginas aparecen desvestidos frente al ojo del lector. Illán Bacca podría repetir a Lec: “¡Libertad! ¡Igualdad! ¡Fraternidad! ¿Cómo se conjugan?”.

Ramón Illán Bacca, La mujer barbuda (Bogotá: Planeta, 2011), 177 págs.

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Las últimas noticias de la guerra contra el tiempo

Gustavo Arango

State University of New York – Oneonta

La poesía está rodeada de silencio. Nace del silencio, se nutre de silencio, es una lucha contra el silencio en la que ambos están derrotados de antemano. Sus signos son la muerte y la derrota. Está hecha con estructuras que sólo se reconocen desde la perspectiva de la muerte. Mien­tras la narrativa se nutre de la vida, está llena de finalidad y de propósito, de cumplimiento de cosas pre­figuradas, la poesía es absurda, nace póstuma, es el es­pejo de tinta en el que la eternidad y la nada se reco­nocen.

La poesía suele admitir formalmente su estrecha rela­ción con el silencio. Abunda en blancuras, en cortes e interrupciones, en elipsis de lenguaje. Por mucho que se tensen las palabras, el verdadero dueño de la página es el silencio en todas sus versiones: la eternidad, la soledad, la nada.

Silencio suele ser la reacción que impone la poesía: el silencio religioso del que queda abrumado ante la inmen­sidad que sugieren las palabras, el silencio avergonzado del que descubre entre los versos aquellas vergüenzas propias que nunca se ha atrevido a llamar suyas, el silen­cio del que simplemente no encuentra comunión en el poema, también el silencio insultante, descorazonador, de esa ausencia de crítica – de atención – cuyo vacío re­tum­ba en lugares y tiempos donde la ignorancia es mone­da corriente.

De manera que no es de extrañar que la obra poética de Miguel Falquez-Certain (Barranquilla, Colombia, 1948) haya recibido porciones gigantescas de silencio. No digo que Falquez-Certain sea un autor ignorado. Es un escritor de merecido y reconocido prestigio. Es autor de cuentos, piezas teatrales y traducciones literarias desde y hacia el inglés, que incluyen obras de García Márquez y guiones de cine tan importantes con el de la película Che, dirigida por Steven Soderbergh. La lista de premios, me­da­llas y reconocimientos que sus cuentos y poemas han recibido podría ocupar el espacio de este ensayo. Su vida seguiría siendo admirable si sólo tomáramos en cuenta sus primeros años de vida, cuando hacía poesía con una varita mágica y el nombre artístico de Mago Migueline, una experiencia que lo llevó a compartir escenarios con leyendas como la Lupe y que, con el tiempo, se ha decan­tado en deliciosas crónicas de época. Pero con todo y eso, o tal vez justo por eso, el silencio frente a su obra, más allá del asombro y la reverencia, invade los terrenos de lo insultante.

El año 2009 marca un discreto y significativo acontecimiento en la obra poética de Miguel Falquez-Certain: la preparación del libro Mañanayer, que reúne poemas escritos a lo largo de cuatro décadas. Este ensayo no pretende ser un estudio exhaustivo de la poesía de este autor; esa tarea requiere más de un crítico, más de una especialidad y perspectiva. A lo sumo, este escrito es una nota de pie de página sobre una sola palabra: Mañanayer, con la que Miguel Falquez-Certain nos demuestra que hace falta menos de un centímetro cúbico de tinta para cambiar por completo el sentido de toda una obra y de la vida misma.

     Mañanayer incluye seis poemarios distribuidos en un orden cargado de intención: Palimpsestos (1994-1996), Usurpaciones y deicidios (1989-1995), Doble corona (1991), Habitación en la palabra (1983-1990), Proemas en cámara ardiente (1988) y Reflejos de una máscara (1968-1982). Se trata de un viaje hacia el pasado, un regreso, un camino que se desanda por medio de la lectura. Los libros incluidos son heterogéneos y se ofre­cen como capas geológicas que van revelando la génesis de las imágenes, de las obsesiones. Al final del viaje nos encontramos con un joven que vive sus primeras emo­ciones, sus incertidumbres iniciales, su intuición del po­der devastador del tiempo y que intenta conjurar todo aquello llenando de eternidad cada uno de sus instantes. El lector llega a esta renovada versión de los poemas a­com­pañando la lectura que el autor mismo hace de sus propios textos. Se trata de un viaje desde el futuro hasta el origen, hasta la voz inicial de ese joven ignorante del futuro (que en la lectura es pasado) y al final de ese viaje es casi incontenible el impulso de decirle: “No uses tanto la palabra siempre. Este amor que para ti es eterno pronto será olvidado”. Pero dejemos a ese joven y hable­mos del conjunto, de este libro completamente nuevo que Falquez-Certain ofrece con las mismas palabras de sus viejos libros; como un Pierre Menard que insiste en recordarnos que las mismas palabras, en idéntico orden, pueden llegar a significar cosas completamente distintas a lo que significaron.

Así como el título general de la colección de este poemario de poemarios nos revela que el tiempo es un com­ponente esencial en la poesía que vamos a leer, “Ci­clos”, el primer poema se encarga de que no nos quede ninguna duda:

Aletargada en un sueño eterno
la rosa presiente el eterno ciclo,
ires y venires, ya todo apunta
al retorno eterno, cíclica vida
que siempre desembocará en la muerte.

     La muerte – esa otra forma del silencio y de la eternidad – es el origen y el destino final, es el punto de partida y el de llegada, la perspectiva que le asigna sen­tido a los hechos de la vida. La reflexión sobre el tiempo será el hilo conductor de todo el libro, desde este primer poema del último libro, hasta el último poema del primer libro: ese homenaje a Julio Cortázar y, en particular, a su cuento “Axolotl”, donde alguien abandona la humanidad y sus rituales para irse a ser una criatura en un acuario, un ser para el que el tiempo resulta innecesario.

No hay que ir muy lejos en la lectura para ver cómo la reflexión y la batalla contra el tiempo se transmuta en otros temas centrales, insistentes, predominantes. Ya en ese mismo primer poema, “Ciclos”, empiezan a aparecer los otros rostros de la poesía de Falquez-Certain: el en­cuentro de los amantes, el diálogo con distintas tradi­ciones y el arrobo constante ante la inmensidad de lo cósmico:

Tu cuerpo esbelto reposa dormido
y al no percibir mi impertinente
atisbo, tus miembros cincelados en
el mármol vibran sorprendidos.
La fría nebulosa tiembla en la
crisálida, los brotes verdes saltan
perforando la glacial corteza,
y surgiendo la rosa finalmente
retando a tu hermosura te despierta.

Cada una de estas vertientes, el amor, la tradición (aquí representada por la alusión a la escultura) y lo cósmico, tiene una presencia  poderosa en toda la obra. Mañanayer puede ser leído como la crónica de los amores reales e imposibles que marcaron la vida de una persona. Uno puede intuir en muchas líneas el correlato preciso con una experiencia de la realidad, con una persona espe­cífica. En ocasiones, la persona aparece señalada en la dedicatoria. Podría pensarse que la presencia ostensible de lo personal es irrelevante para el lector del poema, pero es justamente esta renuncia a la generalización lo que le confiere universalidad a la emoción o la expe­rien­cia representada; actúa como su prueba de au­ten­ticidad. La prueba definitiva de verdad, esa condición necesaria de toda poesía (y hay que señalar que es frecuente en otros autores el error de creer que hacer poesía es ador­nar o disfrazar), la hallamos en la disposición de la voz lírica para exponer los lados patéticos y ridículos de la experiencia amorosa. Gustavo Ibarra Merlano, otro poeta rodeado de silencio, hablaba justamente del temor en la poesía contemporánea a expresar la complejidad de sus emociones: “Tienen mucho miedo a expresar el patetismo del alma. Le tienen una especie de pudor. Pero, carajo, si uno no expresa lo que siente profundamente, entonces qué va a expresar” (Arango, 211). Mañanayer es un libro donde no hay temor a expresar el patetismo del alma. Está lleno de poemas donde aún perdura el temblor de ansiedad o de deseo, el estremecimiento que producen un roce o una mirada. Un estudio profundo del concepto del amor en la poesía de Falquez-Certain tendrá también que considerar la manera cómo su poesía encuentra un lenguaje fluido, libre de culpas o ruidosas militancias, para expresar la experiencia homoerótica. También sería preciso explorar la representación de la belleza del cuerpo como escultura en el tiempo, tal como se aprecia en el poema Los campos de Marte, donde un soldado “her­moso y virgen” salta en mil pedazos, destruido por el patriotismo, por la guerra, versiones bastardas del tiem­po que todo lo destruye. No es difícil descubrir, entonces, que detrás de la reflexión sobre el amor y la belleza per­manece como telón de fondo la reflexión sobre el tiempo. Sorprendemos a los amantes en diversos puntos del ciclo del tiempo: el del deseo, el de la eternidad del encuentro, el del reposo, el del desencuentro. Toda experiencia amo­rosa se constituye en tragedia cuando la miramos des­de la perspectiva del tiempo.

El desencuentro es justamente el tema de Proemas en cámara ardiente, uno de los poemarios finales (o ini­ciales, según se va o se viene, como diría Rulfo).  Sólo dos poemarios del libro parecen tener una unidad con­centrada: Doble corona (1991) y Proemas en cámara ardiente (1988). Ambos están marcados por una gran intensidad y una evidente unidad temática. Proemas parece ser la crónica de una relación amorosa que está languideciendo. El título mismo sugiere el ardor del de­seo, pero también la muerte. En el caso de esta rela­ción, el encuentro nunca fue completo. Mientras los cuerpos se entienden, el poeta se ve obligado a silenciar una enorme porción de su ser, la que está en diálogo con numerosas tradiciones. Cita a Joyce, sabiendo que su a­ma­do no entenderá la referencia. Las lecturas conjuntas de la En­ciclopedia británica no consiguen estrechar el abismo que separa a los amantes. La fugacidad del encuentro con­trasta con la eternidad de la separación. El “siempre” de los poemas juveniles de Reflejos de una más­cara empieza a transmutarse en el nunca. Pero el tono sombrío de Proemas (juego de palabras alusivo a la forma de poemas en prosa que tienen esos textos) se disipa cuando ese conjunto se integra a Mañanayer y vemos des­de otra pers­pectiva la importancia de aquello que había sido si­len­­ciado por esa relación. Al mirar las emociones desde la distancia, el padecimiento de los múltiples presentes se transmuta en verdad luminosa. Como señala Emerson: “Every thing is beautiful seen from the point of the intellect, or as truth. But all is sour, if seen as ex­perience” (116).

Se necesita un equipo internacional de especialistas para abordar con justicia la faceta de la obra de Falquez-Certain que dialoga con distintas tradiciones culturales. Basta observar la variedad de lenguajes (inglés, francés, italiano, griego, latín, hebreo), los diversos orígenes de las citas y referencias que sirven de contrapunto a los poemas, para percibir la amplitud, la variedad de voces que dialogan en su poesía. En estos diálogos y encuentros el tiempo está abolido y la voz lírica hace eco, parafrasea, replica o disiente con autores y personajes tan diversos como Safo, Stephen Hawkings, Wittgenstein, Leopardi, José Emilio Pacheco, Teseo, Judit, Benny Moré, Barba Jacob, T. S. Eliot, San Juan de la Cruz (“vivo sin vivir en mí”), el Quijote, Velázquez, Virgilio, Rimbaud, Kavafis o Rainer Maria Rilke. Esta vocación de amplitud también se manifiesta en la voracidad con que se abarca el espacio: París, Nueva York, el Caribe, Iguazú, el desierto o la mon­taña. Sería fácil caer en la tentación de acusar de exhibicionismo este despliegue de referencias, pero ésa sólo sería una manera de reconocer nuestras limitaciones frente a la inmensidad del horizonte que despliega la obra. Más que decirnos lo que sabe, Falquez-Certain hace suya la idea de Emerson de que cada uno de nosotros tiene dentro de sí mismo todo el universo y toda la his­toria de la humanidad, que todos los filósofos y poetas que han existido hablan con nuestra voz y nuestras ma­nos. Lo curioso es que todos parecen hablar de lo mismo: del tiempo y de la eternidad.

En Time and Narrative el filósofo francés Paul Ricoeur menciona tres tipos diferentes de tiempo. En un extremo se encuentra el “tiempo personal”, aquel tejido de segundos que sólo dura unos cuantos decenios; en el otro extremo se encuentra el “tiempo cósmico”, con sus millo­nes de años y sus distancias inconcebibles. En medio de los dos se encuentra el “tiempo histórico que hemos creado para no ser aplastados por la vastedad del tiempo cósmico” (274). La poesía de Falquez-Certain hace refe­rencia constante al tiempo cósmico, es su obsesión cen­tral, porque en él se encuentra el enigma de lo eterno. El poemario Doble corona (1991) está construido como una serie de coronas ígneas, donde un poema abre lugar para el siguiente, mediante la repetición de un verso. Lo geológico es también una estrategia para alcanzar la comprensión del tiempo cósmico. Habitación en la pala­bra se resuelve al final en un poema explosión, oleaje de lava, que invade la página y elimina el silencio.

Esta reflexión sobre la vastedad del tiempo, y lo ín­fimo del tiempo personal, se encuentra muy claramente expresada en Ego sum qui sum, poema en prosa que for­ma parte de Usurpaciones y deicidios. Allí el poeta está instalado un día en el planetario, considerando la idea de dejarse llevar por los grandes interrogantes y las galaxias y las ondas hertzianas a miles de años luz:

[…] todo te abruma el coco y te lo dices para tu coleto, vaya qué osadía aún creer que mi religión sea la verdadera, hoy en día, mire usted, la iglesia, la sinagoga y la mezquita, hace tiempo que no nos tira una visita, vaya, vaya hombre, vaya, el mundo y su creación después de tantos cipotazos y agujeros negros, acaso llegaremos algún día a instalarnos en la mentalidad cosmogónica y verlo todo en panorámica y con sonido Dolby, viajar en rayos láser en reversa y percibir la “historia” sin tocarla, mejor dicho sucediendo (no la “historia” de los vence­dores), digo, dígole, es posible que enanitos, o seres marginales, hombrecitos verdes y todo el cachi­vache amontonado en los paquitos de la ficción científica no sean más que pamplinas, vaya usted a saber, a lo mejor el mundo lo inventaron los teúrgos, en todo caso Nietzsche, y si entendemos que la guerra genocida se identifica con el tiempo, y que estamos íngrimos-y-solos-en-esta-soledad-tan-sola, qué fenómeno, y que el infierno con que tantas veces te asustaron no es más que un embrollo de caninos, sólo entonces.

A lo mejor un día llegaremos a saber cómo es que funciona la mente de ese Man.

Y así guerra y tiempo vuelven a identificarse, porque ambos nos aniquilan, se llevan nuestros instantes, arrastran con amigos muertos a los que el poeta sigue hablando como si estuvieran vivos y presentes y escuchando. La función del poeta es darle la batalla a ese tiempo emisario de la muerte:

Tu triunfo es vencernos, indudablemente,
pero el nuestro es encerrarte en la cuartilla.

Pero al dar la batalla existe siempre la conciencia de que no hay verdaderos ganadores, porque el tiempo es sólo una metáfora de lo eterno y el tiempo es la sustancia de que estamos hechos. Como lo señala Borges: “El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego” (181). De manera que al final al poeta sólo le queda la victoria pírrica de atrapar el tiempo, consiguiendo así atraparse a sí mismo en la eternidad de sus instantes.

Más de diez años han transcurrido desde que fuera escrito el más reciente poema de la colección. Uno podría caer en la tentación de pensar que el autor ha dejado de escribir, ha renunciado, se ha dado por vencido. Pero no. Como Sísifo, emprende nuevamente el ascenso a la mon­taña empujando la roca que volverá a caer. Su eterna de­rrota le ha enseñado a refinar su arte, a evitar excesos. Ha descubierto que hay muchas maneras de empujar la roca hasta la cima, que a veces puede ser suficiente con una sola palabra. Diez años de silencio fueron necesarios para que saliera de sus manos un nuevo vocablo, nueve letras continuas, una nueva palabra, que por sí sola transmuta el sentido de toda una obra.

     Mañanayer es otra batalla ganada en la guerra contra la muerte, contra el silencio, contra el olvido. Reunir la obra poética de cuatro décadas y estructurarla como un “viaje en reversa” se constituye en un triunfo contra el fa­ta­lismo del tiempo, contra su unidireccionalidad. Al tiem­po lineal, al tiempo de la guerra y de la muerte, se le contrapone un tiempo cíclico que promulga lo eterno. El viaje desde la rosa eterna, en el primer poema de la nue­va colección, hasta la criatura en el acuario del viejísimo poema que la cierra, es un regreso al origen y una disolución del poder destructor del tiempo. Mañana y ayer, las dos palabras que se juntan, que aprisionan al silencio en su centro y lo destruyen, son una paradoja interminable que hace del tiempo un prisionero en la cuartilla. Esa palabra con aire de verbo intransitivo, como nevar, como llover, es una nueva refutación del tiempo en la eterna batalla entre lo temporal y lo eterno.

De improviso vives los días idos,
la insolencia, el desparpajo, ya no
le temes a la muerte, todo es puro,
el gran amor que te revela presto
los deleites, instantes fugitivos
que te devuelven al presente mudo.

Al final, en esta versión renovada bajo la luz de un nuevo término, el poema se convierte en una mezcla de celebración y funeral donde la palabra, hija del tiempo, se destruye a sí misma, porque en su propia destrucción está el secreto de toda la creación.

Bibliografía

Arango, Gustavo. “Gustavo Ibarra Merlano: Un buen hombre con una maleta repleta de poesía.” Retratos. Alcaldía de Cartagena, 1996.

Borges, Jorge Luis. “Nueva refutación del tiempo.” Obras com­pletas II. Buenos Aires: Emecé, 2007.

Emerson, Ralph Waldo. Essays. The Spencer Press, 1936.

Ricoeur, Paul. Time and Narrative. Vol. 3. Chicago: University of Chi­cago Press, 1985.

Este ensayo apareció originalmente en la revista literaria Hybrido (Año XII, Número 11, 2009-10) y posteriormente en el libro Mañanayer (Nueva York: Book Press, 2010).

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Mar abajo están los peces

Prólogo de John J. Junieles

Escribir es elegir. Contar cuentos es elegir. Lo saben los ancianos de las tribus, los best-sellers, los premios Nobel y la gente de Facebook o Twitter que buscan decir mucho con poco. Ése es el dilema: lo que queda adentro o afuera. Elegir palabras, pero no sólo a ellas, sino al silencio que también cuenta y habla tanto como ellas. Horacio, viejo sabio, nos lo resolvió hace mil años y más: «Quédate con los hechos, las palabras vendrán después».

Pero eso es sólo el principio. Nuestra elección es sometida entonces a otros dilemas: el lugar exacto de algo para que produzca un resultado en el relato, porque la emoción que nosotros ya experimentamos al momento de vivir,  presentir o concebir las historias o personajes ya es nuestra; pero cómo compartirla sino buscando producir el mismo efecto que ha despertado en nosotros, para lo cual (incontables veces) resulta necesario falsear nuestra propia versión de los hechos.

Entonces resulta inevitable hablar del lector imaginario, tan invisible, tan buen jugador que se oculta en los escondrijos de nosotros mismos, aunque esto último no lo aceptemos nunca. Terminamos pensando (delirando en nuestra ingenuidad) que en realidad escribimos para nuestra propia necesidad y satisfacción.

Muchos creadores comparten la misma sensibilidad, es decir, se fijan en las mismas cosas, identifican las mismas historias o personajes con los cuales pueden construirse una misma novela, cuento o guión.  La gran diferencia está en los detalles elegidos; ya lo dijo alguien que con seguridad se lo escuchó a otro fulano que también lo tomó de alguien: «Dios y el diablo están en los pequeños detalles». Es la suma de esos elementos dispersos en la narración la que marca la diferencia entre dos cuentos de dos autores que abordan el mismo tema.

Toda esta larga introducción, tal vez inútil (pero no para todos, en vos confío terrible lector…), para hablar de Triacas, el libro de narrativa breve de Miguel Falquez-Certain. Un conjunto de cuentos, un relato y una noveleta que parecen venir en los mismos recipientes donde envasan los perfumes o los venenos. La levedad de algunos cuentos alcanza un peso que sólo se advierte mucho tiempo después, cuando has rumiado su efecto en el alma. Son los ecos que las historias dejan en ti, y no sus voces, los que te revelan su razón de ser como historias.

Por otro lado, están aquellos cuentos que tienen en sus hechos y tramas la suficiente persuasión para leerlos una y otra vez, para intentar repetir la sensación que nos produjo la primera lectura. Inevitable pensar en Augusto Monterroso y Arreola, que lograban esa particularidad de diseminar en el cuento la magia que los hacía piezas de superchería lectora.

Para mí, los cuentos de Miguel Falquez se acercan más a la tradición anglosajona y europea que a la influencia latinoamericana en sus diversos talantes. No por los temas, tampoco por los personajes, sino por el tratamiento y la elección de los elementos de sus cuentos. En Falquez prevalece el clima, la atmósfera, la burbuja sensorial que nos encierra, antes que su trama o argumento o el carácter o quehacer de sus personajes. De la misma manera en que Henry James era considerado un escritor europeo, y no estadounidense, aunque haya nacido en las tierras del gran Hawthorne.

Este libro es de narrativa breve, por supuesto, pero sobre todo es un catálogo de sensaciones. Un mapa sentimental. Un registro de emociones. Allí está la apuesta del creador. Son tramas que empiezan a veces por la mitad de algo que venía pasando y al terminar parecen trompos que seguirán dando vueltas para siempre pues siguen andando. Imaginen esa sensación de que algo seguirá existiendo aun cuando cerremos el libro; no es fácil despertar eso en los lectores.

Cuentos breves como «Literatura y revolución» tienen un efecto sobrecogedor, tienen eficacia, nos siguen resonando como si nuestra memoria fuera las paredes de una montaña. En «Vedados de ilusiones», la voz narradora ha creado un clima de complicidad propia de la vida picaresca y sus espectadores. Nos mantiene en un hilo hasta el final. Hasta pensamos que puede ser un personaje cuyas andanzas y escaramuzas pueden ser retomadas en otros ámbitos.

Especial atención se lleva «La encrucijada», pues entramos a la región de la Historia, asunto de cuidado, no porque viole o sea fiel a la «realidad» de los hechos: es que hay que tener cuidado con los zapatos que elegimos para pisar los lugares comunes de la Historia. Allí podemos quedarnos con la sensación de que el autor nos debe un cálculo de la expectativa que despierta, y tal vez un manejo menos directo de la presencia de la figura histórica presente.

Dejémonos de sutilezas, estamos entre gente grande: olvídense de que voy a seguir aguando la fiesta, contando todo lo que pasa en cada cuento. Así no se juega el juego. La razón de ser de un prólogo es servir de anzuelo y carnada. Mar abajo están los peces: los cuentos de Falquez. Para decirlo de particular manera, como quisiera yo que dijeran alguna vez de mis ambiguos libros, yo creo que varios de estos cuentos de Falquez le hubieran gustado mucho a Julio Ramón Ribeyro.

Siempre tengo presente un testimonio revelador del escritor rumano Mircea Eliade: «En los campos de concentración rusos, los prisioneros que tenían la suerte de contar con un narrador de historias en su barracón han sobrevivido en mayor número. Escuchar historias les ayudó a atravesar el infierno».

Gozan de aventura y buena salud estos cuentos de Miguel Falquez. A cualquier prisionero de celda le gustaría tenerlo de compañero. Como cualquier mago, Falquez siempre se inventaría algo para que nos durmamos pensando en cómo será el devenir de los personajes y, por supuesto, el final de esas historias. Ese silencio al final, a veces sobrecogedor, será el preludio para otras historias que esperan ser contadas.

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Consecuencias poéticas de los días santos

por Ernesto Gómez-Mendoza

 Al lado de versos de detenida fábrica barroca hay poemas de una espontaneidad despreocupada. Al lado de las cavilaciones anda una exquisita comedia que reconforta. El autor de “Semana santa de mi boca” es holgado en los tonos y registros, renuncia a echar raíces en el gran plan poético  y en cambio corre riesgos, muchos.

El riesgo puede ser una pista para leer  “Semana santa de mi boca“, con esa sensación de zozobra con que alguna vez hemos asistido a las pruebas de los acróbatas en el circo, que se superan las una a las otras. Miguel Iriarte propone un viaje incierto, lanza un reto al lector para que sacuda cualquier beatería o costumbre anquilosada y se deje salpicar y untar de un poema que se parodia a sí mismo, que se descentra, que le hace quite a la centralidad y se goza en lo periférico y apenas nombrado. No hay centros en este libro, y eso es exigente, porque hay la manía del centro,  de encontrarlo dibujado en los libros. Para eso hay numerosos clásicos  y serlo no está en los sueños del poeta Iriarte, que, por el contrario declara: “Debo acusarme aquí de mi ignorancia/ de no saber qué hacer con mis adentros (p. 41).

 

El autodespojo del cantor

En el curso de este poema (es un sólo canto por debajo de la aparente disposición en poemas individuales) Iriarte experimenta con su autodeconstrucción: evita desempeñar el rol absoluto de demiurgo para limitarse a ser un secretario que toma dictado de la polifonía periférica que pretende escamotear al silencio; se filtran felices las expresiones del más puro coloquialismo doméstico que dotan al discurso de tibieza, cercanía, democracia, al entreverarse con la cosquilleante parodia que desplaza los sentidos habituales, la corrección, el fetichismo tipo Síndrome de Stendhal:

“Pero la palometa es más bien un pez para la Biblia/parece cultivada en un acuario prohibido/ y no en el mar/ y cuando pones su carne blanca y delicada al fuego/ sale un humo aromoso, como si fuera el alma/ de un pez ornamental/ por eso hay que comerlo con los ojos cerrados/olvidados de espinas y demás sinsabores/con el mismo abandono con que saboreamos/ a una mujer caliente. (ps. 46-47)

Las autoparodias son elemento estructural de este poema:

Y son un juego elevado,  porque no son  obvias sino que el poeta ejerce la parodia sobre lo esencial de la poesía, su función metonímica de traslado de los sentidos, en frases que, a la vez que técnicamente son justas, vuelcan un signo de divertida broma secreta a costa de la poesía misma:

“La palometa es redonda y plateada como una luna de mar/ es tan plana y delgada que no parece un pez para la mesa/ sino un pan para la misa” (p. 46)

Devociones y penitencias frutales

Este esbozo crítico erraría de cabo a rabo si no señalara que la gran fiesta de este poema es la que propicia con su deliberada contralectura de la Semana Santa y de los lugares comunes de la devoción popular católica. Los poemas que expresamente se refieren a la celebración religiosa, sometiéndola a una exhaustiva “carnavalización”, son la almendra de este libro. Son una docena de poemas que son unitarios en este comentario festiva y tiernamente trasgresor, que de paso permite el discurso autobiográfico transparente y lúcido:

“Pero en estos días he estado seriamente distraído/ desde que el lunes temprano llegó Beatriz, la prima/ por primera vez sola de visita/ a pasar con nosotros una Semana Santa/ que será para mí de intenso temblor espiritual y pleno goce.

…si ella se va feliz/ prometo que me pondré a rezar aunque no sepa”. p.  30

Es viernes de pasión para mi boca/ y ya comienza bien con tus senos temblando en el aire/ y en la reciente luz de la mañana…

…Y Jesús quisiera estar aquí para decirte/ al pasar/ lo bello que sería cambiar su cruz/ por esa fruta tuya p. 33

Cantar esa vida que brota como fuente y se esparce irreductible y libre ha sido apremio de un vasto número de poetas; pocos pueden emular con Miguel Iriarte en el desenfado y el acariciante humor sostenido sobre un delicado andamiaje técnico.

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